99)UNA PERSONA SE INTEGRÓ EN EL GRUPO, EL MISMO DÍA DIJO CON CIERTA SORNA…

99) Bueno, la verdad es que algo de esto sucedió el otro día en el grupo. Invité a integrarse en él a una persona que no se había podido incluir en su momento por razones laborales y que ahora sí. El mismo día de su incorporación comentó con una cierta sorna, tristeza e incluso descalificación, que estaba ahí porque entre otras cosas uno de sus hijos, el mayor de, había muerto de sobredosis; el otro estaba en la cárcel y su mujer había intentando suicidarse múltiples veces. Me sentí mal porque, aún conociendo la historia, no imaginé que ésta sería su reacción; y me entró un cierto pánico ante la posible reacción del grupo… realmente fue una aportación impactante y ambigua: por un lado, comprendía lo que decía como una necesidad de compartir algo que le angustiaba y que necesitaba como desprenderse de ello; por otro, lo veía como una bomba de relojería. No estoy segura de esto, pero quizás también era una forma de agredirme…

 

Te entiendo plenamente. De entrada tranquila; hay ocasiones en las que uno se encuentra totalmente fuera de guión. Habría que pensar que, efectivamente, estaba muy cargado y que necesitaba vaciar este sufrimiento; aunque sorprende la forma y el momento en el que lo hace. No sé hasta qué punto ese descargar no tiene, además, otras connotaciones. Impresionar, o la de ubicarse y ubicar al grupo en un lugar determinado respecto a él y ponerte en una posición muy difícil. O una manera de devaluar y al tiempo subrayar sus vivencias. Y algo de enfado o malestar al haberlo incluido en este grupo y excluido de la relación contigo. Pero también habría que pensar en fenómenos de regresión. Y este puede ser uno de ellos. Las personas buscamos formas de sobrellevar la angustia y el dolor de la mejor manera que sabemos y podemos. Regresar a momentos o situaciones anteriores en los que hemos experimentado una sensación de haber sido acogidos, es una de ellas. Además hay situaciones de una gran sobrecarga de dolor y hay quien precisa rápidamente un orinal para desahogarse. Son varias funciones que se superponen, o varios propósitos: desahogo, búsqueda de ayuda desesperada, ubicación en una posición determinada respecto a los demás, comprobación de la capacidad de tolerancia del grupo, estar asustado y asustar… y descolocarte. Por no entrar en lo que sentiste ya que de ello también depende el desarrollo del grupo a partir de ese momento.

 

En el proceso de la psicoterapia grupal hay tres momentos delicados: la incorporación, el abandono y la despedida. Son los más complejos. Estamos en uno de ellos. Porque aunque ya se conocen y han establecido lazos entre sí, las modificaciones en la estructura que generan estas situaciones, cuestiona y obliga a una renegociación de los mismos. Y si la entrada es así de triunfal, más. Creo haberte señalado que cuando traajamos con grupos cerrados, estas situaciones quedan más controladas ya que no se prevén entradas durante el período de trabajo acordado. Pero cuando estamos ante grupos de lenta apertura, como es el caso de este grupo o el de los abiertos, el modo, la oportunidad del hecho y las características de quien es el protagonista, interfieren mucho en la dinámica establecida. El conductor ha de prever que siempre pueden haber cambios producidos por abandonos y por altas más o menos prematuras. Por esto es bueno tener una nube de posibles candidatos que te posibiliten reemplazar las pérdidas que se van dando a lo largo de la vida grupal. Estas suelen ser más frecuentes en los primeros momentos. Y no es tanto el hecho en sí sino por las significaciones que lo rodean y por la necesidad de renegociar los lazos de interdependencias vinculantes: las lealtades, las filias y fobias que se establecen en todo grupo, son las que hacen difícil o complicada la situación.

 

Ahora sigues estando en una primera fase de contacto que suele comprender las quince o veinte primeras sesiones. Es un período en el que se han ido conociendo, cada uno se ha dado la oportunidad de comentar aspectos de su currículum y en él, lógicamente, hay momentos muy duros, de mucha tensión y sufrimiento. Y compartir estas cosas genera muchas sensaciones molestas. Y la ansiedad y angustia que se activan en todo grupo a partir de lo que cada cual trae, son lo suficientemente elevadas como para que se activen los mecanismos más primitivos de nuestro funcionamiento psíquico. Y ¿qué es esta ansiedad y angustia?: pues es ese afecto desagradable que consiste en cambios psicofisiológicos en respuesta a conflictos intrapsíquicos. En contraposición al miedo, en la ansiedad el peligro o la amenaza es irreal (…) los cambios psicológicos consisten en un sentimiento desagradable de peligro inminente acompañado de la invencible sensación de indefensión, incapacidad para percibir la irrealidad de la amenaza, sentimiento prolongado de tensión y expectativa continua ante el supuesto peligro (Freedman, Kaplan, Sadoch, 1982:2848).  Esto es, cuando una persona se encuentra ante un grupo de extraños ante los que no sabe qué va a suceder, cómo va a reaccionar, etc., desarrolla este afecto, ciertamente desagradable que en algunos casos puede llegar a paralizarle o, como sucedió ahí, le condujo a una desmesurada demostración de poderío. De nada vale pensar que racionalmente no hay peligro; y si parto de la confianza de quien me derivó aquí, ¿por qué tengo esta tensión? ¿Por los miembros del grupo a los que no conozco? ¿por las fantasías que me surgen ante la situación grupal? La situación es, llamémosle así, traumática y genera lo que también se denomina “Angustia automática”; y que es la reacción del individuo cada vez que se encuentra en una situación traumática, es decir, sometido a una afluencia de excitaciones, de origen externo o interno, que es incapaz de controlar. (Laplanche, Pontalis, 1981). Pero la situación no sólo es compleja para quien entra, sino para los que le dejan entrar (o no). Aquí se rearman defensivamente todas las interdependencias vinculantes establecidas hasta ahora y que habían llegado a un cierto grado de equilibrio. La entrada de alguien —de la misma forma como sucede con el abandono repentino de alguien, o una despedida prematura—, pone a prueba las fidelidades y lealtades pactadas tácitamente.

 

¿Quién es ése que entra y qué pretende? ¿Con quién se va a aliar o no? ¿Cómo le ubicaremos, en qué lugar? Desde las caras que ponemos ante el recién llegado, a la atenta observación de «sus características», el estudio pormenorizado de tus reacciones ante la situación, el deseo de conocer qué teníais entre manos vosotros dos antes de que se incorporara, qué le habrás dicho del grupo, por qué esta persona y no otra y un largo etcétera, constituye un listado de aspectos que deben irse aclarando. Además, ¿comentaste al grupo la posibilidad de que se incluyera alguien?  ¿Por qué en este momento y no en otro? Por no seguir con otra serie de preguntas que te conciernen, claro, y que atañen a tu función conductora. Se dan situaciones, pocas, en las que el grupo rechaza activamente la entrada de alguien. Y eso ya es un serio problema.

 

Ahora bien, más allá del componente personal del personaje que en este caso tenía cierto aire prepotente, la ansiedad no deja ser la respuesta de una persona ante lo que otra u otras representan: una manera también de señalarles que «os temo o temo algo que puede provenir de vosotros o de mi relación con vosotros» y «para compensar este temor os voy a asustar». Y ese temor es captado también por el resto del grupo que internamente piensan lo mismo respecto a él. Unos lo toleran mejor que otros. Pero no deja de ser una señal que se emite y recibe una respuesta. Y el tipo de respuesta establece un vínculo particular entre unos y otros. Pero tendremos que pensar también que esa idea hace alusión a otra: el temor a que el otro —y ese otro puede ser el grupo, el introducido o tú misma—,me agreda, me dañe. Si pensamos en esta persona, ¿cuáles son sus antecedentes biográficos? ¿Se te ocurre algo? Y junto a ello, otro aspecto: a través de eso os coloco y me coloco en una posición, provoco, o eso pretendo, una determinada secuencia de interdependencias vinculantes que, en el fondo, se asemejan a las que he ido estableciendo y con las que me he encontrado. Es decir, hay algo que transfiere y también transferimos sobre él, sobre la situación y sobre tu figura.

 

La ansiedad que experimentamos ante el grupo, ante una situación de la que apenas sabemos nada, despierta una reacción psíquica que provoca la búsqueda de respuestas que en situaciones semejantes en el entonces de la vida, han sido útiles. Eso es trasladable a cualquiera de las personas que formamos ese grupo y no importa en qué dirección. ¿A qué tememos? Nitsun (1996) indica que uno de los factores que activan los elementos antigrupales es precisamente este, el de la Ansiedad. En realidad lo denomina Ansiedad de supervivencia (1996:113-7). ¿Supervivencia? Efectivamente, según este autor habría dos líneas de desarrollo de esta ansiedad: la que proviene del temor a ser agredido físicamente y por lo tanto, aparece una ansiedad ante el posible daño o inclusive muerte; y la ansiedad del posible ataque psicológico a uno mismo, al sí mismo. De ello surgiría un temor a la aniquilación psíquica o a no ser nadie, a ser ninguneado por el otro. Y a ello añado: a la soledad que ello dimana y el temor a la pérdida de la identidad que todo ello representa.

 

Entre nosotros, Valiente (1987) señala que aparecen tres grupos de temores. Los primeros, en relación con el propio grupo son los de  empeorar por el contacto con otros, ante el ataque a la crítica de los demás,  dañarlos o a destruirlos, a que cuenten fuera del grupo los problemas, dificultades y perversiones que mostró dentro. Otro tipo de temor atañe al profesional: a ofenderle, a la represalia y castigo, al abandono, al que lo considere loco, y a destruirlo. Y finalmente, con relación a sí mismo: a que se desate su agresividad, a perder el control de su sexualidad, y a volverse loco (1987:30-1). Valiente lo centra en lo individual aunque en realidad es colectivo también: la entrada, abandono o alta prematura representan un cuestionamiento de la identidad particular y colectiva. Son situaciones en las que se cuestiona la noción de sí mismo: aquel conjunto de elementos que nos parecen más estables y que definen nuestra identidad. Y en ocasiones de forma radical. ¿Qué pasa si el nuevo «hermano» tiene una forma de reaccionar y de actuar que pone en peligro la «identidad» con la que hemos dado forma en el grupo?

 

Por otro lado también tiene sentido preguntarnos si el miedo tiene una función vinculante. En realidad, cuando lo expresamos, cuando se apodera de nosotros, no dejamos de tener una reacción que provoca una actitud, una conducta de quienes nos rodean, y hasta despertar sentimientos de protección, de preocupación que no dejan de ser vinculantes; y un movimiento de agrupamiento frente al enemigo que fortalece nuestros vínculos. Ante quien ha llegado, ¿quién va a osar apretarle con lo que ha sufrido? Y de cara al grupo, ¿va a ser capaz de decirnos algo a nosotros que ya lo sabemos todo? Es por ahí que señalé que en el miedo hay un aprendizaje o un derivado social: ante determinadas situaciones el miedo consiste en un lazo que ata, e incluso coacciona el comportamiento de los demás hacia nosotros y viceversa. Y esto ya tiene una dimensión grupal, social. ¿Recuerdas cuando hablábamos de los mecanismos de poder? Ahí tienes uno.

 

El reconocimiento del miedo que nos despierta el otro, la situación novedosa, guarda mucha relación con aspectos que ya aparecieron en el inicio del grupo. Sólo que ahora toma una dimensión muy concreta: la aceptación del otro cuando uno ya se ha hecho a los suyos. La función Verbalizante trata de ir recuperando las ansiedades que se disparan ante el extraño, el extranjero, en el que vemos la representación de todos nuestros peligros. Vincular lo que sucede en el grupo con lo que sucede en la vida social, política, cultural, etc., nos posibilita ir considerando mucho más la dimensión social del individuo.