El primer encuentro con el paciente (First session)

Mi cuaderno de Bitácora del 2009-2000
Sunyer, J.M. · 17/03/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Se trata de la segunda reflexión en torno a lo que sucede con un paciente. Tener claro que lo que dice va más allá de lo que oimos es una buena forma de empezar a trabajar.

Inicio de la relacion asistencial.

«Le voy a ser sincero, doctor: no creo en los psicólogos». Esta es la primera frase que me dijo un paciente no hace mucho tiempo. Y reconozco que ahí agradecí no ser novato ya que de lo contrario no hubiera sabido qué hacer ante tal declaración. Pero algo debí transmitir porque tal paciente volvió a la semana siguiente y así varias veces hasta hoy, y ya llevamos cuatro meses de trabajo.

Volvimos a estar hasta la bandera. Y, de nuevo, una cierta desorganización. Comprensible, ¿no? Aquí ya una primera lección. Nunca iniciar un tratamiento hasta que los aspectos del marco terapéutico estén claramente establecidos y, lo más importante, comprendidos. Es preferible posponer el inicio de un tratamiento como tal y dedicar tiempo a aclarar cualquier cosa que iniciar con carreras las intervenciones psicológicas. Sean cuales sean. Varios de Uds., rompieron el silencio y comenzaron a acompañarme desgranando ideas. Hicimos un breve, breve, paseo por los artículos y, a partir de ahí, recalamos en algunos puertos de la geografía de la atención psicológica:

1. La importancia de los aspectos afectivos

2. La dificultad de atenderlos o de incorporarlos a algunas fórmulas de abordaje terapéutico.

3. La dimensión del grupo que genera un incremento de los aspectos afectivos.

4. La intervención profesional como proceso.

5. La decisión de permanecer y el derecho a decidir.

6. El motivo de consulta.

7. Lo grupal como símbolo también de lo individual.

8. El deseo de permanencia.

9. Las fases de los tratamientos.

Estos fueron, entre otros, algunos de los enunciados que, de por sí, son motivo de mucha literatura y reflexión. Puestos monamente serían el índice de un buen tratado de la intervención psicológica. Les felicito. Pero sin quitar ni un sólo gramo de la felicitación, debo recordar que todo psicólogo debe estar atento a otras cosas también. Cuando Manuel, tras decirme que no cree en los psicólogos, comienza a desgranar su “historia”, yo me encontré ante un doble aspecto de la realidad. Por un lado, me encontraba ante un personaje que no creía en los psicólogos pero que estaba ahí, narrándome toda una serie de cosas que poseían un punto de fascinación. Un punto con el que el capote torero poco tenía que competir. Yo estaba muy atento a lo que me contaba. Atento para entender lo que me decía (filo de sus cuernos, la forma de mirar, el cómo resopla el morlaco). Pero atento también para poder ir entrando, en la medida en que me lo permitiese, en ese mundo interno que, cual mujer fatal, insinuaba tras sus palabras, sus velos. Pinceladas del mundo interno que se hacían evidentes tras cada idea, cada suceso, cada silencio o cada momento de contención de angustia. Algo así a lo que, metafóricamente, podría estar sucediendo aquí. Yo muy bien podría estar simbolizado por ese Manuel. Voy desgranando aspectos de mi experiencia profesional e intelectual y Uds., atentos, tratan de entenderme. Tratan de saber qué hay tras mis movimientos, mis quiebros, mi forma de moverme, de hablar… Y yo trato de mostrar, oculto tras mis palabras, mis gestos y mis silencios.

Claro que podría hacer otra cosa. Podría, como he hecho en alguna otra ocasión, explicar lo que dicen otros. Opinar sobre lo que escriben, o hacer cuadros sinópticos de los hitos más importantes de su pensamiento. E incluso optar sobre sus opiniones. Algo así como explicarles los diversos tipos de capotes, su composición, sus características. Las diversas opiniones en relación con los capotes. Pero he optado por esta forma de trabajar más cercana a la experiencia vital y profesional. Lo que sucede es que cuando voy transitando por la cadena asociativa que se organiza más o menos libremente en mi cabeza, pierdo un poco el control de lo que digo. No consigo que mi pensamiento salga tal cual yo creía tenerlo. Se modifica. Algo sucede que no sale como me gustaría a mí. Y lo mismo seguramente les sucede a Uds. Y a los pacientes. Cierto que hay pacientes que vienen con una lista de ideas, de sucesos que relatan “fielmente” (¿existe relato fiel?). Pero por lo general el paciente narra lo que puede, lo que en aquel momento va pudiendo verbalizar. Y nosotros entendemos aquello que podemos entender. Aquí se abre un abismo. Y dejo este aspecto para tocar el “otro lado” de mi relato.

Por otro debo, al tiempo que me dejo arrastrar por la corriente asociativa (la suya, la mía) de Manuel, debo tratar de pensar. Y no es fácil pensar en estas circunstancias. (Tampoco lo es en la situación en la que nos encontramos). Y no es fácil pensar porque el paciente me arrastra por el camino de sus asociaciones que generan en mí otras cadenas asociativas. Y en esta situación debo pensar en dos cosas: Una: ¿qué me está tratando de decir mientras me dice lo que me dice? Dos: ¿dónde está la bomba de relojería, el estoque que, cual osado torero me va a clavar? Señalar que todo ello es, por parte del otro, absolutamente inconsciente e involuntario. A no ser que estemos ante una perversión. Aquí puede suceder lo mismo. Y en las intervenciones psicológicas también. Y no es voluntario. Es automático, involuntario e inconsciente.

El paciente, todo paciente, todo grupo, toda institución, cuando en el inicio de la relación asistencial comienza a explicarnos lo que le pasa, aun deseando ser absolutamente sinceros, no dicen todo lo que pasa. Y no lo dicen, no lo decimos, porque es imposible. Es como la parte visible del iceberg. Se cuenta lo que se puede y se sabe contar. Es muy diferente en medicina. Allí, un paciente cuenta las cosas que le pasan, lo que le duele. Y lo puede contar porque hay un aspecto de la experiencia dolorosa que puede objetivarse: Me duele aquí. El dolor aparece cuando me levanto de la silla. No, no es un dolor fuerte, es sordo, como si fuese un mar de fondo. Pero en Psicología no funciona así. Cuando una persona sufre, cuando alguien va en busca de un profesional que le ayude a superar una situación estresante, dice sólo aquello que puede decir, que puede objetivarlo de alguna forma.

«Voy a serle muy sincero, doctor. Yo no creo en los psicólogos. Nunca he creído. Pero, ya me dijo un buen amigo mío, el Dr. XX X., que lo mejor que podía hacer es ponerme en manos de Ud. Y, bueno, le he creído. Porque la verdad es que estoy fatal. Y para que se haga sólo una ligera idea, en los últimos dos años se me han muerto 11 personas de mi alrededor” Fíjense la cantidad de información que hay en estas pocas líneas. Cada una de ellas es un pozo, una mina. “Voy a serle sincero”. Más allá de la frase que, dicha en el idioma castellano, se entiende a la maravilla, ¿qué quiere decir? ¿Qué va a ser sincero? ¿Qué no sabe si va a serlo? ¿No lo era en otras ocasiones? Por otro lado si “ser sincero” es sinónimo de me voy a abrir totalmente a Ud., estamos ante un suicida. ¿Cómo nadie va a abrirse ante alguien que no conoce y que no sabe qué va a hacer con ello? Y podríamos seguir. Y esto si nos fijamos sólo en la comunicación verbal. Con ello quiero decir que la comunicación es muy compleja. Que hay elementos de la fascinación que pueden facilitar en la cabeza del que lo escucha, los elementos destructivos suficientes como para destrozar una relación. Por esta razón: aviso para navegantes. ¿Seremos capaces de resistir los cantos de sirena que emana de mi propuesta, de su reacción y ponernos a trabajar en el tema? Por mi parte lo intentaré. Creo que aquellos de Uds., que permanezcan, también.

Un saludo.

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura

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