Mi cuaderno de bitácora del 22 de septiembre del 2009

Mi cuaderno de Bitácora del 22 de septiembre del 2009

Empezamos suavemente, organizando los grupos, cinco, de unas 8 personas cada uno. No está mal. Alguien en la entrada me había dicho que había como “númerus clausus”, y que no se podía matricular en este espacio; parece que la cosa se puede resolver. Ya en clase, dispusimos las sillas y os pusisteis a trabajar en torno a los resultados de las encuestas del otro día. Y más tarde formamos el grupo grande. Y a esperar…

Como era lógico tras haber hablado de un cuestionario sobre las expectativas en clase, el tema era ese. Las expectativas. Y fuisteis desgranando ideas que comienzan a constituir parte de la base sobre la que se irá construyendo nuestro edificio. Aparecieron palabras como confianza, expectativas, necesidades, deseos, miedos, roles… palabras todas ellas suficientemente cargadas de significados como para realizar un trabajo monográfico sobre cada una de ellas. Como buenos estudiantes dejabais espacios de silencio para que el profe aportara sus ideas, siempre tan sabias. Pero ya os dije: vamos a tener un problema.

Hay una cuestión que es muy difícil de resolver. Desde que iniciasteis los estudios se os ha hablado, o eso me imagino, del paciente, de la patología del paciente… y que nosotros somos unos profesionales que vamos a ayudar al paciente. La verdad sea dicha que esta idea la he tenido muchos años en mi cabeza. Durante mucho, mucho tiempo he ido trabajando pensando que el paciente era esa persona que tenía problemas. Esto significaba que a todas las personas que he tenido la suerte de atender, de acompañar, lo hice convencido de que tenían un problema. Problema familiar, problema de pareja… u otros más complejos como problemas en el discurso y contenido del pensamiento, problemas que generaban trastornos perceptivos importantes e incapacitantes, problemas de su esquema corporal, de su motricidad, de su capacidad de concentración. Me he reunido con bastantes padres cuyos hijos estaban en tratamiento conmigo, o con quienes había establecido una relación asistencial por encontrarse en la Unidad psiquiátrica en la que trabajaba y me formaba. Muchos años y muchos pacientes. Eso me hace pensar que lo que podéis pensar vosotros es exactamente lo mismo que lo que pensaba hace tiempo.

Y pensarlo así tiene grandes ventajas. Por ejemplo, cuando me encontraba con Estíbaliz, una chiquita algo más joven que yo (no mucho más, ciertamente), y veía que no conseguía poder trabajar con ella porque tenía serias dificultades con sus pensamientos, o con cosas que percibía y que le asustaban, o con cosas que se imaginaba de mí respecto a ella, entonces trataba de comprenderla a través de los libros. Buscaba en los manuales de psiquiatría (por cierto no estaría mal que tuvieseis a mano siempre al menos uno), entendía que según H. Ey, lo que le pasaba a Estibaliz era…; y siguiendo lo que señalaban autores como Ajuriaguerra, Alonso-Fernandez, y otros muchos, lo que le pasaba era… Es más, cuando nos encontrábamos varias veces a la semana los compañeros que atendíamos a Estíbaliz en la Unidad de Hospital de Día del Hospital de Basurto (que fue la primera Unidad de Hospital de Día de España y en la que participé y colaboré desde el primer día -estoy hablando de los años 70-), hacíamos nuestros más y nuestros menos en torno no sólo a la clasificación de su malestar sino incluso nos devanábamos los sesos para ver qué elementos terapéuticos eran adecuados “a ese caso”. Eso servía, no lo dudo, como un perfecto y maravilloso ansiolítico que nos permitía tener la garantía de que lo que hacíamos era correcto. Y nos permitía ubicarla en determinadas casillas del mundo de las clasificaciones de los trastornos psiquiátricos. Y eso nos tranquilizaba, en cierto modo.

La cosa se complicaba cuando me encontraba con sus padres. Claro, en aquel entonces la teoría era que si a Estíbaliz le pasaba lo que le pasaba, seguro que era porque en casa había un trastorno en las relaciones de pareja… ¿Eso qué suponía? Que cuando estaba con ellos pues miraba y remiraba tratando de descubrir dónde se encuentra ese trastorno, esos mensajes dobles familiares, esa comunicación ambivalente, esos conflictos de pareja… Y ello suponía para mí, otra ventaja: tener claro que lo que tenía que buscar era no sé qué elemento detrás de no sé qué cortina o bajo no sé qué alfombra familiar que me pudiera ayudar a decir, ¡et voilà, c’est ici le problème!. Y este Eureka!, no era capaz de encontrarlo. Y lo que es quizás más complicado y delicado, introducía una variable en la familia que no sé hasta qué punto les beneficiaba. Ellos decían que sí, que agradecían mis aportaciones y comentaros… pero a treinta y pico de años vista… no sé yo…

Os lo decía porque secretamente, cuando Estibaliz me decía que, por ejemplo, le daba cosa, miedo ir al corte inglés a comprar algo, detectaba una cosa muy similar en mí. Claro que la borraba lo antes posible diciéndome: es que lo suyo es patológico mientras que lo mío… Y con los años, con las cosas que uno va viviendo, se da cuenta que entre Estíbaliz y yo no había ni hay excesivas diferencias. Y cuando con los años he ido pudiendo pensar esto, pudiendo considerar estos aspectos que no sólo aparecían con Estíbaliz sino con muchos, muchos y casi todos los pacientes, entonces comienzo a poder pensar que el problema no lo tiene sólo el otro. Y eso me ha ayudado a pensar que posiblemente no tenga tantas clarividencias en mi mente y que lo más seguro es que vuestras clarividencias sean tan válidas (o incluso más) que las mías. Porque ¿de qué estamos hablando?

Hablamos de una relación. ¿Recordáis las dos sillas que pusimos en medio del aula? Sobre ellas fuimos poniendo esas cosas que representaban lo que íbamos aportando cada uno. Y como bien dijo uno de vosotros, no se sabe bien quien es quien en estas dos sillas. Ese no saber bien quien es quien nos permitió pensar, entre otras cosas, que entre una y otra (y viceversa) se establecían una líneas que condicionaban y conectaban una a la otra sin saberse bien bien cuál era la que originariamente marcaba el ritmo a la otra.

Bueno, lo dejo por hoy. Pero fijaros que sobre esa relación se instalan las expectativas y todo lo demás.

Hasta mañana

Dr. Sunyer

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