Mi cuaderno de Bitácora del 16 de diciembre del 2008: al filo del presente

Llueve. No mucho, pero lo suficiente como para andar buscando cobijo bajo los balcones. Es lógico dentro del momento del año en el que nos encontramos, pero no deja de fastidiar. Nos gusta ir al trabajo acompañados por un buen tiempo ya que las inclemencias no suelen ser bien acogidas. La vida, ese entramado de vivencias que nos constituyen permanentemente, supone ir encajando momentos de todo color, días de lluvia con otros de sol, días placenteros con otros de dolor. El resultado no es otro que el tener la conciencia de haber aprovechado todo el tiempo que supone estar vivos de forma que tanto uno como los que le rodean nos vamos enriqueciendo mutuamente de todas estas experiencias. Eso debe ser el vivir.

Hoy en nuestra experiencia lectiva asomaba la palabra transferencia. Ese fenómeno descubierto por Freud en su día al constatar que su proceso de análisis con Ana O., se paralizaba y se enturbiaba por elementos ajenos a la propia relación profesional. Descubrir eso es como darse cuenta un día que cuando cae agua es porque llueve. Llover siempre llovió pero un día el hombre se dio cuenta de ello. Aquí sucede igual. Un día una persona descubre algo que durante siglos se sabía que existía pero que nunca le habíamos dado la importancia que tenía. Y por lo tanto tampoco tenía nombre para ser nombrada. Las cosas comienzan a existir realmente cuando pueden nombrarse. No hay más tus tus. ¿Y qué aparecía entre Freu y Ana? Una serie de sentimientos que no correspondían a la realidad de la relación pero que la interferían. Posteriormente nos fuimos dando cuenta de que esos sentimientos aparecen en toda relación y en especial la relación asistencial. Y comenzamos a poder entender su procedencia. Y en el fondo no puede ser de otra forma.

Cuando uno nace lo hace en el seno de una familia. De un padre y una madre. Y en ocasiones con hermanos y otros familiares. Y desde el mismo momento de nacer (y en realidad antes de ese momento) este bebé queda inserto en una serie de relaciones que le van a ir constituyendo en humano. Pero su propia inserción genera también una serie de nuevas relaciones con los padres y las personas que le rodean. De esta suerte el bebé es constituido por la matriz de relaciones que existen y en las que queda inserto y al tiempo, constituye esa misma matriz a partir de las relaciones que él también establece con las personas significativas. Esa constitución, integrada en e impregnada por las relaciones que se establecen de forma biunívoca con todos y cada uno de los miembros del tejido familiar, se articula en el seno de una partitura constituida por signos y significados; base constituyente del lenguaje. Y esa constitución, dinámica como lo es el propio lenguaje, le da, le otorga una configuración tanto personal como la que él tiene del entorno en el que se encuentra. Es decir, le constituye aportándole y otorgándole una configuración de signos, significados, de elementos metafóricos y reales, de esperanzas, sentimientos, afectos, vínculos en definitiva que acaban constituyendo la manera cómo esa persona va por la vida. Y sobre esta configuración se van añadiendo más y más elementos que le dan una complejidad creciente, estableciéndose nuevos vínculos internos.

Cuando vamos por la vida lo hacemos con esta configuración. No puede ser de otra manera. No podemos no estar constituidos ni configurados dinámicamente. Y cuando establecemos un contacto con cualquiera, en ese contacto ya va implícita la configuración que cada una de las partes aporta. ¿Qué sucede normalmente? Cuando este contacto es más o menos esporádico, ocasional, no definitorio poco importan los elementos que ahí colocamos ya que al no tener mayor transcendencia la relación que se establece, podemos ir tirando como podemos con lo que hay sin más. Pero cuando este contacto deja de ser esporádico y ocasional, y comienza a perfilarse como una relación algo más importante (aunque sea por interés económico, por ejemplo), los elementos procedentes de esa configuración personal se instalan más y más desvirtuando las relaciones que en principio debieran ser originales y delimitadas para esa relación. Diríamos que esa relación, pues, queda contaminada de elementos transferidos. Pero, ¿qué y cómo?

Os decía que hasta la fecha habré conducido como una cincuentena de grupos grandes. Grupos de más de treinta personas y hasta el centenar. Y a lo largo de todo este proceso profesional se ha ido constituyendo en mí, configurando una identidad determinada de conductor de grupos. Identidad que viene siendo el resultado de una progresiva acumulación de experiencias que me llevan a determinados tics, a determinadas maneras y que constituyen y configuran el papel de conductor. Cuando me encuentro ante el nuevo grupo de la facultad (en donde llevo más de 12 años conduciendo grupos de esta suerte) se coloca de forma automática todo un entramado de relaciones que provienen de mis experiencias previas y que vienen activadas por elementos que percibo y que me lo facilitan. Por ejemplo: me lo facilita el aula (cada año se realiza en el mismo lugar), me lo facilita el número de alumnos (cada año ronda la cincuentena o más), me lo facilita la hora, la frecuencia de sesiones, la estructura académica, el marco lectivo de la experiencia… También me ayuda a que la configuración de mi identidad como conductor de grupos grandes se establezca de una y no de otra manera, el alumnado: caras que me recuerdan otras caras. Ojos, gestos, intervenciones, voces, afectos que aluden a otros de otros tiempos y otros grupos. Eso es lo que me lo facilita. Esto es lo que hace que estos grupos tengan un componente histórico que viene transmitido por mí. Si se diera el caso de que parte de los miembros del grupo ya hubieran estado en otras experiencias previas grupales en el mismo contexto, lo que emergería con más fuerza es el elemento generacional. De forma automática se instala en el grupo un aspecto de mi propia experiencia grupal y de alguna manera presiona para que el grupo se comporte como se comportaron (en mi recuerdo) aquellos otros grupos. Y de la misma forma, los miembros que constituyen el grupo, tratan de que este grupo se comporte siguiendo el modelo que se ha podido vivir o se ha fantaseado en relación a cómo funcionan otros grupos. Es decir, cada persona traslada la experiencia relacional y por lo tanto, simbólica, afectiva, vivencial, de signos y significados habida en otros grupos (familiares, académicos, sociales) al grupo presente. Dicho de otra forma: todos queremos que el entramado de relaciones de interdependencia que se establece en este grupo grande (como en el pequeño, que alude más a lo familiar y por lo tanto nos resulta más cómodo) siga las pautas de experiencia previas. Y es que no puede ser de otra forma.

El hombre, por más que se empeñe, va acumulando experiencias sobre las anteriores. Pero antes de acumularlas instala las anteriores para poder salir de la angustia que genera una nueva relación sin elementos de referencia. La cuestión es que en el espacio asistencial utilizamos ese mismo hecho para facilitar que el individuo puede liberarse de la reproducción automática de toda la estructura relaciona, simbólica, afectiva, cuya repetición le genera tensiones innecesarias ya que le impide aprovechar las ventajas (y aprender de los inconvenientes) de esa nueva relación.

Dr. Sunyer

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