Una entrevista psicológica

De cómo llega un paciente a la Facultad.
Sunyer, J.M. · 07/01/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Un dia 4 de noviembre acude ese paciente esperado por todos. Pero lo que sorprende ¿verdad?, es que no se parece en nada a lo que hasta ahora os han ido explicando en otros espacios lectivos. Este es real, de carne y hueso, dice y hace lo que dice que hace. Y genera un torbellino de sentimientos con los que no sabemos qué hacer.

La negación como mecanismo de defensa.

Estuvimos concentrados en Ramón. En pequeños grupos fuimos descifrando algunas de sus características y luego nos pusimos en un círculo para compartir lo descifrado. Por alguna razón fui colocando algunas sillas en el centro con algunos objetos. Era la forma de visualizar algo de lo que íbamos diciendo. Y ahí quedaron las sillas, simbolizando un montón de cosas. En el centro del aula, en el centro del círculo. A su alrededor, todos nosotros. Unos apuntando cosas y aportando lo que iban pudiendo descubrir. Otros en silencio. Silencios participativos, silencios ausentes. Pero estábamos todos. Y ¿qué pudimos ver?

Ramón, como cualquier paciente que acude a nuestra consulta, es una persona compleja. Con sus 55 tacos encima, se nos presentó de forma inesperada sin mostrar el más mínimo rasgo de preocupación, como Pedro por su casa. Sonreía a unos y a otros. Hablaba hasta por los codos y satisfizo todas las preguntas que le hicimos; aunque en realidad lo que hacía era otra cosa: lidiar con nosotros, tratar de evitar a toda costa que una cornada le hiriera. ¿De qué tiene miedo?

Todos sus gestos hablaban de alguien que como Roberto Benigni, representando a Guido Orefice en “La vida es bella”, trataba de sortear posibles situaciones embarazosas. Porque Ramón parece que vive en un campo de concentración, sin saber muy bien qué es lo que le ha concentrado. Y como la ansiedad que tiene es muy elevada, trata de evitar a toda costa que nadie ni él mismo se den cuenta de lo que le pasa. Ramón, como muchos otros Ramones, trata de escapar de una realidad incandescente: la que le indica que en la vida hay sufrimiento. Como el personaje de la película, trata de proteger a su hijo Josué de una realidad difícilmente inaguantable. Es decir, Ramón protege una identidad que, representada en la película a través del hijo, percibe permanentemente en peligro. ¿Pero cuál es el peligro? Los afectos.

Ramón tiene miedo de los afectos, de sus afectos. A Ramón se le murió el padre, y esta separación le ha resultado tan insoportable que la forma que tiene de describir el hecho es a través de la banalización, de descafeinar el hecho para que no le afecte. Esto es una forma de proteger la ansiedad que siente ante las cosas. Como olvidarse del nombre de las hijas, o de lo que estudian y la edad que tienen. O incluso el no valorar la importancia que supone que le hayan acabado de robar en su negocio. Todo lo que huele a ansiedad es apartado bruscamente de la conciencia. Y sólo puede hablar de la ansiedad cuando ésta se refiere a la economía. La economía entendida como algo que le pertenece, que ha conseguido él, que desea conservar para que no se pierda por el retrete. Como buen carácter anal, teme que aquellos productos que ha elaborado y sacado con más o menos esfuerzo sean utilizados para algo más que para conservarse. Por esto no cambia el televisor en blanco y negro que le regalaron sus padres años ha. Ni cambia de coche. Y se enfada porque su mujer, bastante más cuerda que él, compre una televisión de plasma ya que ese hecho no deja de ser una denuncia de lo que no hace. O de lo que no puede hacer. Porque Ramón teme a la vida.

Por esta razón no puede imaginarse a sí mismo como alguien que desea, alguien que puede expresar un deseo, una ilusión. Si viene a la consulta no es porque él lo quiera, sino porque ella quiere. Si viene a la clase a la entrevista es por hacerme un favor. No porque lo necesita. O porque le gusta. Siempre el motor de sus actividades debe estar fuera de su alcance. Es, como bien dijisteis, una persona enormemente sola. Sola porque para salir del aislamiento debe soportar la ansiedad que ello supone. Sola porque relacionarse significa enterarse de lo que les pasa a los suyos, de si van bien o no en los estudios, de si necesitan o no tal cosa. Pero Ramón, no. Ramón sólo vive para él. En términos coloquiales diríamos que es muy egoísta. Cierto. Desde la psicología diríamos que tiene tanto miedo que precisa protegerse de los afectos que provienen de los demás. Aún sabiendo que los necesita.

Esta fue parte de nuestra sesión de hoy. Quedaron muchas preguntas. Y una muy importante: qué paralelismo debe haber entre la relación que mantiene Ramón en casa y la que mantuvo con nosotros el otro día. Y otra más osada aún, qué de Ramón hay en nosotros.

Un saludo

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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