Confusión y paranoia

De cómo impacta un paciente en la facultad
Sunyer, J.M. · 08/03/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Fue un paciente que acude de forma improvisada a la consulta de los alumnos en la Facultad de Psicología. Su estado era bastante complejo pero el de los alumnos también. Así que se generó una compleja situación entre uno y otros.

La llegada de J.S.

¡Menudo susto! Menudo susto les di. Lo siento. No era mi intención. La verdad es que, como en muchas ocasiones en la vida profesional, uno se encuentra ante situaciones de urgencia. Hoy teníamos una. Un paciente, el Sr. J. S. había solicitado una visita urgente. Se encontraba mal. Le pasaban muchas cosas. La habían citado en el lugar en el que nos encontrábamos y a nosotros, apenas unos minutos antes, nos comunicaron que teníamos la entrevista. Casi no tuvimos tiempo de prepararnos. Ahí estaba de pronto, sudoroso, despistado, sin saber a qué atenerse. Sin que nadie le dijese nada…

A J. S. Le pasaban muchas cosas. Pero ahí, de pronto, era un mar de ansiedad. Soplaba y resoplaba. Se encontraba en un lugar ante muchas personas. Todos profesionales de la salud. Le acompañaba una persona, representante (¿?) del grupo. Pero… ¿qué estaba sucediendo? ¿Nadie le decía quienes eran tanta gente, ni en dónde se tenía que sentar? Había muchas sillas, ¿Cuál escogía? Demás, ¿por qué la persona que le había venido a buscar no le acompañaba? ¿Qué había pasado qué estaba pasando? Estaba confuso. No sabía ni qué tenía que decir ni nada. Había ido porque le habían convocado ahí. El Dr. S. le había dicho que fuese. ¡Pero no estaba ese doctor!

Alguien rompió un poco la extraña situación y le invitó a sentarse. Había tantas sillas, que no sabía en cual sentarse. Tenía calor. Sudaba como un condenado. Tanta gente mirándole. Alguien le pregunta que en qué le pueden ayudar. ¡A él! ¡Cómo iba a saberlo si, de entrada, no sentía que nadie le ayudaba! Por esto estaba molesto, enfadado. Su voz… ¡buf! Además, veía tantas cosas…Había gente que hablaba entre sí y esto le generaba mucha angustia. ¿Qué estarían diciendo? ¿Serian cosas respecto a él? Lo que veía no podía entenderlo y en ocasiones, cuando veía a alguien que reía ¡se sentía de mal! ¿Por qué se ríe? Y aquel, moviendo las piernas… ¿qué estaba haciendo? ¡No soy maricón! ¿Por qué me dice que soy maricón? Además, y para colmo de males, cuando pido ir al cuarto de baño… me envían a uno de … ¡mujeres! ¿Pero qué se han creído? ¡Y nadie le preguntó si había ido al cuarto de baño! ¡Qué iba a hacer él. Sintiéndose tan mal y con la vejiga llena!

Tuvo que esperar un poco. Luego, volvió a insistir… y alguien le acompañó, eso sí, al lavabo. ¡Menos mal! Y ¿qué me preguntan? ¿Por qué están asustados? O ¿por qué se callan? Si me quieren ayudar por qué no me echan un cable. Si ven que estoy sufriendo, ¿por qué nadie parece atreverse a ayudarme? Y encima, alguien pretende entrar en debate conmigo. ¡Pero si no vengo a debatir! ¡Bastante tengo con mis cosas como para encima, tener que defenderme de si me quiero o no dejarme ayudar! ¡No me mancho a posta! ¡Qué sé yo lo que pudo pasar! Me limité a lavarme la cara, a evacuar lo que tenía que evacuar (perdón) y… ¡sí, de acuerdo, estaba manchado! Pero no sé cómo lo hice. Sé que nadie me lo hizo, pero ahí estaba la mancha… ¿o es que no se mancha nadie?

Además, ¡tanto desorden y tanta porquería! ¿No se dan cuenta de que hay mucha porquería aquí? ¡Con lo que me asusta! Y el problema de la mirada… buf! Ya lo siento, pero es que hay algo que me obliga a mirar y ¡no lo puedo permitir! Lo siento, no quería herir a nadie, pero es que no puedo mirar hacia la izquierda. Aunque me obligan. O me obligo, No sé,. ¡No lo entiendo!. Ah, y el dibujo. No sé por qué tenía que dibujar aquello. Bueno, la verdad es que me tranquilicé un poco. Si, al menos tenía algo que hacer y los pensamientos se mi iban. Es lo que suelo hacer cada día. Dibujo y dibujo… al menos no tengo que pensar en todo lo que me preocupa. Tengo tantas preocupaciones… y ¡cómo salgo de esta!

Años de tratamiento, años de psicólogos, ¡nadie me ayuda! En casa ya tengo bastante con dos lavadoras a diario y quiero poner otras dos. Pero no ¿entienden que las necesito? A mí que me importa quién las paga, que me las pongan y !basta! ¿Cómo no entienden que veo mucha porquería, bacterias, bacilos… que vacilan… todo es un lío. Es como esa palabra… “influenciar”. ¿Qué quiere decir? ¿Qué fluencian a dentro? Y aquello de los hermanos, cabrones. Nadie me pregunta por ellos. Cómo les voy a explicar lo que me han hecho, que me han expulsado de casa, que se quieren quedar con la herencia de mi padre! ¡Ah! Por cierto, ¿y qué es eso de si mi padre vivía con su madre? ¡Pero si mi abuela ya murió! ¿O ha muerto? Espero que nadie me esté engañando.

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Podríamos seguir. La verdad es que era una situación compleja. Sé que les ha descolocado. No importa. Siempre descolocan las primeras entrevistas. Pero no pasa nada. Es normal. Tenemos que aprender a descolocarnos para recolocarnos de nuevo. Conviene salir de “estructuras aprendidas” para descubrir las nuestras. Las de cada uno. Estuvo bien, muy bien. Hicieron lo que pudieron y lo que les dejé hacer. En algunas ocasiones se olvidaron del tiempo, del espacio… normal. Creo que ello da mucho qué pensar. Por ejemplo, ¿podríamos pensar en “su actuación” como si de una persona se tratase? Es una idea que me parece que cuesta introducir: el grupo como símil de la mente de un ser humano cualquiera. Si fuese así, ¿con qué nos encontramos? De entrada, con la confusión. Es decir, con un estado anímico en el que la mayoría de las cosas que se nos presentan a nuestro sistema perceptivo aparecen como en un caos, un conglomerado en el que es difícil de distinguir cada una de sus partes. El impacto del objeto que se nos presenta ante nosotros es tal que ninguna de los preparativos que uno tiene a mano nos son útiles.

Lo que sucede es que en esta confusión, cuando estamos confundidos, uno de los aspectos que aparecen son los agresivos. Y emerge la agresividad al tiempo que tratamos de controlarla e incluso eliminarla. Porque, de entrada, atribuimos al paciente que nos llegó la causa de nuestra confusión. Es decir, esa persona activa en nosotros un estado tal que nos conduce a que “toda la estabilidad a la que habíamos llegado”, se viene abajo. Se derrumba. Y, como el que nos la ha derrumbado es esta persona, él es el responsable y, a partir de este momento, podemos agredirle. Además, como nos damos cuenta que nos hemos venido abajo, nos sentimos mal por ello, con lo que la agresión, además de dirigirla hacia el otro, también la dirigimos hacia nosotros mismos. ¡Menudo follón! Y así, la entrevista oscilaba entre momentos de tensión derivados de la cuestión agresiva (hetero y auto) y momentos de relajo, en los que se trataba de establecer un proyecto creativo.

De ahí, por ejemplo, la brillante idea que tuvieron de hacerle dibujar. Al dibujar, desplazábamos el foco de atención hacia la pizarra, y el paciente se tranquilizaba. No tengo en la cabeza las frases que iban apareciendo. Bastante tenía con estar pendiente de mi propio papel, pero si las siguiésemos podríamos ver cómo va la cadena asociativa de la mente grupal. Cómo este supuesto personaje, al que podemos llamar “Grupo clase”, iba tratando de encontrar el camino para conectar con el paciente, para empatizar con él. Incluso, su cercanía al paciente, les llevó a conducirlo a un cuarto de baño equivocado, con lo que podríamos pensar en la conexión mental que habían establecido: su lapsus conectaba directamente con una de las preocupaciones centrales del paciente. ¡Bingo! En el establecimiento de este vínculo centrado en el tiempo que teníamos todos aparecían pensamientos (verbalizados por algunos de Uds.) en los que se percibía claramente el enfado que les producía tal personaje.

Evidentemente, no era un deseo consciente desde nuestro J. S., sino era algo que destilaba, algo que activaba una serie de resortes en Uds., y que les llevaba a “actuar” lo que él provocaba. Por otro lado, el silencio en el que muchos se vieron atrapados… ¿qué puede representar? Algo de lo que el paciente activa se ubicaría en esta zona que permanece callada, seguramente, a la espera de poder participar desde otro ángulo. Podríamos pensar que es esta parte de nosotros mismos que percibe, mira, lo que estamos haciendo. Que nos mira con la sorpresa de ver el galimatías en el que en ocasiones nos encontramos. Y que, posiblemente en alguna ocasión, censura o se asusta de algunas ideas y acciones que nosotros mismos realizamos. Casi sin poder comprender cómo, tras tanta preparación, uno incurre en actitudes y reacciones aparentemente incomprensibles. Sólo que, si podemos entender que forma parte de las lógicas dificultades que cualquier tarea nos plantea, si podemos entender esto, posiblemente podamos acceder a la palabra y aportar otras salidas complementarias ante cualquier situación.

Un saludo Sr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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