Mi cuaderno de bitácora del 29 de septiembre del 2009: ansiedades y capacidad materna

Mi cuaderno de bitácora del 29 de septiembre del 2009

Reconozco que hoy es un día complicado para escribir; pero ya sabéis que uno va teniendo que aprender a utilizar esas mismas complicaciones para poder ser útil al otro. Que de eso va parte de nuestra profesión.

Os decía que leyeseis el relato que Tizón (1988) aporta en su libro al final del capítulo 3 (dije, por error el cuatro). Y es que lo de la humanización de la asistencia no lo digo en broma. Llevo años con esta historia y cada día estoy más y más convencido: hay una creciente deficiencia en la humanización de nuestras relaciones. En nuestras relaciones con la administración, con las entidades, con las instituciones y con los pacientes. Recuerdo una experiencia muy reciente en la que estuve como “persona en frontera” participando durante un fin de semana en uno de los bloque formativos en psicoterapia de grupo en un país de habla francesa. Y lo más sorprendente (bueno, lo que más me sorprendió) fue que cuando me dirigía a alguien (todos muy profesionales, eso sí) para preguntarle de dónde era (hay una población inmigrante muy elevada) me contestaban como asustados que eso era una pregunta muy personal… a partir de ahí, ¿qué contaros?

Hoy con muy buen tino, una compañera nos dijo que ante el silencio que se puede dar en el inicio de una relación asistencial creía que lo mejor era preguntar por cómo se sentía el paciente. Evidentemente no tengo nada que objetar. Pero ¿qué sentimos nosotros? Y cuando os dirigí la pregunta me pareció que era difícil contestar. ¿Cómo se siente el profesional? Cierto es que, como muy bien indicabais, el hecho de vernos los unos a los otros, el de no saber si lo que uno va a contestar será bien recibido o no, las características de cada uno de nosotros, etc., todo esto está muy presente. ¿Cómo me va a recibir el paciente lo que le diga? ¿Acertaré en la manera de hablar con él? ¿Y si digo una tontería? Estas preguntas son lógicas que nos las planteemos. Pero me pregunto, ¿qué diferencia hay entre la entrevista que podemos tener con el Sr. X, y la charla que tendríamos en el bar con él? Planteároslo. ¿Qué elemento incluimos en la ecuación asistencial para que eso pueda ser distinto?

Parece lógico pensar que la ansiedad confusional o como quizás sea más exacto, la tonalidad emocional de tipo confusional es la primera que emerge ante situaciones de mucho caos, de mucha desestructuración, de mucho desasosiego. Ahí todo está mezclado. La agitación a la que están sometidos todos los sentimientos que experimentamos ante tales situaciones es tal que las aguas de nuestra mente están turbias, están confusas. En muchas ocasiones la confusión no nos posibilita pensar. Nuestro aparato psíquico parece que está paralizado. Y no es que no quiera pensar: ¡no puedo! Me decía un paciente ayer: el otro día mi mujer, tras más de cuarenta años, me pidió disculpas por algo que había hecho: me quedé tan sorprendido que no supe qué contestarle. Este es un ejemplo de la paralización de la capacidad de pensar. Mirad, cuatro son las fases: poder estar, poder sentir, poder pensar, poder hablar. Ante todo debemos poder estar. Nosotros con el paciente y el paciente con nosotros. Uno con el otro. Esto es bidireccional, no lo olvidemos.

Estamos, como grupo, en un estado todavía confusional. En estos momentos todavía hay quien se incorpora (¡bienvenido!). Todavía estamos con las dudas de ¿a qué venimos a clase? ¿De qué va eso? A esto lo llamo confusión. Y es un estado normal que desaparece cuando las condiciones comienzan a ser más habituales o normales. Pero no todos estamos en el mismo grado de confusión. Podría decir que quizás yo esté algo menos confuso. Y repito, algo menos. Estos diversos estados de confusión son los que me permiten hablar de tonalidades emocionales, tonalidades que son compatibles con las ansiedades persecutorias que también están presentes. ¿Quién va a ser el guapo que se va a atrever a decir algo raro? Lo decíais de forma muy clara: hasta que uno no tiene clara la idea que quiere decir, no la dice por temor a lo que puedan pensar o decir, o replicar los demás. Bingo, eso es una expresión (no la única) de las ansiedades persecutorias. Ese temor a meter la pata.
Esas teorías que nos montamos en las que parece que a los demás los vemos como jueces, representantes de la autoridad… y la fantasía que la primera vez que me monte en la bici ¡no me voy a caer! Y claro, si soy paciente… ¿no temeré lo que el profesional me vaya a decir si le cuento eso? O acaso espero tenerlo claro para contárselo. Mal vamos. Porque uno no nace sabido. Casi me apuraría a decir que sólo cuando ya nos vamos es cuando comenzamos a saber algo.

Alguien decía: hay que ser natural. Sí, claro. El problema es poder definir qué es eso. Para mí lo natural es aquello que se acerca más a lo que sería el desarrollo de nuestras capacidades maternas. Y posiblemente también las paternas. Os cuento: estaba ayer con una persona de edad, muy mayor, a la que le iban a intervenir del corazón. Cuando me encontré con él el entorno, el conjunto de personas que le rodeaban estaban desesperadas porque decía cosas totalmente inconexas, y se empeñaban en hacerle tocar “de pies en la tierra”. Creo que cuando nos ponemos nerviosos hacemos eso, nos empeñamos en que el otro haga algo que en realidad va más dirigido a calmar nuestra ansiedad que la de la persona en cuestión. Como os podéis imaginar le seguí la corriente. Estuvimos hablando como casi cuatro horas en el viejo estilo de “a dónde vas, manzanas traigo”. Nos reíamos (él y yo) de lo lindo. ¿Resultado? Se calmó. No desapareció el estado confusional, ni dejamos de pasearnos por las Ramblas, luego por la China, nos metimos contra la Iglesia, el Estado, Cataluña y luego nos fuimos por el campo en donde quería hacer sus necesidades… ¿qué hace el profesional ante eso? Es lo de la función materna. Es esa capacidad (no se ofendan las feministas ni los machistas) que aporta, presta los recursos mentales con el fin de que ese estado confusional se reconduzca y baje la ansiedad. Evidentemente que no somos magos (eso ya lo acabé de descartar hace unos 35 años), pero la magia de nuestro estar es la que reconduce la actividad mental del otro. Como con los bebés. O con cualquier otra persona.

Pero eso no nos deja igual. Esos paseos (muchos vais a tener que dar) nos afectan, nos invaden, agitan muchas de nuestras cosas. Y de todo eso aprendemos. Dice Winnicott en un prólogo de uno de sus libros (rescatadlos, os serán de gran utilidad) que “agradezco a mis pacientes todo lo que me han enseñado”. Pues eso. Posiblemente todos estemos para aprender de los demás y para aprender a través de ellos. En este caso yo sí tengo que agradeceros todo lo que me enseñáis.

Un saludo

Dr. Sunyer

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