Inicio de la relación: el marco. (The fist meeting: the setting)

Mi cuaderno de Bitácora del 2 de julio del 2000
Sunyer, J.M. · 19/03/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Todo tipo de inicio de relación no deja de terner una dosis de inicio de asistencia. Unos nos asistimos a los otros, es decir, los atendemos. Poco importa si la atención es clínica, docente, o administrativa. En realidad el asistir a alguien está en la base de la mayoría de las relaciones.

Inicio de la relación asistencial: marco de trabajo. (The first contact: the setting).

De entrada, hola. Me he propuesto, a pesar de ser un 3 de Julio del 2000 y estar a casi tres meses del inicio de las clases, iniciar el curso. Es decir, iniciar el proceso que de forma efectiva comenzaremos a finales de septiembre o primeros de octubre. Si las cosas no cambian, y eso espero, nos veremos un martes a primera hora (cuando todavía están poniendo las calles) y un jueves a hora más católica.

Se preguntarán del porqué de esta “carta”. En realidad siéndolo, no lo es. Es, como iremos haciendo a lo largo de este año si las fuerzas no me fallan, una reflexión escrita frente a algo que se anuncia: el inicio del curso. Sé que no es habitual que se inicie de esta forma. Pero es como lo he venido haciendo los dos últimos años y, por lo que me han dicho, se agradece. Deseo que Uds. también lo puedan agradecer.

Antes de proseguir, unas cuestiones previas. Una relativa al idioma, y la otra, al trato. He elegido espontáneamente el castellano ya que es un idioma que percibo más cercano a mi corazón. Debe ser por esto que le llaman lenguaje materno. Era el de mi madre. Pero ello no obsta para que utilicemos también el catalán; que me entusiasma, lo aprecio mucho y, en algunos momentos, es más cercano a mi corazón que el castellano (es un tema interesantísimo el estudio de los aspectos afectivos del lenguaje; cómo para unas cosas uno puede sentirse más cercano con un idioma y en otras con otro: como a mí me sucede también con el francés y con el inglés). Por supuesto que Uds. pueden hacer lo que crean más conveniente. Sé que estamos en un contexto en el que el Catalán es el idioma “vehicular”. No tengo nada en contra, incluso lo contrario. Creo que debemos esforzarnos por mantener aquellos elementos que forman nuestro bagaje cultural, a pesar de los vientos que pueden correr en contra. Pero entiendo más de otros conceptos que los que aluden a lo de la legalidad vigente, o a aquellos que hacen referencia a preservar los elementos de nuestra cultura.

Para mí, el respeto a la persona está por encima de las consideraciones más globales; si no respetamos a cada ser en su individualidad difícilmente podremos respetar lo que estos seres crean conjuntamente, eso es: la cultura. Al respecto, en una muy reciente experiencia con un grupo numeroso de profesionales, apareció también este tema: el del idioma. Pero hay idioma y lenguaje. ¿Saben cuál es la diferencia? Averígüenla. Creo que es sustancial. Creo que cada uno posee, además, su propia forma de expresión. De hecho, hay tantos lenguajes, tantas lenguas, como personas estamos aquí. Y deberemos encontrar la forma común, el lenguaje común (no el idioma común, que es otra cosa). Quiero decir, por si no ha quedado muy claro, que deberemos encontrar la forma de entendernos entre nosotros. Si los que conformamos este grupo (llamado clase), somos capaces de desarrollar un lenguaje común, habremos sido capaces de algo que no es fácil: el entendernos un poco.

El otro tema, es el del trato. Les propongo que, en la medida que podamos, usemos el Ud. Al menos en lo que se refiere a las comunicaciones “formales”, las que se establecen entre profesor y alumno. Sé, y esto ya no lo pretendo, que el ambiente que se genere en la clase hará poco más que imposible el que el trato sea ese; pero, al menos en lo que a mí atañe, les trataré de Ud. en las relaciones formales. Y si nos apeamos del trato, que lo sea por consentimiento, por común acuerdo, no por automatismo. Como sucede en las consultas: uno trata de Ud. a los pacientes, a menos que éstos propongan un trato más cercano; que sucede a veces.

Pasemos a otro tema. La asignatura se llama “Orientación Psicológica u Orientació Psicològica”, como Uds. prefieran. Con este tema, les propongo un ejercicio complejo, rico, apasionante y laborioso. Sobre todo laborioso. En un artículo reciente “Scanlon, Christopher (2000). The Place of Clinical supervision in the Training of group analytic psychotherapists: towards a group Dinamic model for professional education? Group Analysis (33) 193-207”, se recogen dos conceptos de Schön (1987): el de “reflection in action” y el de “refletion on action”. La verdad es que cuando los leí pude enlazar lo que he venido haciendo en este espacio a lo largo de los últimos años, y guarda relación con lo que les propongo. Les propongo que hagamos de este espacio un lugar para pensar sobre lo que es esto de “Orientació Psicològica” y sobre cómo se lleva a cabo y, al tiempo, que lo vayamos haciendo.

Es decir, de alguna forma les propongo que realicemos una “Orientació Psicològica” aquí, en el aula, en estas tres horas semanales de trabajo, y entre todos. Sólo requerimos dos cosas: que los que conformemos el grupo queramos, y que dediquemos tiempo y esfuerzo personal para comprender las dificultades que irán apareciendo, y para poderlas superar. Es decir. Estoy invitando a quienes no estén con el ánimo de participar de una experiencia lectiva colectiva (curiosa coincidencia que no había apreciado hasta ahora), opten por otros espacios académicos. Y soy consciente de que esto suena raro; incluso que suena un poco mal. Pero les voy a explicar una muy reciente experiencia clínica.

Duró escasamente hora y media. Acude a mi consulta una pareja de mediana edad. Dicen venir porque “otro paciente suyo nos ha hablado muy bien de Ud., y queremos saber si lo nuestro tiene o no arreglo”. Como pueden ver, se trata de una solicitud típica de Orientación. Ella me explica su versión de las tensiones que aparecen y él la suya. Ella se reconoce muy nerviosa y que chilla con facilidad pero que, tras explotar, puede hacer una vida normal; mientras que él dice no poder soportar el más mínimo chillido y que cuando ella le increpa algo, acaba metiéndose en cama “hasta dos o tres días”. A lo largo de la entrevista va apareciendo progresivamente el deseo de que me defina, de que les diga si “tiene arreglo o no”. Y, tras mis intentos infructuosos para que me indiquen lo que ellos creen que se podría hacer, les planteo la posibilidad de algunos encuentros más para poder ver realmente de qué van los conflictos de los que se quejan. Ella parece dispuesta; es más, creo que está dispuesta; a él le veo totalmente reticente, no definiéndose por nada, lo que me lleva a preguntarle, de forma directa y tras señalar que “para cualquier intervención, como no soy un mago, preciso de la voluntad de los que vienen”, le pregunto: “Ud. quiere seguir con la relación”. Él dice: No. Evidentemente mi sorpresa es aguda, ya que ambos han venido y él me pidió la entrevista. Noté en este momento el dolor de ella, y la agresividad pasiva de él, y así se lo hice saber. Pero la cosa estaba clara: nada podíamos hacer en aquel momento. Corolario: sin la voluntad de los dos contrayentes, aquí no hay matrimonio. Y, poco podremos hacer en nuestro espacio, si los que se quedan no quieren que haya matrimonio. Por esto les invito a que reflexionen; y tan amigos como siempre.

A partir de ahí, podemos comenzar. Y, de momento, el debate en el que me encuentro es si repasar o no lo que sucedió el año pasado. Por un lado pienso que puede ser bueno; pero por otro creo que puede ser un error. Cada paciente, cada grupo, cada situación, la debemos tomar como nueva. Aprender de la experiencia, reflexionar, pero no comparar. Ello, y sobre todo al principio, puede ser un estorbo para el desarrollo de este espacio. Sucede como con los hijos. Cuando comenzamos a compararlos, dejamos muchas veces de ver lo genuino de cada cual. Voy a optar por esta postura. Y les sugiero que hagan lo propio. Aquí aparece un tema. ¿Por qué, dos meses antes de empezar la asignatura, este señor se pone a escribir y a pensar en nosotros? No nos conoce. No sabe cuántos habremos elegido su espacio. Podemos ser diez, cien… ¿Qué hay detrás de todo ello?

Esta es una buena pregunta. Les voy a decir algo que quizás les sorprenda: cualquier entrevista se inicia antes de cualquier contacto físico con los que la solicitan. Tanto por parte del profesional como del paciente. Y de la misma forma, cualquier espacio lectivo se inicia antes de que exista un contacto real con los alumnos, por ejemplo. El proceso es algo similar al de una madre, unos padres, cuando comienzan a concebir, mentalmente, un hijo. No es lo mismo un hijo que surge de una preconcepción mental de aquel que nace sin que los padres lo hayan podido concebir mentalmente. La ventaja que tiene el que el embarazo dure 9 meses, es que durante ellos, los padres pueden permitirse el placer (y la obligación) de que su hijo “crezca” en su cabeza, al tiempo que en el vientre. Ponerme a pensar en Uds., a quienes no conozco, por supuesto, supone que vuelva a recrear la asignatura pensando en quienes, de forma anónima, todavía no se han puesto en contacto conmigo. Pero es algo similar a lo que he visto en mi casa: se hace la canastilla del bebé. Se le prepara toda la ropa inimaginable, la habitación, el moisés. Se piensa en el nombre. Se sueña con el futuro ser. En definitiva, se crea un espacio, mental, físico, para que el que venga sea bien recibido, acogido, tenga su lugar. Y más cosas. Se piensa en cómo irá el embarazo. Aparecen los temores. ¿Cómo me llevaré con él? Y volviendo al curso, ¿Seremos capaces de entendernos? ¿Qué haremos con los diversos momentos de tensión por los que transitaremos? ¿Cómo nos integraremos los de Clínica con los de Industrial? ¿Podremos organizar un pensamiento común siendo tan distintos? Y un largo etcétera. Estos son pensamientos persecutorios, claro; sanamente persecutorios. Lo que se denomina “sana paranoia anticipadora” Hace que nos anticipemos a lo que pudiera suceder y nos predispone a afrontar el toro tal cual venga. Así pues, y con el deseo que la faena que realicemos sea agradable y provechosa para todos, reciban un cordial saludo

Dr. Sunyer.

4 de julio de 2000.

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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