Agresión, culpa y disculpa

De cómo ayudan las disculpas
Sunyer, J.M. · 06/01/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Tras un día 2 de diciembre alguien pide disculpas por un hecho sucedido en el grupo grande. Tomo este hecho no sólo para agradecer y dignificar a quien las pide sino para poder reflexionar acerca de las acciones que de forma involuntaria o no, pueden dañar a los demás.

Pedir disculpas.

Primera parte.

Ha sucedido algo muy agradable y merece ser resaltado. Cuando veo que alguien mete la pata y es capaz de excusarse de forma pública es obligación mía felicitarle. Y eso estoy haciendo a través de este escrito. Y creo que nos deberíamos alegrar todos y reflexionar en torno a eso. Y aprender un poco más de este oficio.

Un grupo no es una agrupación de personas, no es una agregación de individuos. Es un tejido formado por un número incontable de lazos, de vínculos, de interdependencias que se establecen entre todas las personas que lo constituyen. Y para esto no se precisa hacer un convenio, sino que es algo que surge a partir de las relaciones que emergen cuando una serie de personas se juntan en torno a un determinado objetivo. Ese grupo puede ser de dos o más personas. Cuando un grupo es de dos lo llamamos pareja. De tres, trío, de cuatro… y así hasta constituir grupos grandes (más de treinta) o ya grupos sociales. Hay grupos que tienen finalidades estructurales en la sociedad como son los grupos familiares y otros cuya función se articula en torno a proyectos económicos, políticos, religiosos… en fin, una gran variedad de grupos. Y lo fundamental, lo que constituye la argamasa con que los miembros se entrelazan es el hecho de pivotar en torno a una idea, un objetivo, una razón que es la que los reúne.

La clase pues, es un grupo. Un grupo grande, claro. Somos un número importante de personas que nos hemos agrupado en torno a un objetivo: la asignatura. Cierto que las razones por las que unos y otros estamos agrupados no son necesariamente convergentes. Unos están por sumar créditos que les acerque al objetivo de ser licenciados. Otros lo están (además de la razón anterior) por querer aprender algo. Incluso los habrá con ganas de compartir el esfuerzo por aprender mutuamente cosas. Y también los que están por estar, por no haber sitio en otra asignatura. Es decir, una variedad de razones que convergen en el grupo. Y si nos fijamos un poco, razones no excesivamente diferentes a las que tenemos todas las personas cuando nos encontramos en el contexto social. Unos estamos en un lugar, en un país, en una región, en un territorio porque nos ha tocado estar, por ser el lugar en el que nacimos y permanecemos. Otros porque además de lo anterior, podemos querer estar por contribuir con nuestro esfuerzo en mejorar o hacer más habitable el lugar en el que vivimos. Otros, porque tienen ganas de constituir una entidad particular, como un grupo especial y diferenciado de otros; para ello buscan señas de identidad que los asemeje entre sí y los diferencie de aquellos que no tienen estas señas. Otros están de pasada, por estar una temporada mientras van pensando en qué lugar anidan. Otros… infinidad de razones. En este sentido, la clase se puede considerar como una buena representación social.

El otro día escribía acerca de mi tristeza. Hoy no. Hoy descubro que hay quienes son capaces de darse cuenta de que cuando realizan cosas pensando sólo en su propia necesidad pueden dañar, sin querer, claro, al resto del grupo. Y esto puede resulta raro, e incluso exagerado. Entiendo que asuste la idea de que pertenecemos a un grupo. Pero es que no podemos no pertenecer a un grupo. Y en el grupo evidentemente tenemos libertad de movimientos. Uno puede hacer lo que le da la gana. Uno puede marcharse o quedarse. Puede jugar con el móvil o hablar con el compañero. Puede sentarse o ausentarse. Puede venir puntual o no. Uno es totalmente libre de hacer lo que le de la gana; pero… Es que siempre hay un pero. Cuando uno usa su libertad para hacer eso que le da la gana no puede olvidar que eso que hace afecta a los demás. Es decir, que uno es libre de hacer lo que le pasa por las narices pero, eso sí, sabiendo que su actuación no queda exenta de las consecuencias que genera en el grupo. Y eso es pensable no sólo en el contexto de la clase sino en el contexto social.

Cuando estoy en el tren y veo que hay quien pone sus zapatos sobre el asiento del otro constato que obra en su libertad, claro; pero también que daña al que se pueda sentar más tarde ya que puede encontrar el asiento sucio. Cuando utilizo mi libertad para colarme en el metro me olvido que con esa actuación daño algo que es de todos y que todos sostenemos mediante nuestros impuestos. Cuando conduzco y hablo por el móvil en uso de mi libertad corro el riesgo de tener un accidente dañando la libertad de la persona a quien he podido dañar. Y así podríamos poner una infinidad de ejemplos que siempre aluden a algo: la educación. ¿Y qué es eso? Es aquel conjunto de reglas, formas de proceder que han ido creándose como forma de cuidar al otro. Por ejemplo, si cuando voy con alguien y coincido en la puerta, el abrírsela para que pase el primero no es señal de sumisión, sino de cuidado. Si a mi mujer o a una mujer le cedo antes el paso, no es machismo sino cuidado. ¿Y por qué es así? Para contestar miro a mi perro. Cuando llegamos a la puerta de casa, si no le digo nada él pasa antes por pura inercia. La cosa es que el animal sólo va a eso que a él le interesa: pasar. Al igual que los burros cuando entran en la cuadra. Y de forma paralela nosotros como animales racionales, cuando lo que prima es la primera parte de la definición actuamos como mi perro.

Cuando alguien en un grupo grande como el nuestro se marcha sin decir ni oste ni moste, más allá de las razones poderosas que pueda tener, ¿piensa que puede haber varios que se queden con la duda de por qué se marchó? Cuando uno avisa y señala “me tengo que ir” o dice “disculpadme, pero tengo que marcharme por algo personal”, por ejemplo, está cuidando a los demás. Y cuando somos nosotros precisamente, personas que nos dedicamos o queremos dedicarnos a cuidar a los demás, quienes hacemos estas cosas de no considerar al otro, ¿de qué sirve el título? De absolutamente nada. Es puro papel mojado. Puro trámite administrativo en la vida de uno. Y con ello se daña a sí mismo. Se daña porque al rebajar a mero trámite el esfuerzo de tantos por aportarle conocimientos, por pagarle la carrera, por devaluar todo esto, con eso se daña.

Y por estas mismas razones, cuando alguien se da cuenta de su error, de que sin querer ha podido dañar, molestar, preocupar a más de uno, y es capaz de hacer lo que ha hecho esta persona, se merece un auténtico aplauso.

Te felicito.

Segunda parte.

Evidentemente podemos tomar lo que ha sucedido y lo que escribí desde muchos ángulos. Voy a tomar uno, el grupoanalítico que es desde el que trabajo.

Decía que el grupo son las interdependencias vinculantes que establecemos unas personas que nos encontramos reunidas a partir de un determinado objetivo. Pero sabemos también que las personas no sólo estamos vinculadas a las personas del grupo en cuestión sino que lo estamos a todas aquellas personas y situaciones con las que establecemos una relación mínimamente significativa. Y en estas circunstancias todos nos vemos atrapados por numerosos lazos que tiran de nosotros, que nos fuerzan a tomar decisiones. Y como hemos visto, las decisiones siempre tienen consecuencias.

Si tomamos lo sucedido y sin que ello pueda ser leído como un análisis de la persona en concreto, vemos que la situación de complejidad que cada uno resuelve como puede se da precisamente por estos lazos que tiran de nosotros y nosotros de ellos. Esto nos hace replantear mucho la idea de libertad, claro. Porque estoy en el grupo desarrollando una actividad y al mismo tiempo me siento ligado a otros compromisos que tiran de mí en el mismo momento en el que tiran los compromisos para los compañeros con los que constituyo la clase. ¿Qué demonios está sucediendo en mí? Una buena representación de lo que suele ser el llamado conflicto neurótico: por un lado estoy y por otro no estoy. Por un lado sufre o por no estar en el otro lugar y al tiempo sufro por ver que no puedo estar en donde estoy. Diríamos que mi Yo se encuentra atrapado en un conflicto de lealtades: soy leal a los compañeros del grupo, del equipo de trabajo, de la familia en la que estoy. O lo soy a los compromisos con el médico, con un paciente que tengo que atender ahora, con este familiar que me reclama. O con el hambre que tengo, con las ganas de salir de ahí y darme un paseo con un amigo, con… El Yo, pues, se encuentra entre lealtades diversas y debe resolver la situación de forma que ninguna se sienta mal conmigo. ¿Menudo dilema, verdad?

Cuando el Yo se encuentra como en este caso ante situaciones que tiran de él y que se corresponden a las ataduras, a los vínculos, a las interdependencias que tenemos con otras personas, sufre. Este sufrimiento lo traducimos en psicología como ansiedad. Es decir, ese malestar que en algunos casos puede ser pequeño como una desazón pero en otros alcanzar niveles elevados de angustia, confusión…, ese sentimiento proviene de esa lucha, de esa tensión entre ligazones, entre vínculos, entre lealtades invisibles que diría un Borsomeny-Nagy, y que no permiten un funcionamiento suficientemente autónomo. ¿Pero porqué el término ansiedad? Porque tras ella se levanta un fantasma, una idea que asusta y que es absolutamente desconocida por el sujeto: la agresividad.

Entiendo que introducir este concepto para muchos será exagerado. Otros lo devaluarán a categoría de opinión sin sustancia. Otros la negarán, o la aislarán o… (recordad los mecanismos de defensa frente a la ansiedad); pero si nos atenemos a la existencia de dos pulsiones, de dos fuerzas gravitacionales que determinan todo nuestro desarrollo y comportamiento psíquico, la única que parece estar presente en este caso no es precisamente la fuerza erótica, sino la tanática. Tanatos aquí lidera lo destructivo, lo que hace que uno quiera sacarse la tensión destruyendo de alguna forma aquello que se la genera. O aquello a lo que atribuimos la causa de ese malestar. Destruir sería la fuente interna de eso que entre nosotros llamamos rabia, cabreo (somos cabreólogos, ¿recordáis?).

Cuando alguien se siente atrapado por estos diversos compromisos debe buscar un sistema de resolución. Y siempre se busca aquello que uno cree que le daña menos: quizás tiene menos consecuencia que me ausente del trabajo que deje de comer o de pasear con un amigo. Pero para ello debe organizar una serie de operaciones mentales mediante los denominados mecanismos de defensa. Uno de ellos puede ser el de pensar que “a quien le importa que me marche o no”, o “tengo otras cosas más importantes a hacer”, “lo que hago aquí no tiene mucho valor”… y como éstas otras tantas ideas que no son sino las justificaciones racionales, actitudinales y de comportamiento que me servirán para seguir mi deseo: marcharme. Pero fijaros (y vuelvo a recordar que no estoy hablando de nadie en concreto, por favor) como cuando alguien dice, piensa o siente cosas similares lo que está es valorando por encima de todo su propia satisfacción, obedecer no tanto a lo que supone su compromiso para con los demás. Y para ello despreciar lo que los demás hacen, piensan, sienten, etc.

Esto sucede en muchas ocasiones en la vida. De forma más drástica aparece cuando alguien dice que con su vida hace lo que quiere, que para eso es de él. Como si el suicidarse, o el poner en peligro la vida de los demás por un capricho personal, etc., sólo le atañera a él. Y para ello debe desatender a los derivados de los lazos con los demás. Y eso, en el fondo, en el fondo, no es más que una manifestación del tanatos vía la agresión.

¿Y los demás? Podemos reaccionar de varias formas, claro. En unos casos podría provocar una reacción caliente; no es aconsejable. En otros identificándonos (a nivel social se suele decir “solidarizándose” con quien se fue, es decir, con aquella persona que decide irse a tomar un café en vez de quedarse con su familia para resolver un tema pendiente, podemos o desvirtuar las reacciones que puedan aparecer, devaluar o quitarle importancia a los hechos, o simplemente no verlos. Estas son reacciones que también vemos en la vida social. Y así nos luce el pelo.

Y para finalizar…

Quiero de nuevo agradecer el gesto de quien ha facilitado con ello todas estas reflexiones y, se pretende también, un nuevo aprendizaje para todos nosotros.

Gracias

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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