Mi cuaderno de Bitácora del 2 de diciembre del 2009

Orfandad social

Hoy como otros días, salí triste. Y pensando en el porqué de esta tristeza me encontré paseando por la plaza de la orfandad social. Esta es una plaza en la que uno descubre cómo cuando el grupo social no ha podido realizar el duelo de las pérdidas pasadas no consigue dar a sus hijos aquello que precisan para seguir sintiéndose vivos

Mi cuaderno de Bitácora del 2 de diciembre del 2009: Orfandad social.

Fui construyéndoos una compleja estructura mientras os explicaba cómo se va organizando nuestra estructura psíquica. Y algo os expliqué de cómo nos las organizamos para poder atemperar o disminuir la ansiedad que los humanos sentimos cada dos por tres. Y luego tomé el ejemplo del capítulo de hoy para explicaros cómo voy entendiendo lo que le pasaba a este paciente de la viñeta y cómo se establecían algunos aspectos de la relación asistencial. Y todo esto lo hice con la colaboración de cuatro personas más que, como yo, estábamos en el suelo para poder hacer mejor toda esta representación. Luego, el turno de charla en el que hubo cuatro, acaso cinco intervenciones. Y nos fuimos.

Previamente a todo esto me había quedado preocupado por el destino de lo que hicimos ayer. No sabía si os habíais preocupado por recogerlas y guardarlas. Al llegar a la Facultad, lo primero que hice fue ir a ver… y ahí estaban. Ahí estaba parte del trabajo realizado por vosotros. Y lo recogí porque es material de clase, es material que habíais confeccionado y no quería que quedase expuesto a quienes no tienen nada que ver o que, abandonados en un tablón de anuncios, se fuesen deteriorando hasta que alguien que precisase ese espacio los sacara y los echara a la papelera. Vuestro trabajo en la papelera. Y ahí los tengo y… ¿qué hago con la pena que tengo?

Sí, tengo mucha pena. Recuerdo que al salir me encontré con uno de vosotros y le pregunté ¿qué os pasa? No tengo respuesta. No lo sé. Eso me apena mucho. ¿Y esa pena qué es? ¿Es mía?

Los profesionales de mi entorno solemos hacernos preguntas casi siempre. Nos preguntamos sobre las cosas que nos pasan con las personas a las que atendemos. Es decir, tenemos la costumbre de reflexionar sobre lo que sucede ya que sabemos que son muchas las cosas que se ponen en juego en una relación asistencial. Sabemos que estamos constituidos por las relaciones que establecemos y que éstas vienen también determinadas por nuestras propias cosas. Algo somos capaces de percibir de nuestra limitación ante cualquier persona que viene a consultar y posiblemente por esta misma limitación nos solemos cuestionar aspectos que aparecen en la relación. Y todo esto porque nos debe importar algo del otro, o de lo que hacemos. Los años, la experiencia y las canas van configurando los diversos cuerpos toreros con los que cada día de nuestra vida entramos en el albero sabiendo de la complejidad y dificultad que conlleva estar delante del toro. Pues bien, eso es lo que me sucede tras cada clase, cada hora y media que estoy con vosotros. Me ha sucedido siempre y espero que me siga sucediendo en los próximos años.

¿De dónde viene la tristeza que siento? No lo sé. Suelo venir con muchas ganas. Suelo prepararme lo que vamos a hacer. Suelo ilusionarme con alguna idea novedosa, algún recurso que se me ocurre para hacer más fácil vuestra digestión. De alguna forma creo hacer como hacen tantas y tantas madres que preparan con cuidado aquello que preparan para que los suyos coman a gusto, se encuentren a gusto, se sientan bien. Es decir, creo que no nace de mí esta tristeza. Es cierto que tengo muchas cosas, muchas personas y proyectos entre manos a los que atender, pero eso no me cansa, ni me entristece; más bien al contrario, me ilusiona, me posibilita salir de la cama cada mañana pensando en lo que voy a hacer. O sea que, hasta donde llego, no soy capaz de encontrar en mí esa tristeza.

Entonces sólo puede venir del grupo. Seguro que no viene de personas en concreto, no. Sé que hay quien está satisfecho con lo que hacemos. Me consta que aprendéis cosas, que si me decís que eso es una novedad, o que esto es una dificultad que queréis superar, eso es cierto, está ahí. Me niego a pensar que lo decís para que me quede tranquilo, para hacer la pelota… o que lo que ponéis en vuestros cuadernos de Bitácora sea por poner algo. Me niego a pensar eso. Pero en cambio la respuesta global sí me entristece. Sí, me entristecen muchas cosas.

Por ejemplo, me entristece que mientras yo u otra persona hace el esfuerzo por decir o explicar algo, haya quien esté más pendiente del móvil o de comentarle a su compañero de al lado algo. Me entristece ver que hay quienes están más pendientes de su silla que de las sillas de los demás. Me entristece ver que alguien puede marcharse del aula sin decir ni oste ni moste. Me entristece que cueste más de veinte minutos que aparezca un voluntario, o que cuando se pide la colaboración parezca que se ruegue tal ayuda. Me entristece ver que se quedan abandonados los dibujos que con tanto esfuerzo hicisteis el otro día y que aparentemente nadie se preocupe por ellos. Me entristece veros tan asustados cuando digo aquello de ¿de qué queréis hablar hoy? U otras frases parecidas. Me entristece veros tan asustados, tan paralizados, con tanto miedo. Como polluelos asustados tras salir del caparazón.

Sé que hacéis esfuerzos por venir a las 8.30, y sé que muchos trabajáis para poder pagaros algunos gastos, y sé que a muchos les cuesta un esfuerzo grande la matrícula en esta Facultad. Por esto cuando pienso en todo esto me pregunto muchas cosas. ¿Qué os ha pasado? ¿Será que os han colocado entre algodones y cuando os encontráis sin ellos tenéis frío y miedo? ¿Será que nadie os ha hablado del sufrimiento humano, de las vicisitudes que todos tenemos que ir superando para poder acceder al placer real del vivir? ¿Será tan grande el susto que se os han quitado las ganas de saber, de preguntar, de cuestionar, de indagar, de debatir, de vivir las cosas?

Hoy, antes de empezar, bromeaba con uno de vosotros y le preguntaba, ¿Qué vamos a hacer? Y me contesta algo así como “algo que nos divierta”. A lo que le pregunté, ¿por qué no nos diviertes tu? Y me contestó, ¿no sé hacerlo? Me quedé mudo. Pensé de nuevo en el susto. Parece que hay un punto de orfandad. Apareció hace unos días cuando me comentasteis que esos cuentos de los que os hablaba, Blancanieves, la Cenicienta, Alí babá y los 40 ladrones…, que no los sabíais, que vosotros sois de otra generación, de los de los dibujos animados de procedencia nipona. Ahí me comencé a entristecer, creo.

Un huérfano no es sólo aquel que no tiene padres, es también aquel a quien sus padres no le han dado eso que nos vincula con la sociedad a la que pertenecemos, esos quienes habrán podido suministrar información, objetos, viajes, satisfacciones… y preocupados por disponer de posibilidades económicas para aportar todo eso quizás no han encontrado la forma de transmitir esa ilusión por saber, por ir más allá, por descubrir lo que puede haber tras el espejo en el que nos reflejamos todos los días. Y posiblemente eso sea consecuencia de ese trajín de los últimos veinte años y cuya consecuencia la estamos pasando con la crisis actual. Es decir, somos producto de los tiempos y aquellos que tenemos una edad en cierto modo somos los responsables de ello. Dicho de otra forma, la gran dificultad en la realización del duelo y de los duelos derivados de los conflictos bélicos del siglo pasado nos ha llevado a crear una sociedad, a diseñar una forma de vida que huía precisamente del dolor que habíamos sufrido (y en algunos casos, generado). Ese huir ha conllevado una escapatoria hacia adelante, como huyendo de nuestros propios fantasmas, huyendo de poder aceptar que hemos sido parte del problema social que tuvimos y del que hemos generado. Y en esta huida muchos, muchos, han creído y han transmitido la idea de que “hay que vivir la vida”, “la realización personal es lo que importa”, “la política del pelotazo”… y otras muchas que acaban generando desde políticos confundidos con su propia función social a empresarios y trabajadores que han considerado que el cuerno de la fortuna estaba en su casa. Y de aquellos polvos esos lodos.

De ahí la tristeza. Seguramente parte de todo esto no proviene del grupo como conjunto de personas que individualmente buscáis aprender algo de eso de la psicología. Seguramente ese grupo no es más que un reflejo de lo social, de ese mundo social en el que lo que importa es lo individual, la economía (equivalente a mis notas), y la satisfacción por la satisfacción.

Un saludo

Dr. Sunyer

No Comments

Post A Comment