CAPÍTULO 1

Con este capítulo iniciamos el curso.


Nota preliminar

 

Este texto así como los capítulos que le seguirán irán sustituyendo el que publiqué hace años bajo el título “Orientación psicológica grupoanalítica” y publicado en Biblioteca nueva en 2004. La razón fundamental es que a lo largo de estos siete años mi pensamiento ha ido modificándose de forma que aquello que consideré que era ya no lo es tanto. También hay una necesidad o igual deseo: dado que finaliza mi actividad como profesor de la Ramón Llull muy posiblemente no tenga la oportunidad de transmitir a nuevos alumnos lo que aprendí a lo largo del tiempo que tuve el privilegio de ser eso que me gusta tanto deseo dejar unos textos que en cierta manera sean testimonio de ello. Posiblemente sea una idea un poco estúpida y alguien pueda pensar que busca una forma de trascender más allá del momento del finiquito. Pero no es enteramente así. Creo que lo que a lo largo de todos estos años los alumnos que he tenido me han ido enseñando debe estar en un lugar visible durante un tiempo. No sé cuánto tiempo será. Y es posible que también otras personas puedan beneficiarse de ello. Eso espero.

 

Estos textos pasarán por la revisión de estilo que creo facilitan la lectura. Esto significa que en cualquier momento puede haber una actualización que será la que nazca de la intervención de quien me cuida en estos aspectos. Y a quien quiero que, anónimamente, sepa de mi reconocimiento.

 

Capítulo 1

 

A modo de introducción

 

Este escrito pretende ser una reconceptualización personal de lo publicado por mí hace unos años y que, con la experiencia lectiva que he ido acumulando, pide a gritos una reconversión. Este escrito va a suponer el abandono de posiciones que en aquellos momentos y circunstancias me ayudaron a sostener la idea de Orientación Psicológica, counselling en inglés, a partir de lo que otros más autorizados que yo habían señalado. Aunque, en realidad, no es tanto un abandono cuanto una mayor confirmación respecto a lo que considero que es esa forma de atención a caballo entre el asesoramiento y la psicoterapia. Lo que voy a intentar describir es algo que aun siendo concreto sigue siendo vago, ya que es difícil delimitar los terrenos de intervención y, en ocasiones, parecería que es más un deseo de delimitar lo que alguien hace que una propuesta meditada de intervención diferenciada.

 

Quiero transmitir lo que para mí es Orientación psicológica. Y lo voy a hacer de forma poco académica, es decir, evitando lo que se suele hacer, que es ir exponiendo lo que otros ya han dicho antes, haciendo una síntesis más o menos acertada de todo ello y poco más. Quiero transmitirlo de manera que aparezca la práctica clínica que ha ido constituyéndome desde aquel septiembre de 1975 en que comencé mi andadura en el mundo de la psiquiatría. Quisiera poder incluir lo que surja en los espacios de interacción personal entre los lectores (presumiblemente estudiantes y profesionales que trabajan en contextos clínicos o en los servicios sociales) por lo que animo a que quien quiera aportar algo me envíe un correo o trate de ponerse en contacto conmigo. Pero soy consciente de la gran dificultad que va a suponer y, por eso, lo que vaya apareciendo lo tendremos que ajustar a los espacios lectivos reales. Con estas premisas voy a transmitiros mi experiencia asistencial haciendo hincapié en aquellas actividades que están más en la línea de la orientación que en el de la psicoterapia.

 

Una de las certezas a las que he llegado a lo largo de mis años de trabajo en hospitales y en otros contextos clínicos, es que el ser humano, los individuos que somos su expresión, es un ser grupal. El hombre es un ser que no puede ser entendido sino a partir de su realidad social, su realidad grupal. Esto significa que aquella visión que tenía al inicio de mi carrera profesional, cuando tenía veinte y pico de años, en la que la importancia la centraba en el individuo, en cada una de las personas con las que me encontraba en los entornos clínicos, aquella visión ha ido cambiando hasta llegar a una comprensión totalmente grupal. El individuo es, para mí, la célula más elemental del tejido humano, de la que es deudora y que, al mismo tiempo, lo constituye. Por esta razón, la Orientación psicológica de la que voy a hablar tiene una impronta totalmente grupal y la llamaré Orientación psicológica grupoanalítica. En inglés lo llamarían Group Analytic Counselling.

 

Si la idea grupal está presente, hay otra que la acompaña indefectiblemente: el espacio de Orientación psicológica se construye entre las personas que se encuentran. En realidad, esto es aplicable a todo lo que hace el ser humano y, de forma especial, a aquellas actividades que desarrollamos los psicólogos y otros profesionales de la relación asistencial. Esto significa que, en la medida en que nos sea posible, vamos a tener que construir eso que llamamos Orientación psicológica. Y este planteamiento creo que choca frontalmente con lo que se realiza habitualmente en los contextos educativos y, en particular, en los universitarios. Y siendo cierto (y absolutamente legítimo) que una de las funciones de los espacios universitarios es la de suministrar la información del estado de la cuestión de todos y cada uno de los aspectos que se estudian y la de transmitir los conocimientos que existen poniendo especial énfasis en el aprendizaje realizado por los alumnos, también lo es (o al menos es una de las cosas que aprendí en su momento) que debemos ser capaces de pensar, de elaborar las cosas que tenemos delante, de intentar apropiarnos de esos conocimientos a través de los procesos de elaboración e integración de los que somos capaces los humanos. Esto supone que el profesor tiene una serie de conocimientos que ha elaborado, que ha integrado en su forma de ser y de actuar; conocimientos que, en mi caso y en el de muchos que como yo estamos imbuidos en esta función asistencial, provienen no tanto de lo que otros han escrito sino de lo que los pacientes y los alumnos nos enseñan. Pero los alumnos también tiene su experiencia, la que les corresponde a su edad y condición, a su experiencia vital, y en algunos casos, la experiencia laboral que hayan podido tener. La cuestión es cómo articulamos una y otra experiencia. Cómo compartimos lo que sabemos, lo que intuimos y, sobre todo, lo que entendemos cuando nos ponemos a pensar en el ser humano para que el producto no sea considerado como algo que proviene de una mente sabia cuanto de un colectivo sabio.

 

Por esta razón os decía unas cuantas líneas atrás que lo que pretendo es incluir en este relato lo que también proviene de la experiencia de los alumnos. Pero dado que algunos de los que leéis este texto tenéis un contacto directo y personal conmigo, os planteo una hipótesis general que puede servirnos como eje de nuestras reflexiones en clase: existe un paralelismo entre la relación que se da en una consulta y la que se da en el aula universitaria o en un seminario. Es decir, en la interacción que se da entre el profesional y el paciente aparecen una serie de elementos que son parejos, muy similares a los que se dan entre el profesor y el alumno. Entre los aspectos parejos hay uno que no podemos dejar de lado: siempre es una relación en la que ambas partes participan y contribuyen a crearla. Lo ideal sería alcanzar una total horizontalidad ya que ello significaría que ambas partes asumen la responsabilidad respecto a lo que ahí se va tejiendo. La realidad es que de la verticalidad total a la horizontalidad absoluta hay muchos grados intermedios y cada relación establece los suyos.

 

Centrándome un poco en eso de la Orientación, ¿cómo podríamos explicar las diversas posibilidades que existen en el encuentro? Imaginemos que en una plaza de una determinada ciudad, Barcelona por ejemplo, han instalado un chiringuito en el que se lee: “Orientación”. No todos los que pasen por delante entrarán, claro. Pero de los que entren, ¿qué tipo de preguntas podríamos suponer que van a hacer esos ciudadanos? Las habrá de varios tipos según sea quién se acerque y, por ejemplo, podrían ser las que siguen:

 

a) Dónde se encuentra la parada del tranvía, del autobús, del metro, etc.

b) Por dónde se va a determinado lugar, a la Sagrada Familia, al Museo Picasso, al Parc Güell, etc.

c) Saber en qué lugar de la ciudad se encuentra ahora porque se han despistado o para confirmar que están donde esperaban.

d) Entraran a explicar lo que les acaba de pasar ya que no saben cómo salirse de la situación en la que se ven inmersos.

e) Habrá quien pregunte sobre el porqué estamos ahí.

f) O quien no sabiendo qué hacer en aquel momento preguntará sobre qué puede hacer.

g) E incluso se nos pregunte para qué es ese chiringuito.

 

Creo que todas estas preguntas se corresponden a situaciones diversas que se dan diariamente en la clínica y que el lector sabrá bien cuáles son. Pero antes de entrar en detalles, lógicamente, debemos ubicarnos un pelín más en cuanto a eso que hemos venido en llamar Orientación psicológica y que la diferencio de lo que es una psicoterapia.

 

Orientación Psicológica. Definición.

 

Si nos detenemos en los siete tipos de preguntas que he imaginado y buscamos algún punto en común veremos que hay una desorientación que se manifiesta de diversas maneras: buscar una cosa por no saber dónde se encuentra, o querer dirigirse a algún lugar, o no saber el ciudadano en dónde se encuentra, o porque le ha sucedido algo precisa que alguien le eche un cable, etc. Dicho de otra manera y alejándome de la metáfora, el servicio que presta el orientador psicológico va dirigido a disminuir la desorientación de quien acude. No estamos hablando de personas que están necesariamente en un centro (ya que en principio, los servicios de un orientador no tienen por qué ofrecerse en un centro de salud mental o en un centro de internamiento) por lo que la demanda de ayuda no va dirigida a personas que presentan lo que algunas personas denominan una “enfermedad” o una patología que precise de una intervención más especializada. O dicho de forma un poco más arriesgada: no va dirigida de forma exclusiva a personas que tienen unas características clasificables como cuadro psicopatológico, aunque muchas de estas personas pueden beneficiarse de la Orientación. Este tipo de intervención va dirigida a todo tipo de personas, grupos e incluso instituciones que por las razones que sean se sienten desorientadas, sin saber qué hacer, sin saber qué les pasa o qué les ha pasado, o que no saben hacia dónde dirigirse o a quien acudir para resolver un determinado problema, o sencillamente a personas que se preguntan por la propia existencia del profesional. Esto habla de situaciones de sufrimiento.

 

Muchas personas tienen niveles de sufrimiento lo suficientemente importantes como para requerir de la ayuda de un orientador sin que ese sufrimiento pueda encuadrarse en una clasificación psicopatológica. Por ejemplo, alguien puede no saber qué estudiar o qué trabajo buscar y, desde una perspectiva coloquial no diríamos que eso es sufrimiento. Pero desde la psicología, al menos desde mi perspectiva psicológica, es sufrimiento. Que puede o no ser liviano, pero no deja de significar una preocupación interna lo suficientemente importante como para requerir la ayuda de alguien. Con lo que podemos arriesgarnos a una primera definición: la orientación psicológica es una intervención que va dirigida a orientar a alguien que se encuentra o se siente desorientado. Esta desorientación puede deberse a que no dispone de los recursos necesarios para saber qué tiene que hacer ante una situación cualquiera de su vida. La pregunta que quizás viene a continuación es: ¿por qué esta persona está desorientada? Y probablemente esta otra, ¿quién determina que está desorientada?

 

Si comienzo por la segunda diré que alguien está desorientado cuando él mismo o su entorno perciben que lo está, que ha perdido el norte, que anda despistado sin saber qué hacer o qué le sucede. No necesariamente el desorientado es consciente de tal situación, pero en estos casos la gente que le rodea hace de evaluador de que algo le pasa. Bien porque está de mal humor, bien porque tiene más accidentes que lo que podemos considerar normal, bien porque enferma con frecuencia, o porque no se le ve feliz y satisfecho por la vida… Estos son criterios que el entorno o uno mismo pueden valorar y sospechar que anda desorientado.

 

Contestar a la primera pregunta no es tan fácil ya que cada uno de nosotros puede considerar que esa desorientación nace o surge por razones muy diversas. Por ejemplo, podemos considerar que tal desorientación proviene de una carencia en las capacidades racionales o relacionales del sujeto. O podríamos considerar que nace de no disponer de habilidades en determinados ámbitos. O a errores en la interpretación de lo que percibe y que con una “correcta” interpretación tal persona no andaría desorientada. Y así podríamos seguir hasta confeccionar una lista bastante larga de razones, todas ellas sensatas, lógicas y razonadas que posiblemente señalen la causa fundamental de tal desorientación. E incluso añadiría algo más: muchas veces el propio entorno o incluso algunos profesionales pueden banalizar la preocupación y desmotivar la visita a un especialista que posiblemente le orientaría con mayor objetividad. Y siendo cierto que no hay que dramatizar ni psicologizar todo lo que nos sucede también lo es que hay una cierta tendencia a desvalorizar grados de sufrimiento que en el fondo, si les hiciéramos caso, igual tendríamos que considerar muchas más cosas relativas al ser humano que las que habitualmente consideramos.

 

Y hay otra cosa interesante en todo esto y es que como cada profesional tiene una experiencia como individuo y por la profesión que ejerce, y dentro de la propia psicología hay muchas hipótesis y muchas formas de entender al ser humano, el enfoque que cada profesional realiza dependerá la forma de trabajar y de enfocar la cuestión. Dicho de otra forma, dependiendo de cómo cada uno entendamos la situación que nos plantee el paciente, actuaremos en consecuencia. Y esa manera de entender proviene de, al menos, cuatro lugares diferentes:

 

1) de lo que entendamos respecto a lo que nos dice el paciente, ya que eso que nos cuenta es percibido por cada uno de nosotros de forma distinta. Eso tiene que ver con toda la teoría de la percepción.

 

2) del referente o referentes profesionales que hemos ido construyendo a partir de nuestra formación y que determinarán el tipo de proceso que se va a dar. Esto guarda relación con el cuerpo teórico al que nos adscribimos y, por lo tanto, con la escuela de psicología a la que nos sintamos más próximos.

 

3) de lo que el paciente es capaz de transmitirnos dado el contexto en el que nos situamos. Esto nos habla de la importancia del marco institucional en el que nos movemos.

 

4) de lo que nuestra presencia le genera, tanto en el sentido de facilitar la relación o de frenarla. Esto está relacionado con las características de la propia relación.

 

Ello hace que la conceptualización del hecho de orientar esté condicionada por múltiples factores, cada uno de ellos, a su vez, bastante más complicado de lo que en principio parece. Y de la valoración de la complejidad dependerá buena parte de la actividad asistencial que desarrollemos y por lo tanto de las personas implicadas en el proceso y del propio proceso que se dé. Ahora bien, si nos fijamos en las palabras con las que he descrito la multiplicidad de factores, hay dos que me parecen claves: paciente y proceso.

 

Ante quién y ante qué nos estamos situando: cuestiones terminológicas.

 

Cuando Rogers, en 1942, publica su texto sobre Orientación psicológica habla de cliente: La orientación psicológica es una relación estructurada y permisiva que permite al cliente comprenderse mejor a sí mismo de tal manera que pueda ir dando pasos positivos a la luz del nuevo enfoque que quiere dar a su vida; de esta hipótesis se deriva que todas las técnicas empleadas tienen como finalidad el desarrollo de un tipo de relación libre y permisiva, la comprensión de uno mismo durante el proceso terapéutico y fuera de él y la tendencia hacia una acción positiva por propia iniciativa» (Rogers, 1942/1978: 30).(Vikipedia, Orientación psicológica, bajado el 23 de julio de 2011). Llama la atención que utilizase la palabra cliente sabiendo que una de las personas que más le influyó fue Otto Rank, uno de los primeros discípulos de Freud. Pero también es cierto que la siguiente publicación fue “Terapia centrada en la persona”, con lo que reubicaba la cuestión en otro sitio introduciendo la idea de terapia.

 

No voy a hacer un repaso de cómo conciben a sus pacientes otros autores que han escrito sobre la Orientación ya que esto me introduciría en el terreno más academicista en el que no quiero entrar. Si atendemos a la situación más real, si nos movemos por los diversos ámbitos asistenciales de España creo que el uso del término paciente es más frecuente en ambientes clínicos mientras que la palabra cliente o la de usuario la suelen utilizar los servicios dependientes de la administración, tales como los servicios sociales de los ayuntamientos, e incluso en algunos centros de atención a los toxicómanos. Como podemos ver, la variedad es grande, pero ¿qué supone uno u otro nombre (se me ha dicho con reiterada insistencia) si al final siempre atendemos a personas? No me sorprende el auge del término cliente o usuario ya que constato un lento pero insistente proceso de alejamiento o enfriamiento en la relación asistencial y una creciente visión mercantilista de lo que ésta es o representa.

 

Las palabras hacen bastante más que aludir a una cosa o a una situación. Es decir, las palabras con las que nos comunicamos no son meros significantes que nacieron por casualidad y al tuntún: nacieron (y nacen porque la lengua es algo vivo) de la necesidad comunicativa del hombre y aportan un cuadro de significados que implican a toda una serie de aspectos relacionales que no podemos pasar por alto y menos en el terreno de la psicología. El lenguaje es un producto directo del proceso civilizador en el que el hombre está inmerso desde la noche de los tiempos. No es sólo un sistema de signos o sonidos mediante el que nos decimos cosas sino que esa red tupida de sonidos, signos, silencios y gestos u otros soportes de información conlleva indefectiblemente una carga simbólica que es la que determina buena parte de lo que todas y cada una de estas herramientas significa. Y este producto de la civilización se ha ido gestando y transmitiendo de generación en generación de forma que hay una evolución de los significantes mediante los que transmitimos los significados aportándoles una característica viva, abierta, sometida a los vaivenes propios del hombre en este continuo caminar hacia el ser plenamente civilizado. Y en esta trama todos nosotros estamos inmersos de forma que un término u otro llevan consigo la carga de significación que el contexto social le atribuye y que culturalmente ha ido estableciendo. Y señalaré una aparentemente insignificante cosa más: en el marco de cada relación, sea ésta entre dos o entre muchas personas y de no importa qué tipo de características u objetivos tenga, se establece un código particular de significados que sólo son útiles y comprensibles en aquel contexto relacional. Esto hace que lo que se dice en un contexto pierde totalmente su significado cuando lo sacamos de él y justifica la insistencia de muchos profesionales en torno a la confidencialidad de lo que se dice en los espacios asistenciales.

 

Vayamos ahora a la determinación del término.

 

Comencemos por la palabra “cliente”. En el diccionario de la lengua se nos informa que proviene del latín, (Del lat. cliens, -entis), y que tiene tres acepciones: 1. com. Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa. 2. Como parroquiano, persona que acostumbra a ir a una misma tienda). 3. com. Persona que está bajo la protección o tutela de otra.

 

Como podemos deducir lo que se subraya con esta palabra es la utilización de los servicios de un profesional, de lo que puedo colegir que este profesional es el vendedor, o quizás su protector o su tutor. Dicho de otra forma, la persona que busca nuestra ayuda puede estar viendo en nosotros a un vendedor de servicios o quizás a alguien que le proteja de algo o le sirva de tutor ante un determinado hecho vital. Y para nosotros es un cliente, alguien que viene a pedirnos algo y al que le cobraremos algo por lo que le demos.

 

Si consultamos la palabra usuario que es otro de los términos que se emplea para aludir a quien acude a los centros de orientación, la RAE nos dice que es una palabra que proviene del latín (Del lat. usuarĭus), y que sus dos primeras acepciones son 1. adj. Que usa ordinariamente algo. U. t. c. s., y 2. adj. Der. Dicho de una persona: Que tiene derecho de usar de una cosa ajena con cierta limitación. U. m. c. s. Y podemos descafeinar las cosas y decir que, efectivamente, el paciente viene a “usar ordinariamente de algo, de un servicio”, pero no parece que un psicólogo u otro profesional que se dedique a eso sea usado, utilizado. Porque en nuestra cultura no siempre esa idea tiene connotaciones positivas. Y siendo cierto que desde cierta perspectiva todos nos utilizamos para algo ya que ésta es una de las características del ser humano, en nuestro idioma la connotación de uno interesado de esta palabra no parece aconsejar excesivamente su uso.

 

Si, para no entretenernos en este punto, pasamos a la idea de asesorado que es un término que algunos autores utilizan, vemos que es un sustantivo que proviene del verbo asesorar y del que la Real Academia nos dice: 1. tr. Dar consejo o dictamen. 2. prnl. Tomar consejo del letrado asesor, o consultar su dictamen, y 3. prnl. Dicho de una persona: Tomar consejo de otra, o ilustrarse con su parecer. La calificación de asesorado y, consecuentemente, la de asesor se aleja de la connotación exclusivamente comercial y distante que parece conllevar la palabra cliente. Ser aconsejado por alguien o la de aconsejar a quien pide consejo conlleva indicar lo que alguien debería hacer porque en cierta manera es lo que el consejero haría de estar en su piel.

 

Si nos dirigimos de nuevo al diccionario y buscamos la palabra “paciente” conocemos que proviene del término latino patĭens, -entis, part. act. de pati, padecer, sufrir y que tiene varias acepciones: 1. adj. Que tiene paciencia. 2. adj. Fil. Se dice del sujeto que recibe o padece la acción del agente. U. t. c. s. m. 3. m. Gram. Persona que recibe la acción del verbo.4. com. Persona que padece física y corporalmente, y especialmente quien se halla bajo atención médica. 5. com. Persona que es o va a ser reconocida médicamente.

 

Como podemos ver, la raíz del término habla de sufrir, aspecto éste que queda recogido en la cuarta y quinta acepción. Y, más allá de la paciencia de la que tenemos que hacer acopio ante muchas situaciones, la idea de sufrimiento me parece central. El paciente es aquella persona que padece y ese sufrimiento es el que le lleva a consultar a un profesional para que lo palie, para que le alivie ese sufrir. En este sentido y antes de entrar en lo que significa sufrir, parece lógico pensar que si consideramos a cualquiera de las personas que sufriendo por algo se acercara a nosotros –y ahora podríamos retomar las siete presuntas razones por las que alguien podría entrar en aquel chiringuito en el que ponía “orientación”- la llamaríamos paciente.

 

En esta situación, ¿por cuál de los términos nos decantaremos ante quien nos estamos situando? Sin descartar que siempre hay algo que alude a la idea mercantil, ya que entre otras cosas nos ganamos la vida con ello, considerar que la relación que se establece ante cualesquiera de las razones del abanico que anteriormente imaginé es puramente mercantil me parece menospreciar algo muy básico en el ser humano: el grado diverso de sufrimiento que presenta, independientemente de la magnitud del síntoma o síntomas que muestre. Y siendo cierto que algo de nuestra función como orientadores suponga apoyar, tutorar un desarrollo determinado o aconsejar determinadas acciones, el sufrimiento está en la base de todo ser humano y, en particular, en la de las personas que acuden a nosotros buscando un alivio o unas palabras. Por esto la idea de paciente me parece fundamental. Porque si nos situamos ante personas que padecen, ante lo que nos situamos es ante su sufrimiento.

 

El sufrimiento humano.

 

La palabra sufrir suena dura y esa dureza hace que muchos restrinjan su significado a circunstancias y grados muy particulares. ¿Podríamos pensar que todo ser humano sufre? Volvamos al diccionario. La Real Academia indica que sufrir es una palabra que proviene del latín, (Del lat. sufferre), y que significa varias cosas: 1. tr. Sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo. 2. tr. Sentir un daño moral. 3. tr. Recibir con resignación un daño moral o físico. U. t. c. prnl. 4. tr. Sostener, resistir. 5. tr. Aguantar, tolerar, soportar. 6. tr. Permitir, consentir. 7. tr. Satisfacer por medio de la pena. 8. tr. Oprimir fuertemente con alguna herramienta adecuada la parte de una pieza de madera o de hierro opuesta a aquella en que se golpea para encajar otra, fijar un clavo o formar un roblón. 9. tr. Someterse a una prueba o examen. 10. intr. ant. Contenerse, reprimirse.

 

Si exceptuamos la octava acepción, todas las demás hablan de sufrimiento. Y desde dos ángulos, el de recibir el daño y el de sostenerlo o soportarlo. Sufrir, pues, no supone que necesariamente tengamos un dolor físico insoportable. Sufrir, desde la perspectiva psicológica, supone recibir o haber recibido un daño en lo personal, en la autoestima, en la capacidad de desarrollarse, en el reconocimiento de un sentimiento, en… Es más, no siempre somos conscientes del grado de sufrimiento ya que, si siempre hemos vivido en él, la noción de dolor ha quedado tan integrada en nuestra vida que el sufrimiento como tal no cobra entidad. En realidad, el ser humano tiene el sufrimiento en su misma esencia vital. Desde bien pequeños, cualquiera de las circunstancias que alteran nuestro equilibrio conlleva una dosis de sufrimiento. Por ejemplo, si observamos a un bebé podremos constatar que en algunas circunstancias, sin que aparentemente haya ocurrido nada que le haya alterado, llora. Ese llanto habla de algo que le ha asustado, algo que ha alterado su equilibrio y le hace sufrir. Y los adultos que estamos a su alrededor solemos hacer algo para calmarlo. Por lo general, esas dosis de sufrimiento son asumidas por el sujeto, que debe desarrollar una serie de mecanismos que le permitan encajarlo y seguir viviendo con relativa normalidad. Estos mecanismos, los de defensa, son sistemas innatos o aprendidos que desde el momento en el que hay una mínima capacidad mental actúan para paliar algo de ese sufrimiento. Y el proceso mental mediante el que el sujeto va pudiendo comprender algo de lo que le ha sucedido posibilita que se vaya estableciendo una distancia entre el Yo del sujeto y el entorno o las circunstancias en las que vive. Podemos llamar a eso procesos de mentalización: conjunto de operaciones mentales mediante las que elaboramos e integramos el hecho dañino con el fin de que el sufrimiento subsiguiente sea menor y nos sirva para poder hacer frente a situaciones similares. Este proceso supone la incorporación de cargas simbólicas que en su momento se asociarán al lenguaje y mediante las que el Yo del individuo se autonomiza respecto al entorno y a los demás.

 

Podríamos intentar una clasificación del sufrimiento o mejor de la conciencia del mismo. Un primer grupo estaría formado por una buena parte de los humanos que va encajando las diversas contrariedades del vivir, de forma que los procesos de mentalización quedan reducidos a niveles mínimos, acentuándose los del pragmatismo: “lo importante es vivir la vida y dejarse de historias”, este podría ser el lema general. En este sentido no es raro oír a los padres e incluso a muchos profesionales aconsejar a aquel chaval que es movido, inquieto o con dificultades de concentración que haga deporte, que “queme energías”, con la secreta esperanza de que si las gasta estará más reposado y podrá concentrarse en los estudios, por ejemplo. Todas estas personas no van al profesional o, en el caso de hacerlo, acuden de manera muy puntual y considerándolo como un técnico en algo, aunque sin especial interés en establecer con él una relación particular que les permita entender un poco más lo que les sucede. Disponen de recursos con los que hacer frente a las dificultades cotidianas y a las que no lo son tanto y son proclives a ir presentando molestias que, por lo general, serán atribuidas a hechos que atribuyen a factores genéticos, fisiológicos o circunstanciales, sin que esas molestias consigan llevarles a un profesional. En este grupo se sitúa, probablemente, la mayoría de la población y, en principio, es considerado como el de los “normales”.

 

Luego tenemos un segundo grupo, numeroso también, que es el formado por aquellos individuos cuyos procesos de mentalización están muy activos. Son personas a las que los hechos de la vida cotidiana les supone un sufrimiento importante del que en parte son conscientes y que les conduce a desarrollos que los profesionales de la psicología solemos incluirlos en el grupo de los neuróticos. Pero dentro de este grupo hay otros en el que estos procesos de mentalización son más agudos y no consiguen paralizar ese sufrimiento de forma que las manifestaciones de éste cobran una entidad bastante más compleja: son los que suelen clasificarse en el terreno de lo psicótico en el sentido amplio.

 

Un tercer grupo lo constituyen aquellos que reniegan de los procesos de mentalización y deciden que lo que les sucede se solventa rompiendo totalmente con las normas, las pautas que la civilización ha ido desarrollando con el fin de poder alcanzar una convivencia aceptable entre todos nosotros y, en total desacuerdo con todo ello, rompen con el conjunto de pautas civilizadoras y pasan a engrosar el grupo al que clasificamos de trastornos de la personalidad.

 

Un cuarto grupo viene a continuación: el de aquellos que no pueden mentalizar el sufrimiento y la única manera de expresarlo la encuentran a través de los procesos somáticos: las enfermedades somáticas adquieren en estos casos un tono psicosomático que habla no tanto de procesos orgánicos fallidos sino en la activación de procesos somáticos como consecuencia de lo que no se pudo mentalizar.

 

Y finalmente, el quinto grupo es el formado por los actuadores físicos. Personas para las que el sufrimiento ha sido tan sumamente fuerte que ni siquiera han podido activar esos procesos de mentalización y resuelven sus tensiones mediante una hiperactividad física repentina e inagotable.

 

Pues bien, estos cinco grupos son diversas maneras de hacerse con el sufrimiento, si bien sólo las del segundo bloque son las que oficialmente sufren. Sin embargo, las consultas de los orientadores suelen estar más repletas de personas del primer y tercer grupo (y ocasionalmente las del quinto) que las de los profesionales de la psicología o psiquiatría, ya que esas personas no tienen conciencia de sufrimiento, aunque sí pequeños atisbos de que algo anda mal sin saber qué es.

 

Breve síntesis

 

En este capítulo inicié con una breve introducción en la que expuse mis propósitos de hacer un texto alejado de lo académico, centrado en la experiencia asistencial en esto que podemos llamar Orientación psicológica y que, dada mi visión grupoanalítica de lo psicológico, llamaré Orientación psicológica grupoanalítica. Posteriormente me acerqué a una definición de esa forma de terapia señalando a quién iba dirigida y de qué elementos dependía. Luego me centré en el término con el que nos referimos al hablar del paciente para acabar haciendo una clasificación de las diversas sensibilidades ante el sufrimiento humano que aparecen.

 

Son los textos de la revisión total de los que fueron publicados en 2004. Muchos de ellos todavía no han pasado la revisión estilística, pero en cuanto sean revisados los modificaré.