Mi diario de bitácora del 3 de noviembre del 2009

Mi diario de bitácora del 3 de noviembre del 2009.

Alguien comentó que es bueno escribir tras las sesiones con los pacientes. Y estoy de acuerdo. Escribir supone no transcribir la sesión sino crear o recrear ese espacio mental que posibilite la digestión de cosas que han sucedido en ella. Cuando escribimos nos damos la oportunidad de organizar pensamientos, de articular sentimientos que afloraron en la sesión y posibilita que arraiguen cosas que han sucedido en la relación con el paciente. O con el alumno, que es mi caso.

Observé el gran contraste entre las discusiones más o menos animadas en los grupos pequeños y el silencio al que os sometéis en el grupo grande. Y observé también que tras constatar que nadie contestaba o articulaba su pensamiento cuando alguien ofrecía el suyo, la pregunta se me formulaba para que saliera al ruedo y contestara yo. Observé también, y creo haberlo comentado, que aparecían mensajes verbales y gestuales entre personas que parecía trataban de compensar el silencio del grupo. O que aprovechaban algunas de mis intervenciones que seguían a alguna pregunta, para que mientras le atendía, esas personas establecían otra comunicación paralela, silente pero presente. Es decir, silencio, tendencia a que ocupara el lugar que como profesor me corresponde según la tradición y comunicaciones paralelas, como semiprivadas que transcurrían en paralelo al funcionamiento del grupo. Ante estas cosas y otras muchas, puedo optar por no considerarlas y hacer oídos sordos a lo que sucede en el aula, o utilizarlo para poder pensar. Y por supuesto, no callarme.

Una de las primeras opiniones o ideas que emergieron guardaban relación con la familiaridad del espacio asistencial y cuánto de personal tenía que ser este espacio. Y me pareció percibir como mucho miedo a que el paciente pueda saber de nosotros. Como manteniendo la creencia de que el paciente es tonto o peligroso. Curioso si uno piensa que cualquiera de nosotros puede ser ese paciente. Que el paciente no nos diga lo que piensa sobre cómo le atendemos, que el paciente incluso no se de mucha cuenta de ello, no significa que la frialdad o calidez, la familiaridad o impersonalidad que le demos al espacio no esté presente en la relación que establecemos. Cierto que podemos hacernos los sordos, los tontos, los insensibles, y no atender a estos aspectos. La negación es uno de los mecanismos que utilizamos para no atender la ansiedad que percibimos. ¿De qué tendremos tanto miedo?

Considerar peligroso que el paciente sepa de nosotros es otra manera curiosa de ver las cosas. Entiendo que la proyección es otra de las vías que tenemos para paliar algo la ansiedad ante el contacto y la relación. Ver al otro como enemigo, como enemigo potencial que puede utilizar la información que le demos contra nosotros es, a todas luces, una visión paranoide de las cosas. Ante ello me imagino que tendría que vestir de uniforme (todos los días igual así nadie sabrá de mi), deberíamos tener consultas asépticas, minimalistas en el sentido de que no haya ningún detalle que aporte información sobre nosotros, e incluso pienso de forma exagerada, deberíamos hablar utilizando un distorsionador de voz para que así el otro no sepa nada de nosotros. Es decir, el profesional como ente, como robot. ¿De qué tendremos tanto miedo?

Me imagino que si el profesor o el profesional es quien habla y quien da respuestas acertadas o sabias, entonces no nos tenemos que preocupar de nada. De él tomaré lo que me interese pero no establezco con él ningún otro tipo de relación: es peligrosa. Si es él quien nos da de comer, nos da los conocimientos masticados, nos los sazona de forma que no tengamos que hacer esfuerzo alguno en masticarlos ni en buscarlos, entonces ya es la gloria. Una gloria perecedera ya que no podemos mantenernos en una dependencia per in secula seculorum. Pero mantenernos en esta postura debe tener ventajas. Una de ellas es que así nadie sabe lo que cada uno piensa de las cosas. El profesional como ente. Como técnico. Que el paciente no sepa nada de él. Mejor si fuese con un burka. Así evitamos muchas cosas. Los alumnos con burka. Así nadie sabe nada de nadie. Pura falsedad. De esta forma, si alguien pregunta a sus compañeros qué piensan sobre algo, se le da la callada por respuesta con lo que así nos aseguramos que nadie pregunte nada.
Condenamos al otro al ostracismo. ¿A qué tenemos miedo?

Entiendo que salir del cascarón es complicado. Y un riesgo ya que fuera hace frío. Pero pudiera ser que no lo hiciera. Que fuera hubiera un ambiente cálido. Que el profesional fuese alguien que nos atendiera familiarmente, cálidamente. Que el profesional personalizara el espacio y la relación. Que se mostrara de carne y hueso. ¡Qué miedo! O no. Porque podríamos constatar que dentro del burka se está peor que fuera. Que los alumnos, que los pacientes somos personas normalitas. Que todos tenemos nuestros mases y nuestros menos. Que la sociedad, eso que hacemos entre todos, puede ser un lugar de acogida, en el que las personas nos sintamos acompañadas por los demás. Y entonces nos pongamos a pensar en cómo hacernos la vida más cómoda. Y esto nos asusta, por raro que aparezca. Porque si el otro es alguien cercano, alguien a quien podemos contarle cosas y constatar que nos escucha, que nos dedica el tiempo que pueda para atender y entendernos, entonces estamos humanizando las estructuras. Tanto las estructuras asistenciales como las productivas. Y otras muchas.

Entiendo que para salir del cascarón hay que romperlo. Y a veces uno no sabe cómo hacerlo. Pero en el espacio que tenemos hay posibilidades para que eso se de.

Un saludo.
Dr. Sunyer

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