Mi cuaderno de Bitácora del 23 de noviembre del 2009

Mi cuaderno de Bitácora del 23 de noviembre del 2009

Pedro, con su historia a cuestas. Con sus complejos en relación a sus sentimientos de culpa, o a su gran e inmenso susto por darse cuenta de que también él es humano. Pero es tan grande el dolor que le impide vivir y disfrutar de la vida. Es un caso real como reales son las historias que os traigo. Pedro es de carne y hueso. Como nosotros, los que tratábamos de saber de él. El grupo intentaba hacer algo más allá del contagio que producía. Sus lágrimas eran ciertas y eso se transmitía de forma que los que ahí estaban también se sentían embargados por esas mismas lágrimas.

Luego hicimos unos pocos comentarios. Ahí dibujé el sujeto que se relaciona con ese objeto que en la realidad son varios personajes a la vez: su mujer, sus hijos, sus hermanos, sus padres. Y las palabras que íbamos anotando en la pizarra correspondían a elementos que habían salido a lo largo de la entrevista. Y lo que aparecía era la historia de alguien que asustado al darse cuenta de sus propios impulsos (“estuve a punto de matarla”), de cómo uno puede llegar a límites insospechados si pierde el control que, para evitar cualquier posibilidad se aleja todo lo que puede de estas situaciones. ¿Qué hacemos los humanos ante eso? ¿Cómo digerimos nuestros elementos destructivos? La verdad es que no hay recetas.

Cuando a lo largo de nuestro desarrollo comenzamos a ser conscientes de nuestros componentes agresivos, por ejemplo, nos solemos asustar. Es como si mantuviéramos una imagen nuestra cercana a lo de “caperucita roja”: la candidez. O la idea de que la vida es algo fácil. Muchas veces, más allá de los momentos de sufrimiento que la propia vida nos pone delante y que hemos tenido que superar, seguimos manteniendo una idea de nosotros mismos como angelical. Es como si dijéramos que la vida es dura, pero yo soy un ángel maravilloso. Vemos con facilidad la paja del ojo ajeno. Ser conscientes de nuestras propias características y a partir de ellas seguir trabajando y haciendo lo de todos los días es complejo. Y cuando descubrimos que también nosotros somos mortales…
Eso genera ansiedad y ante ella… pues tenemos varias opciones.

Una, la negamos. Yo no soy agresivo, por ejemplo. Esto significa que si no lo soy, lo que me ocurre es que los demás sí lo son. O incluso vamos más allá en la negación: el hombre no es un ser agresivo, si existe la agresividad es por las circunstancias. No está mal. Es una opción complicada ya que la realidad es la que es y con ello no resolvemos mucho.

Opción dos, devaluar o descafeinar la tal agresividad. Es como decir, no hay para tanto. Son formas de hacer que la realidad que vivimos o la constatación de nuestra propia realidad no sea tan dura como podríamos pensar si nos lo tomamos en serio. Claro que esta opción sólo es útil para vivir en las nubes.

Opción tres, ponerla en los otros. Es como estar claramente convencido de que los demás son muy agresivos. Al colocarla en el otro, ya no la tengo. Es lo que decía de la paja en el ojo del vecino. Somos muy capaces de reconocer los defectos en los demás y hasta podríamos hacer campañas para que todos lo veamos; pero ver nuestras propias características…

Opción cuatro: desplazar la agresividad hacia algo. Es como decir que la vida es muy dura con los seres humanos. Que la violencia puede ser la del género, la de los animales, la de la propia estructura social o incluso institucional. O el trabajo, las circunstancias en las que vivimos… eso es lo que es realmente agresivo. El horario que llevamos, las prisas… eso es lo que es agresivo con el individuo que reacciona ante ello. O la sociedad. Ese desplazamiento de la agresividad sobre cosas, objetos más o menos animados, o animales… claro que aquí y con esta teoría tampoco resolvemos nuestro problema.

Opción cinco, la disociamos de nosotros mismos. Es como decir que en ocasiones es cierto que somos agresivos, pero que en realidad controlamos bien eso y que por lo general son situaciones muy, pero muy extremas. Aquí no la negamos porque la tenemos presente, pero es como si la pusiéramos circunstancialmente en el despacho de al lado.

Opción seis, la racionalizamos. Es como si pensáramos que la agresividad es un concepto. Y creo que hay que hablar de ese concepto. Y podemos hacer debates, discusiones, panfletos, ensayos sobre la agresividad humana. Pero es en abstracto, la agresividad como cosa que existe pero que no me afecta.

Opción siete, la convertimos en lo contrario. Es como si dijéramos que en realidad lo que tengo hacia los demás es un amor tan grande que… ni Teresa de Calcuta. Potencio lo bueno de la generosidad, del amor fraternal, del amor social como un bien en sí, como una forma de convertir lo agresivo en amoroso. Pero no por un proceso madurativo que provendría de la aceptación de la agresividad sino como alternativa consciente y palpable. Entonces me afilio a alguna organización que proclame la paz en la tierra, que luche por ella desde el buenismo de nuestros tiempos.

Opción ocho, la sublimamos. Canalizo la agresividad a través del desarrollo deportivo. O a través de una actividad laboral (por ejemplo ser carnicero o cirujano) que me posibilite expresar mi agresividad pero esa agresividad queda al servicio de la sociedad. Es otra opción y parece que de entre todas las anteriores, es la menos dañina o la más aceptable.

Opción nueve, integrarla. Eso supone aceptarme agresivo, aceptar que en ocasiones dispongo de una capacidad dañina que puede ser muy destructiva. Y a partir de esta aceptación, de esta integración en la comprensión interna de mi forma de ser, vivir la vida conociendo ese potencial agresivo y conduciéndolo de forma creativa, participativa, en bien propio y del de los míos.

Como podemos ver hay varias opciones. Y todas ellas suponen una consideración determinada de mis relaciones con los demás. Y unas consecuencias. La cuestión en nuestro terreno universitario es ¿cómo se expresa y se articula la agresividad dentro del grupo, dentro de nuestro grupo?

Un saludo.
Dr. Sunyer

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