Mi diario de Bitácora del 4 de noviembre del 2009

Mi diario de Bitácora del 4 de noviembre del 2009

La llegada de Ramón y toda su forma de exhibirse ha resultado, como poco, sorprendente. En cierta forma nos descolocó a todos. Bueno, a todos no, porque él no se sintió descolocado. Ya va descolocado por la vida así que un poco más no le desubica. Pero más allá de lo que nos mostró, ¿qué vimos?

Una de las preguntas que hicisteis al final de la entrevista, cuando el profesor ya se pudo reintegrar en el aula, fue en relación a la ansiedad. Os comentaba que de la misma manera que cuando queremos sacar una fuente del horno nos ponemos unos guantes para evitar que nos queme la mano, los humanos hacemos permanentemente eso: andamos con guantes para que la ansiedad no nos queme. Claro que cuando empleamos la palabra ansiedad igual no sabemos muy bien a qué nos referimos. El diccionario lo define en su primera acepción como “Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo”. Posiblemente en nuestro lenguaje Psicológico y en especial el de tintura psicoanalítica, la idea de ansiedad cobra otros matices. Por ejemplo, si tomamos el DSM IV, que no tiene tantos colorines, dice “anticipación aprensiva de un daño i desgracia futuros o de síntomas somáticos de tensión. El objetivo del daño anticipado puede ser interno o externo” (:780). En un glosario de psiquiatría podemos leer: aprensión, tensión o desasosiego de la anticipación de peligro, la fuente de la cual es mayormente desconocida o no reconocida. Principalmente de origen intrapsíquico a diferencia del miedo, el cual es la respuesta emocional a una amenaza o peligro conscientemente reconocido y generalmente externo. Puede ser considerado como patológico cuando interfiere con la eficacia de la vida, el logro de las metas o satisfacciones deseadas o una comodidad emocional razonable (:21). Creo que si tomáramos un diccionario de sinónimos, ampliaríamos bastante más la idea de ansiedad.

No sé hasta qué punto podríamos poner la ansiedad en el extremo de una línea en la que cercana vendría la palabra impaciencia, incertidumbre, intranquilidad, desasosiego, congoja, zozobra, agitación, nerviosidad, preocupación, palabras todas ellas que apuntan a un mismo final. Si nos ponemos ante esta panoplia de vocablos, seguramente los podríamos ordenar buscando algún criterio y reconoceríamos en nosotros miles de situaciones diarias en las que alguno de ellos encajaría a la perfección. Por ejemplo, y siguiendo las experiencias lectivas, cuando hoy pedía un voluntario y costaba salir, uno podría pensar que sentíais o incertidumbre (qué querrá de mí), desasosiego (la idea de ser voluntario me intranquiliza), preocupación (no lo voy a hacer bien)… es decir, que la ansiedad está en un extremo de sentimientos comunes. ¿Y qué hacemos ante ella? Ponernos los guantes como con la fuente que saco del horno. Y estos guantes son de muchos tipos y cada uno toma o coge el que tiene a mano, el que le suele ser útil, el que puede. Así, el silencio que tenía pinta de opositor, la parálisis que era como la expresión de la incertidumbre o intranquilidad, el no mirar para que no os viese que era una forma de evitación, etc., todo esto eran manifestaciones de quienes formabais el grupo de alumnos ante mi demanda. Y quien salió fue quien en aquel momento se sentía más capaz de hacer frente a estas ansiedades. Bravo por ella.

En el caso de Ramón lo mismo pero aumentado. ¿Cómo entra? Mirad, lo que uno considera normal o habitual si preferís, es que cuando un paciente entra en un lugar público en el que se encuentran unas cincuenta personas en semicírculo, en un edificio que le es totalmente ajeno y desconocido, lo normal es entrar asustado. Es decir, si Ramón hubiera entrado más aplanado lo hubiéramos visto normal. ¿Cómo entró? Esa forma de entrar ¿era una defensa contra la ansiedad? Categóricamente sí. Pero en su caso la ansiedad no le paraliza sino que le lleva a actuar, a moverse, a no estarse quieto, a no callar. Ahora podemos hacer dos cosas: ponerle una etiqueta o ponernos a pensar. ¿Vamos a por la segunda?

Los mecanismos que utilizamos todos contra la ansiedad se llaman mecanismos de defensa. Cuando ante la ansiedad que nos despierta el grupo grande, o la que se nos activa cuando el profesor pide un voluntario, o cuando… lo que hacemos es paralizarnos, esta parálisis es un mecanismo de defensa. Lo podríamos llamar inhibición. La inhibición es un mecanismo de defensa. Una persona inhibida, una persona tímida (mirad el diccionario etimológico) es alguien que ante la ansiedad que le genera tal situación se muestra así. Pero podríamos caer en lo contrario. En ocasiones la ansiedad nos lleva a sobreactuar, a hablar por los descosidos, a movernos sin parar, a… En cualquiera de los dos casos son dos actuaciones frente a la ansiedad. Y a partir de ahí podríamos ir entendiendo todas y cada una de las actuaciones, comentarios, opiniones incluso, movimientos… como formas de combatir una ansiedad de la que Ramón en este caso no es consciente. Y es que a veces, muchas veces, muchas más de las que somos conscientes, no tenemos ni idea de que estamos ansiosos. Tan habituados estamos a sostener niveles de ansiedad y a defendernos como podemos de ella, que ya se han dormido los sensores que nos informan de ese sentimiento.

Y ahora podríamos seguir tratando de indagar sobre qué es lo que le provoca a Ramón esa ansiedad; pero no lo voy a hacer. Mucho me gustaría que fueseis vosotros mismos quienes ahondaseis sobre estas razones.

Un saludo.
Dr. Sunyer

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