Identidad (Identity)

Mi cuaderno de Bitácora del curso 1998
Sunyer, J.M. · 17/03/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Se abordan una serie de cuestiones que aparecieron en la clase en torno a la identidad. Son reflexiones que constituyen los inicios de un cuaderno de bitácora público del profesor de la asignatura en la Facultad de Psicología de la URL

Identidad y susto.
(contenido de un cuaderno escrito el 29 octubre del 1998)

Hoy fue un día especialmente cargado de afectos. Entendiendo por tales aquel conjunto de emociones de intensidad variable que van asociados a hechos de la vida cotidiana, a vivencias o experiencias que tenemos, a los sentimientos que nos sugieren determinadas personas o situaciones. Afectos, pues, no es un término únicamente referido a los aprecios en el sentido de los quereres a alguien. Es un término que hace referencia a los movimientos emocionales que cualquier actividad o relación nos suscita. Así pues afirmo que fue un día cargado de afectos. Y sus razones había. El sólo hecho de bucear por el genograma personal ya supone un impacto suficientemente importante como para considerar los afectos generados. Estos afectos intervienen en nuestra percepción de la Identidad personal. Uno de ellos puede tener que ver con la constatación de que la información que tenemos no es muy exhaustiva. No es difícil darse cuenta de que en ocasiones no tenemos claro cuántos hermanos tiene el padre o la madre. O del orden en el que van. No digamos de la información de los abuelos y generaciones anteriores. Eso es significativo de algo. Bien porque uno no ha convivido lo suficiente o nada con estos familiares. Bien porque como en todas partes cuecen habas, en ocasiones ha habido sucesos familiares que llevan a las familias a distanciarse. O por otras muchas razones que no vamos a detallar. Pero este mismo hecho ya es de por sí significativo. Como lo es el hecho de que haya quienes descubren (en realidad, constatan) que en toda una rama familiar hay muchas separaciones, rupturas matrimoniales… Y eso no es que sea bueno o malo en sí, sino que habla de algo. Es decir, que tiene una significación. Y por lo tanto deja una determinada marca en el desarrollo y por lo tanto determinan aspectos de nuestra identidad.

Además, como el ejercicio suponía no hacerlo en privado sino con el compañero, eso significa que hay otro que ve, oye e interpreta lo que le cuentas de una particular forma, por lo que va teniendo información de cómo somos y en dónde nos hemos ido haciendo. Y entonces uno descubre que aquello que explica, lo cuenta de forma que el otro no acaba de entender tal y cómo lo explico yo. Y ese ser visto conlleva una pequeña ruptura de los niveles de “cosa personal”. Es decir, supone un considerar o reconsiderar qué aspectos de mi identidad quedan bajo la mirada del otro. Además el ejercicio incluía el señalar algo agradable y desagradable que pudiera atribuirse a algunas de las personas que constituyen el grupo familiar y que están presentes en uno, por lo que se complicaba no sólo el ejercicio sino que nos obliga a reconsiderar muchos aspectos de nuestra manera de ser y de vernos. Eso es otro elemento que añade más carga emotiva ya que, aun considerando que las cosas agradables y desagradables puedan ser políticamente aceptables (es decir, que las pueda oír el compañero), no deja de ser una ventana abierta a otro tipo de consideraciones que quedan en secreto, pero conocidas por uno mismo. Finalmente está la constatación de que estas vivencias (y otras muchas que por brevedad dejo en el tintero o en las teclas del ordenador) son las que el paciente va a ir experimentando cuando le pidamos que realice un ejercicio similar. Y ese hecho es más duro de lo que parece.

Solemos partir del hecho de que es al otro, al paciente, a quien se le piden las pruebas. Pero en esta profesión lo más importante es saber cómo se siente el otro para poder calibrar y conocer mejor las reacciones que puede tener frente a este u otros ejercicios. Porque en muchas ocasiones tendemos a proponer cosas a los pacientes que no nos gusta que nos las propongan a nosotros mismos aduciendo que eso son cosas íntimas. Y es que intimar supone en cierto modo un posibilitar que el otro conozca más cómo está constituida nuestra identidad. Aquí como cuando en algún lugar he hablado del enseñar a nadar: mal o pésimo profesor de natación será aquel que no sepa nadar. Todas estas circunstancias convergieron en el grupazo. Hablar de lo que había suscitado el ejercicio nos llevó a hablar de los nombres, de cómo el hecho de que a uno le llamen de una forma u de otra va a intervenir en su desarrollo. Y apareció como una especie de polémica que sospecho poco tiene que ver con el tema aunque se refugiaba en él. La cuestión real, la que todos podíamos entender era que si unos padres ponen un determinado nombre ese hecho iba a influir en la vida del hijo. Creo que había varias cosas que se intercalaban (como se intercalan siempre en el pensamiento y hace que sea un poco difícil el que los humanos nos entendamos bien) y entre las que pude detectar y recuerdo se encontraba, por ejemplo, si el nombre, por sí mismo, era el causante de tal condicionamiento.

Evidentemente, no. Los diccionarios de nombres que nos dicen su significado en base a la etimología del mismo, no tienen más utilidad que la anecdótica. Ahora bien, si yo busco un nombre que tenga un determinado significado siendo éste el motivo por el que acabo poniéndole a mi hijo ese nombre, entonces sí. Pero no porque el nombre posea un carácter mágico sino porque los padres buscan que su hijo lleve ese nombre que tiene ese significado. Y en este significado va parte de nuestra identidad.

Y ¿cómo adquiere fuerza ese significado? A través de las relaciones que los padres establecen con ese hijo que vienen enmarcadas por el significado que le busqué o atribuí. Por ejemplo. Nuria es un nombre de una virgen del pirineo catalán y del valle que la acoge. Pero si no estoy mal informado, Nuria también significa luz en árabe, o al menos la palabra luz suena como Nuria. Si unos padres eligen ese nombre porque así va a ser la “Luz de nuestra vida”, algunos aspectos de las relaciones que establecerán con esa hija van a estar teñidas, coloreadas por la esperanza de que sea esa “luz de su vida”. Y este significado va a estar en la constelación de elementos constitutivos de esa hija. Dicho de otra forma, parte de la identidad de esta hija va a estar coloreada por ese significado latente, silente, callado. O sea, el nombre en sí no posee atributos mágicos, sino el significado que se le atribuye al otorgar ese nombre a ese hijo. Otro aspecto que se debatía era si el hecho de que dos personas de una misma familia tengan o no el mismo nombre va a suponer que tengan elementos comunes o sean idénticos.

Evidentemente en el nombre no va toda la identidad. Pero sí algo de la misma. Acordaros cuando uno de los políticos de nuestra tierra señaló que él no era José Luis, sino Josep Lluís. Y es que el problema está ahí. Porque siendo cierto que mi identidad pasa por el nombre que tengo o por el que se me conoce, también lo es que podemos subrayar mucho lo que de mi identidad pongo en el nombre, en ese nombre. El hecho de que un miembro de la familia tenga el mismo nombre que otro no interviene necesariamente en la constitución de su personalidad, o mejor, identidad. Pero, y ahí está el problema, puede ser utilizado, consciente o inconscientemente para que sea uno de los elementos que la constituyen. Si resulta que tengo un primo que se llama como yo y ese primo, además, tiene unas características que me gustan, que me atraen y, además, el aurea con la que se le rodea cuando se habla de él, etc., etc., entonces ese hecho, el de la similitud de nombres, actúa como un elemento constitutivo de mi identidad; para asimilarme a él o para ser lo contrario a él. Es decir, no estamos hablando de una relación causal en el sentido Newtoniano del término. No. Estamos subrayando cómo determinados elementos de una familia se tornan como ejes constituidores de lo que llamamos la identidad de una persona. Y entre estos elementos está el nombre.

Apareció otro tema. Sabéis que soy un convencido de las relaciones de poder entre todos los humanos. Todos los humanos ejercemos cotas de poder sobre nuestros congéneres y es imposible que eso no sea así. Nuestras interdependencias nos lo marcan como lo marca la existencia de la gravedad para los cuerpos desde la física. Desde esta perspectiva os comentaba que si aquella compañera que estaba a mi lado se casara conmigo y tuviésemos un hijo, en la determinación del nombre aparecían estas líneas de poder que van más allá de lo que somos individualmente. Os decía que mi empeño era en llamarlo Gumersindo. Pero claro, ella se oponía totalmente por una serie de razones lógicas y razonables. Pero mis razones también lo eran: la tradición familiar me pedía llamarlo así, además, ese nombre significaba una serie de razones que me animaban a que mi hijo, mi primer hijo se llamara Gumersindo. A partir de ese momento, las líneas de poder comienzan a entrelazarse. ¿Qué va a poder más, el significado que para mí tiene ese nombre, o el rechazo que muestra mi mujer? En el caso de que ella ceda y lo acepte, ¿cómo lo acepta? ¿Le llamará Gumersindo o le pondrá un mote cariñoso para sortear, de alguna forma mi presión? Y eso ¿cómo se traduce en las relaciones que habrá entre el hijo y los padres? (Y ahí no he metido al resto de las familias que también ejercen sus fuerzas de poder) ¿Y si cedo yo? ¿A cambio de qué? O quizás opto por buscar un nombre en el diccionario que “suene bien”. Y eso, ¿cómo se inscribe en la constelación dinámica de elementos que lo constituyen?

Hay muchas más razones. Las hay de tipo político o cultural. “le llamaremos XX porque así suena igual en catalán que en castellano y no precisa traducción” “o “lo llamaré YY porque es un nombre catalán, o castellano, o…” ¿Y los que se cambian de nombre para parecer o demostrar que están más “integrados” en un lugar? ¿Y los apellidos? Hay quien se cambia de apellido, cambia el orden porque “odia a su padre”, o no quiere que se le reconozca su origen no “patriótico” (hay ejemplos de políticos en esto), o porque se “avergüenzan” de llamarse como su padre o su madre. U otros que buscan “inventarse” nombres como tratando de establecer un inicio más libre de concomitancias; como si eso fuera posible y en el nombre inventado no las hubiera. Ahora bien, todo eso es lo que aparecía desde la visión real. ¿Había más?

Creo que sí. Y ahí vuelvo al susto del inicio del curso. Susto que creo tiene que ver con el hecho de que el profesor os propone una forma de pensar las cosas totalmente fuera de lo que habitualmente se oye en la Facultad. Os propone considerar que la psicología humana no puede existir fuera del ámbito de los significados de las cosas. Que el hombre no puede no tener ni no atribuir significados a todo, absolutamente todo lo que hace, dice, calla u omite. Y esa consideración despierta muchas ansiedades persecutorias. ¿Cómo no atribuir significado al hecho de que los genogramas este año hayan comenzado mayoritariamente desde uno y retrocediendo hacia atrás? ¿Cómo no darle al hecho de ver algunos que estaban dibujados como en un extremo de la hoja no dando espacio a que se pudieran desarrollar? El hombre, por el hecho precisamente de serlo y haber abandonado la categoría meramente animal, atribuye significados a las cosas. Todo lo que hacemos, decimos, callamos, omitimos, pensamos, todo, tiene significado. Que en una mesa se distribuyan los cubiertos de una y no de otra forma, tiene significado. Que nos distribuyamos en esa mesa de una manera y no de otra, tiene significado. Y curiosamente, ese hecho que es la exaltación de la categoría humana, uno de los elementos sublimes de su desarrollo y que nos brinda a los psicólogos la gran oportunidad para comprenderlo profundamente, ese hecho nos genera un gran susto. Parece que en ocasiones quisiéramos ser como máquinas Pavlovianas. Asumir la complejidad de la vida humana nos da unas grandes posibilidades de comprensión de ese ser que en su momento tendremos delante nuestro, en nuestras consultas.

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura

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