El significado del nombre

De cómo transmitimos deseos, expectativas, etc., a través del nombre.
Sunyer, J.M. · 08/01/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Hoy aparecieron los juegos con el genograma de cada cual. Y ello nos llevó a hablar un poco de los nombres, de los significados. Por esto nos encontramos en un 20 de octubre pensando sobre cómo los padres transmitimos cosas a nuestros hijos. Y de ahí pasamos a las escenificaciones. Un bonito ejercicio.

Genogramas.

Genogramas. Esta es una palabreja que dice mucho. ¿De dónde venimos? ¿Cuál es el grupo humano que nos precedió? ¿Qué relaciones existen y existían entre ellos? ¿Qué elementos de la historia de este grupo humano han ido apareciendo y cómo han influido en mí? ¿Cuál de los dos grupos humanos, el de mi madre, el de mi padre, es el que más influencia tiene en mi modo de ser? ¿De dónde viene mi nombre? ¿Quién lo puso y por qué este y no otro? Y como éstas podríamos hacernos otras muchas preguntas.

Evidentemente no es cuestión de cotilleos. No pretendemos hacerle la competencia a ninguna red televisiva ni nada por el estilo. Sólo utilizamos los recursos que somos capaces de crear para conocer cosas de quienes están ahí, delante de nosotros. Podemos utilizarlo como un punto a partir del que ponernos a pensar sobre la historia del otro. Seguro que hay otros muchos sistemas. Pensar en la propia historia y en la de quien tenemos delante. Tratar de descubrir cuál es la configuración de elementos que lo constituyen, qué elementos son esos y de dónde vienen.

¿De dónde viene nuestro nombre? ¿Qué elementos significativos quedan tras él? Porque cuando unos padres piensan en el nombre del hijo (suele ser bastante antes de nacer, incluso antes de ser físicamente concebido), en ese nombre van muchas cosas. Van acuerdos tácitos entre ellos, y entre las familias a quienes representan. También van significados particulares que se articulan o con el sonido del nombre, con su significado cultural y, sobre todo, por su significado personal. Y de la misma manera que cuando uno monta una empresa busca un nombre que la represente y que ese nombre tenga unas determinadas características que vayan acordes con las de la empresa, en el caso de los hijos mucho más. Llamarle a alguien por el nombre que proviene de personas queridas, significativas para mí, es una manera de perpetuar en el hijo algo de estas personas. De la misma manera que si el nombre que elijo lo extraigo del diccionario para que no se asemeje a nada conocido, o sea de fácil traducción, o de no traducción y suene igual en un idioma que en otro. Y todo esto funciona para bien y para mal. Dependerá de cómo estos significados se articulan con él y cómo él se articula con ellos.

Y es que el significado no proviene tanto de su etimología ni de sus raíces históricas, sino del que le damos, le atribuimos. Uno puede llamar a su hijo por un nombre porque le recuerda el de un atleta, por ejemplo. ¿Qué habrá tras de ese significado? Evidentemente una infinidad de cosas. Por ejemplo, puede haber el de “ganador” o el de “famoso” o el del “cuerpo atlético” o el del “hombre ganador” o… habría que ver en cada caso. Pero está claro que si le pongo a mi hijo ese nombre es porque encierra una serie de significados que deseo pueda poseerlos. O pueden ser nombres familiares, vinculándolo a la familia de una manera u otra. Y de cómo lo pronuncie cuando se refiera a él. Y estos significados no se transmiten tanto de forma explícita, sino implícita. Puedo llamarle campeón, por ejemplo. Y un día casualmente le muestro el que fuera mi “campeón”. Y el chaval capta esas cosas. Y puede ponerse a favor (me gusta gustar a mi padre) o en el punto opuesto. Y ello dependerá de los lazos, de los afectos, de los significados que puede tener mi padre para mí.

Y del nombre pasamos a la representación escénica. La representación escénica de la clase. Fue una magnífica escultura la que organizó un miembro del grupo. ¿Y qué vimos en ella? La soledad, la firmeza del trabajo, la pasividad, la discusión, el estar… un montón de características que, si nos damos cuenta como psicólogos, guardan gran cantidad de significados provenientes de la dinámica de la clase. Y para ello podemos utilizar a los compañeros o a objetos que tengamos a mano. Todo está al servicio del poder pensar y compartir pensamientos.

Bueno, con estos mimbres os dejo.

Un saludo,

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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