La censura y la paranoia

De cómo nos perseguimos con las interpretaciones.
Sunyer, J.M. · 10/03/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
La paranoia se suele disparar con facilidad ya que con frecuencia no nos fiamos totalmente del otro. Y esa falta de fiabilidad derivada de experiencias infantiles del mismo porte, acaban constituyendo una buena fuente de elementos paranoicos. Y en la clase, la valoración y la censura forman una pareja de baile perfecta para la música de la paranoia.

¿Nos censuran? Vuelve la paranoia.

En estos momentos, tras las vacaciones que deseo hayan sido del mayor agrado para todos Uds., me propongo reiniciar los escritos dejados de la mano de Dios al llegar las vacaciones navideñas. La verdad es que llegué cansado a ellas y este tiempo de descanso me ha venido bastante bien; como me imagino que les ha sucedido a Uds. También tuve tiempo de leerme todos los trabajos que forman parte de la evaluación de la asignatura, y de leerme también las anotaciones que realizan cada día en clase así como los cuadernos de Bitácora. Trabajo, pues no me ha faltado, pero creo haber sabido combinar todas esas cosas.

El resultado de los trabajos no ha sido malo. Hay, como era de esperar algunos suspensos derivados, me imagino, no sólo de un mayor rigor en la evaluación por mi parte y, posiblemente, un cierto relajo por parte de algunos autores; y en algún caso una cierta osadía. De todas formas, la impresión general es satisfactoria. La mayoría ha elaborado una serie de ideas en torno a aspectos de la Orientación; y muchos, incluso, con la incorporación de aspectos que han surgido de la experiencia lectiva. Bravo. Es algo que esperaba y que viene a confirmar que cuando alguien se lo propone puede aprender de la propia experiencia.

Como satisfactoria ha sido la lectura de los escritos que cada día realizan en grupo. En ellos hacen referencia a lo que estuvimos hablando el día pasado: la aparición de elementos paranoiagénicos en las organizaciones. Y la nuestra, como tal, también los organiza. Sobre ello hablamos el día pasado. Sobre los aspectos que en la dinámica de la asignatura parecen activar vivencias que desde una óptica clínica se definen como paranoides y que tienen un aspecto absolutamente normal: todo el mundo, por ejemplo, manifiesta un cierto temor ante cómo el profesor tomará lo que uno dice o escribe; o cómo evaluará y en qué medida evaluará opiniones.

Estamos en una asignatura que trata de caminar por derroteros similares a los que se dan en un proceso de Orientación Psicológica. En este proceso hemos visto diversas situaciones que configuran el proceso de orientación. Y entre ellas aparece la actual. ¿Cómo entiende y cómo evalúa el Orientador lo que le digo? Dicho así, ¿verdad que les sorprende? Porque el Orientador no evalúa. ¿Recuerdan el trabajo de Rogers? “Si soy capaz de crear las condiciones…” En cualquier situación y en concreto la de Orientación es dable la aparición de elementos suspicaces e incluso persecutorios. Una organización ante la figura del orientador también se “defiende” de lo que dicho profesional pueda ver, oír o pensar respecto a sus actividades. Y de la misma forma que sucede en una Organización, también lo encontraremos en un paciente o en una familia. Y en unos alumnos.

Ahora bien, ¿Por qué imaginamos que el “otro” nos está evaluando? ¿Qué depositamos en ese otro que tiene características evaluadoras, juzgadoras? Porque creo que en todo momento de nuestra experiencia se ha tratado de aceptar las opiniones siempre y cuando sean respetuosas con las de los demás. Creo que en todo momento se ha dado una dinámica en el grupo en el que la tolerancia ha estado muy presente, incluso en aquellas situaciones en las que se ha rozado el propio límite del respeto a un compañero o al mismo conductor de la experiencia. Si esto ha sido así, ¿de dónde surge ese elemento? Me imagino que desde otros paradigmas nos podrían explicar el fenómeno de muchas maneras. Podríamos pensar, por ejemplo, que es una idea, un constructo erróneo ya que si preguntásemos a las personas nadie creo, nos diría que está en el grupo para juzgar lo que un compañero ha dicho. Al menos, por lo que me corresponde, la idea de juzgar no aparece; lo que no quiere decir que no tenga mis opiniones y que piense cosas en torno a lo que oigo. Pero, ¿pensar cosas sobre lo que oigo es necesariamente juzgar? Dicho de otra forma, ante lo que oigo pienso cosas pero no está en mi ánimo otra cosa que tratar de entender por qué tal persona dice esto aquello.

Entender, creo, no es juzgar. Si me coloco en el paradigma desde el que trabajo cada día y desde el que trato de entender muchas de las cosas de la vida, sólo se me ocurre pensar que “creo que el otro tiene un pensamiento censurador sobre lo que digo”. Es decir, “el pensamiento censurador de lo que digo lo coloco en la cabeza del que me escucha”. Cierto que en ocasiones puede coincidir que, además, quien me escucha, me censure. Pero si me ciño a la prueba de la realidad (la única que es válida para poder entender mis pensamientos), sólo podré saber esto cuando oiga claramente la censura, en cuyo caso, podré tratar de explicarme o ver en qué punto el otro no me entiende o no está de acuerdo. Pero hasta que este extremo llegue, el resto no dejan de ser conjeturas. Y estas conjeturas parecen indicar que he ubicado en la mente de quien me escucha, esa idea censuradora.

Ahora bien, ¿dónde nace la idea de ser censurado? En mi mente. Por lo que si temo esta idea, lo mejor que puedo hacer es ubicarla en la mente de quien me escucha. Este proceso, que tiene un nivel de funcionamiento absolutamente normal ¿recuerdan lo de la sana paranoia anticipadora? puede tener efectos paralizantes en cuanto es muy potente o se hace muy presente. El temor a ser censurado por quien me escucha está correlacionado con el que tengo ante mi propia censura que, en ocasiones y en determinadas circunstancias, se torna muy amenazante. Y en ocasiones, las ideas de los demás son vividas como elementos que censuran nuestros propios pensamientos. Y así tenemos servida en bandeja la base de muchas de las dificultades que en un contexto asistencial, organizativo, político o social se dan y que dificultan el que los humanos nos entendamos. Espero que no lleguemos a este extremo.

Atentamente.,

Dr. Sunyer.

7 de enero del 2002

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

No Comments

Post A Comment