Mi cuaderno de Bitácora. 5 de septiembre de 2009: Iniciamos un nuevo ciclo académico.

He leído la carta que os dirigí a los que iniciamos este año el ciclo académico del 2009-2010 y observé que estaba escrita el día de S. Pedro. Hoy, día de la beata María Teresa de Calcuta y, como es lógico, de muchos otros santos y demás, pensaba en vosotros (todavía desconocidos alumnos) y en el curso. Y lo pensaba a raíz de una de las personas que se presentó al examen de septiembre (aprobó con muy buena nota) a la que le comenté que, más allá del buen resultado académico que celebraba (no estoy para fastidiar a quienes hacen esfuerzos para acabar una carrera), lamentaba no haber podido disfrutar de lo que ella nos hubiera aportado a lo largo del curso. Ese pensamiento me lleva a preguntarme acerca del significado de la Universidad, de las clases, de las titulaciones…

Creo comprender bien alguna de vuestras preocupaciones: finalizar los estudios y poneros a trabajar. Y entiendo que la primera de ellas tiene una prioridad tal que pone por delante la obtención del aprobado y eliminar así esa “asignatura que no me permite acabar la carrera” a la adquisición de conocimiento. Es como si lo operativo pasara por delante y se quedara atrás todo lo que tiene que ver con el saber, el indagar, el reflexionar, pensar, conectar con lo de uno… y, permitidme un pequeño quiebro, eso es justo lo que tiene carácter fóbico. La idea que hay detrás es “liquidar” aquello que me genera tensión. ¿Y eso? ¿Qué nos está sucediendo que parece que no podemos sostener la tensión que proviene del esfuerzo por aprender, del esfuerzo por conocer lo que hay detrás de lo que le pasa a cada persona o grupo de personas?

SI tenéis la paciencia de conectar con los artículos que forman todo mi cuaderno de bitácora, especialmente aquellos que corresponden a los inicios de los cursos, veréis que en muchos aparece la idea de duelo. Duelo que proviene de las vivencias bélicas que han arrasado no sólo Europa sino también a España. Y señalo que ese hecho deja huella que dura varias generaciones. Nosotros padecemos esa huella, esa herida. También nuestros políticos que todavía (la mayoría de ellos) están por restregar, volver a hurgar, repasarlas con la idea de que una supuesta limpieza total nos ayudaría a resolver nuestras dificultades. Craso error. Las pérdidas, los dolores, los daños, las ofensas, sólo se superan a partir del momento en que comenzamos a aceptar no intelectualmente sino vivencialmente que somos seres dañinos, seres agresivos, seres que matamos, asesinamos… Cuando somos capaces de poder comprender que los humanos somos esa especie animal, la más animal de todas puesto que está dispuesta a matar a aquel otro congénere por un desacuerdo, por una percepción errónea, por una idea…

¿Qué sentimiento o sentimientos puede engendrar el esfuerzo por aprender, por saber qué hay más allá de las cosas que nos hace desarrollar conductas fácilmente calificables de fóbicas? Desde que el mundo es mundo y sobre todo, desde que comenzamos a ser capaces de pensar sobre nosotros, sabemos que el hombre es un animal que busca (como todos) obtener dosis de satisfacción, de placer. La fuerza del Eros está por doquier. Y luchamos para que la vida sea lo más placentera posible. Pero esa obtención de placer va ligada a una tensión previa, a una tensión que proviene de la vivencia de displacer. Por ejemplo, tengo hambre (displacer) y busco anular esa desagradable sensación mediante la comida (el placer). Pero, ¿qué pasa si no tenemos nada que llevarnos a la boca en ese mismo momento en el que percibo que tengo hambre? Nos solemos frustrar. Esa frustración proviene del hecho de constatar que el placer no viene o no se alcanza cada vez que tengo un displacer. Pero curiosamente, cuando somos capaces de contener la frustración que proviene de esa no obtención del placer inmediato, cuando pasa eso, la satisfacción posterior tiene mayor valor, es más placentera. Y eso precisamente es lo que supone la educación, por ejemplo. O la convivencia. La constatación de que la idea omnipotente infantil, propia de períodos intrauterinos en los que hay una satisfacción inmediata de la necesidad, no es más que eso y poder tolerar la realidad en la que vivimos, eso es lo que supone parte del proceso madurativo.

En este espacio que es el de la asignatura, vamos a tener que ir tolerando niveles de frustración muy variados. Cierto que para quien no quiera eso hay alternativas: una, cambiar de asignatura. Dos, pasar a septiembre y ver qué consigue responder al examen que le pondré. Y es una alternativa legítima. Con ello obtendrá el placer de forma inmediata: me examino y me aprueba (o no, claro). Pero creo que se pierde algo que para mí (y por esto propongo este formato académico tan poco académico) es importante: aprender de la experiencia de la relación con el otro, con los otros. Experiencia que me va a posibilitar pensar, pensar sobre lo que siento y sobre lo que sienten los demás, y trasladar esta experiencia a la vida profesional que, seguro, está ya a la vuelta de la esquina.

Hasta el día dieciséis, pues.
Un saludo.
Dr. Sunyer

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