Mi diario de bitácora del 11 de noviembre del 2009

Mi diario de bitácora del 11 de noviembre del 2009

Hoy hicimos representaciones. Mi propuesta pretendía salirnos un poco del texto que era fácil de leer y que no generaba muchas dudas, creo, para adentrarnos un pelín más en lo que pudimos ver en Ramón. Y realizasteis cinco esculturas, a cual más elocuente de lo que se percibió. Y, como uno de vosotros dijo, cinco visiones complementarias de Ramón. ¡Ay si Ramón lo supiera! Tras cada representación (excepto en una pero que no había ningún motivo para no haberlo hecho) solicité algunos comentarios, frases que nos podían informar de algo de lo que sucedía en aquella estructura. Esto nos dio más pistas sobre la complejidad de la situación. Y luego, a hablar entre nosotros. O entre algunos de nosotros, porque la telepatía debe ser el sistema oficial de comunicación grupal. ¿Y eso?

Vayamos por partes. Las cinco representaciones no fueron sólo cinco visiones del caso, sino cinco configuraciones que constituyen el caso. Esto es difícil de explicar y posiblemente mucho más de aceptar. Cuando alguien aludió a la “mochila” que llevamos me hizo pensar que eso no es una imagen muy exacta. Cierto que es una metáfora que ha dado fruto. Se oye y ha oído con frecuencia. Como si el ser humano, bueno él, acarrease con cargas procedentes del exterior. Es una imagen romántica, bonita. Pero que me parece que se aleja mucho de la realidad. Nosotros somos esa mochila. Es decir, nosotros somos esas circunstancias. Somos no sólo los componentes biológicos sino que éstos están preñados de las circunstancias que nos configuran. Nuestra configuración es el conjunto de las experiencias que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida. Y cuando hablo de experiencias me refiero a todas las circunstancias relacionales, todo el conjunto de experiencias que coloreadas de afectos, de significados, de imágenes, van constituyéndonos. Ahora bien, esas circunstancias que nos constituyen y configuran, tienen una propiedad: son dinámicas. Esto es, se configuran readaptándose a la relación que se establece en un momento dado. No es pues un juego de figura-fondo estático, sino dinámico, en el que se reentrelazan las líneas de relación a partir del hecho relacional. Por esto cada uno de nosotros ve cosas diferentes. Porque eso que ve constituye la configuración de esa persona a partir de la relación que se establece con nosotros.

Hace un momento, unas líneas antes, decía que las experiencias vienen coloreadas de afectos, significados e imágenes. Esto significa que todo ser humano tiene un conjunto de experiencias de relación que se configuran mediante estos elementos de forma que, y por tomar un ejemplo de la sesión de hoy, cuando un grupo no es tratado exactamente como se trata a los demás, inmediatamente le da un significado determinado. Y el significado que le damos dependerá de muchos factores. Uno puede decir, “qué bien que no nos ha mareado con esas preguntas” y otro dirá “qué he hecho mal para que no me haya preguntado como a los demás”. Esto es trasladable a Ramón. Si este hombre considera que determinados hechos tienen un significado de, por ejemplo, “las mujeres se aprovechan de los hombres”, la tendencia a configurar toda experiencia relacional con mujeres vendrá avalada por esta noción. ¿De dónde procede? Qui lo sa. Pero si partimos de la hipótesis (demostrada en la clínica cientos de miles de veces) que las primeras experiencias humanas son fundacionales deberíamos poder pensar que esas experiencias le han hecho configurar esa hipótesis: por ejemplo, la vivencia de una madre que utiliza al hijo para su propio beneficio puede propiciar este pensamiento.

En la conversación común también salió el tema de la muerte del padre. Mirad, la muerte no es problema. Si lo es, es porque el problema es la vida. La muerte no es lo opuesto a la vida. No es lo contrario. Muerte y vida forman el mismo paquete existencial. Uno y otro son inseparables. No hay vida sin muerte, no hay muerte sin vida. Cuando decimos que la muerte es un problema para alguien habrá que pensar en que lo que es un problema es la vida. Y viceversa. ¿Cómo nos las apañamos los humanos para poder aceptar que la vida es precisamente todo eso? ¿Cómo nos las agenciamos para entender que la fusión y la separación son dos componentes inherentes al vivir y que en este baile, todos estamos involucrados? Si fuera Ramón y me atendiera uno de vosotros, el miedo que me da constatar que con el tiempo emergen afectos y que estos afectos nos enganchan, nos atrapan, nos llevan a fusionarnos siquiera un poco con el otro, ese miedo me conducirá a romper la relación asistencial. Pero lo mismo el psicólogo. Cuando las personas (y por ende las organizaciones e instituciones) tememos miedo a las relaciones y a las consecuencias de las mismas, buscamos protocolizarlas, enmarcarlas en parámetros supuestamente profesionales, las limitamos al tiempo y…

Alguien se preguntaba sobre la dificultad que tenía ese hombre en los elementos agradables, satisfactorios. Esa pregunta va en consonancia con lo que estaba indicando. Lo agradable tiende a unir. Y en esta unión pueden activárseme fantasías, miedos que me confundan. Y en esta confusión, me lleven a un fusionarme al otro. Y si me fusiono… ¿dónde quedo? Por lo tanto debo tratar de no vincularme, no acercarme al otro, evitar toda humanización porque esta me asusta. Y eso nos pasa a nosotros, ¿no? ¿Cómo llamaríamos a esta tendencia que nos lleva a comunicarnos mediante la telepatía? Podríamos llamarla inhibición. Que es opuesta a exhibir. Ambas palabras procedentes del latín “habere”, tener. O sea que con el in o con el ex, amagamos lo que tenemos, o lo mostramos. En nuestro caso, la tendencia es a amagarlo, ocultar lo que tenemos. Es decir que lo que tenemos, que es mucho, lo escondemos. En cierto modo hacemos como Ramón: el dinero es para mí, lo guardo, lo escondo.

Sólo que eso le lleva a no disfrutar de la vida. Y por ende, a la soledad.

Un saludo
Dr. Sunyer

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