Diagnósticos y preocupaciones

De cómo la preocupación por diagnosticar no nos deja ver las personas.
Sunyer, J.M. · 07/01/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Ya estamos en un 17 de noviembre y pensé en cómo jugar con los diagnósticos. AHí va el resultado y la reflexión en torno a una experiencia que fue gratificante. Pero al tiempo preocupante porque uno constata que ya no tiene vuestra edad ni vuestras experiencias…

Los diagnósticos psicológico-psiquiátricos.

Se os veía trabajar un montón. La propuesta os resultó compleja pero poco a poco fuisteis entrando en materia, y cada grupo discutía apasionadamente aspectos vinculados con lo que se tenía que hacer. Y luego vino la puesta en escena. Ahí ya se presentaron algunos problemas: ¿quién sale? Otra vez la misma situación, otra vez el miedo escénico. O como le llaméis. Pero al fin la actividad se realizó. ¿Qué vimos? De entrada algo muy lógico: mi desfase cultural. Está claro que vuestros cuentos no han sido mis cuentos. Posiblemente las horas de abuelos y tías, las horas de muchachas y otras personas explicándome cuentos no tienen parangón con las posibles horas de televisor que habéis tenido en vuestra infancia. Y eso, ya lo siento, juega a favor mío: me ha aportado grandes elementos de carga simbólica vinculada con nuestra cultura cosa que posiblemente no sea tan así en vuestro caso. La cultura de otros países penetrando lentamente en vuestra forma de ver la vida. Pero esto es así. Y parece que el mundo va por este camino…

El acento lo poníamos indistintamente en quien hacía de paciente y en quien entrevistaba. Es decir, oscilaba de uno a otro aunque el centro de atención estaba realmente en el entrevistador. Y éste se sentía como presionado para localizar qué diagnóstico debía atribuir a lo que presentaba el paciente. Y ahí ya tenemos un problema.

Uno de vosotros señaló que había como prisa para localizar el diagnóstico para que así pudiésemos aplicar la técnica adecuada. La verdad es que a diferencia de mis horas de abuelos contándome cuentos, la realidad parece que os presiona para ser operativos. Pero sin quitarle un ápice a la validez de serlo sí aprecio otra cosa. Mirad, ansiedad, ansiedad la sentimos todos. La ansiedad es una respuesta normal y necesaria ante cualquier cambio, cualquier situación novedosa. O incluso habitual pero que no por ello deja de ser novedosa cada vez que se presenta. La ansiedad la siente el bebé, pero también el feto, y antes aún, cuando las primeras células van reproduciéndose en ese desarrollo vertiginoso de la vida humana. Cierto que no podríamos llamar ansiedad a esa presión que también sienten estas células en su propio proceso reproductor, pero a medida que van evolucionando y especializándose, la ansiedad va comenzando a hacerse presente: el fantasma de la muerte siempre está presente. Una célula quiere vivir, siempre quiere vivir, y lucha por no morir. Esta dualidad de elementos son los que constituyen la base de la ansiedad. Y ese sentimiento va modificándose a medida que nos vamos desarrollando. La ansiedad, pues, siempre está presente.

Y como lo está, el organismo se defiende como puede para poder seguir creciendo, para no paralizarse. Y cuando hablamos de la ansiedad os señalé que tres eran los tipos básicos: la confusional, la paranoide y la depresiva. La primera es propia de aquellas situaciones en las que el caos es tan elevado que no podemos casi ni saber qué nos está pasando. Sabemos que nos pasan cosas, pero no sabemos qué. Es una situación terrible puesto que el organismo no puede identificar ni lo que le pasa ni la fuente que lo origina. Imaginaros un terremoto o una situación de catástrofe. Durante los primeros minutos o incluso horas, el caos es tal que cada individuo sólo puede mirar casi por su propia supervivencia. Cuanto más confuso más busca su propia supervivencia. Y cuando uno puede comenzar a salir de este caos, entonces la ansiedad puede tomar otra forma.

Ante una entrevista el caos es total. Cuanto más compleja sea la situación, más caos en nuestro ser. Porque no sabemos por dónde salir. La ansiedad es tan elevada que lo que queremos es acabar cuanto antes. El pánico domina nuestra mente. Desearíamos por unos momentos no estar ahí. ¿Quién me ha mandado estar en esta situación? Y como la ansiedad es tan elevada, la tendencia es buscar una salida. Huir. Marcharse. Acabar con la situación lo antes posible. Y esto es algo que pasaba hoy. El entrevistador (que no el entrevistado) quería salir cuanto antes de la situación. Y por esto buscaba el equivalente al DSMIV: ¿qué cuento era? Pocos os atrevisteis a disfrutar de la entrevista. A pasearos por lo que le pasaba al otro. A establecer una conexión, una complicidad.

Alguien me preguntó, ¿porqué tanto empeño en aprender el DSM IV? Mirad, no voy a deciros que no hay que aprenderlo. Es una forma de aprender el lenguaje que se utiliza en la clínica. Y no hay más tus tus. Hay que aprender ese idioma porque lo determina el sistema. Algo parecido pasa a nivel político y cultural. Hay que aprender el idioma. El problema es cuando esto se convierte en la razón de nuestra existencia. Cuando esto sirve para eludir el contacto con el otro. Porque ese contacto exige otro idioma. El idioma de nuestros sentimientos, de nuestras preocupaciones, de nuestros deseos y frustraciones, de nuestra propia ansiedad. Y ese es otro lenguaje más complejo. ¿Qué es más fácil pensar en un “TOC” o pensar en que estamos con Francisco, Ramón o Laura? Cuando Arguiñe o Mireia se convierten en un 295.6, entonces pierden su identidad. Se la robamos. Esa persona pasa a ser la paciente de la 15 en vez de ser Dorotea, o Cesca, o Nieves. Pero, y eso me parece más grave, con eso nosotros dejamos de ser lo que somos para convertirnos en otra cosa.

Señalé la dificultad en tolerar la incertidumbre. Esa es una asignatura compleja, difícil de aprobar. Pero que cuando aprendemos a navegar por esas aguas, cuando aprendemos a tolerar que nuestras limitaciones son las que son, que nada tenemos seguro más allá de que un día y en un segundo todo se acaba, cuando aceptamos este punto, podemos comenzar a ser buenos profesionales y, por ende, buenas personas.

Un saludo

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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