Mi cuaderno de BItácora del 14 de enero del 2009: fin de recorrido.

Hoy, siendo un día normal, no lo era. Nos tocó despedirnos. Hoy ya no tocará decir no adiós, ni hasta mañana o ciao, como solía hacerlo con vosotros. Hoy más bien es un hasta siempre. Un momento que aparece miles de veces a lo largo de la vida y que hoy, en nuestra experiencia, adquiría una tonalidad especial. No ha sido una experiencia lectiva al uso. No. Y creo no estar equivocado si repito, como ya os dije, que experiencias como la que nos hemos brindado, acaso no existan muchas en el mundo. Desde luego, en el mundo universitario no. Y la hemos hecho entre todos.

Ha sido una constante y una costumbre equiparar los procesos que se daban en el aula con los que se dan en la vida profesional, tanto clínica como organizativa. Fundamentalmente, la clínica. La experiencia de hablar, de intercambiar pensamientos, emociones, experiencias al tiempo que se teoriza un poco sobre todo ello, sólo lo hacemos nosotros, aquí, en la Llull. Y, como en los espacios clínicos, en los espacios asistenciales, se van dando cambios. Lentamente, a fuego lento, posibilitando que los aprendizajes reposen y se depositen en vuestra experiencia vital. No sólo una experiencia intelectual.

Y aquí, como en la clínica, hicimos un breve repaso de lo sucedido. Os hablé un poco de la historia de la asignatura, del por qué se hacía así y no asá. Y hablamos un poco sobre lo que nos había pasado a nosotros a lo largo de estas veintinueve sesiones. Hubo de todo. Momentos agradables y otros duros. Enfrentamientos, desencuentros, y momentos de complicidad y reencuentro. No es (nunca lo pretendió) ser un espacio con abundantes conceptos teóricos. Pero los que hubo provenían de la propia experiencia de interrelación. Y de forma discreta fuimos siendo capaces de entender eso que os digo siempre de las interdependencias vinculantes que existen entre los humanos. Y entendimos qué es un grupo. Y pudimos comenzar a pensar que el individuo no se puede conceptualizar desde su individualidad sino desde el hecho de ser un miembro inserto en una red de interdependencias vinculantes. Y precisamente por esto, por estas interdependencias, la hora larga que estuvimos escuchándonos y despidiéndonos, se hacía dura. Pero agradable.

Hablamos de cómo sesión tras sesión salíamos revueltos. Cierto que cada uno tomaba distancias y establecía vinculaciones de diversa intensidad. Pero por poca que hubiera, los sucesos de la clase, los comentarios y las experiencias que tuvimos, dejaban huella en todos nosotros; profesor incluido. Y aquí, como en la clínica, la experiencia provocó cambios. Cambios en todos y cada uno de los miembros del grupo. No fue una experiencia indiferente. Las emociones eran tan intensas que hasta el cuerpo de muchos andaba revuelto. Y en algún caso, los comentarios en torno a las despedidas, a estos momentos en los que tenemos que decir adiós a un ser querido, agitaban emociones y afectos importantes.

Siempre somos producto de la sociedad en la que estamos. Y la sociedad actual, tanto la española como la occidental, padece todavía los efectos de los encontronazos bélicos del siglo pasado. Y esos encontronazos han dejado una huella tan fuerte e impactante que cualquier cosa que represente vinculación, que suponga sufrimiento, que nos recuerde la finitud y limitación del ser humano, trata de ser anulada, evitada, rechazada. Pero nuestra cultura, el propio hecho de la humanidad nos impulsa a expresar un deseo de esperanza cada vez que nos despedimos de alguien: cuando decimos adiós, o hasta luego, estamos expresando el deseo de volver a vernos. Pero al tiempo, aceptamos la posibilidad contraria. Por esto, cuando uno se va sin decir adiós, hasta luego, si ocurre un fatal desenlace, uno se siente muy mal. No podemos dejar que nadie se nos vaya de nuestro lado sin despedirnos de él.

Como uno de vosotros decía ayer y hoy de nuevo, esa despedida es mejor que sea desde la sintonía del agradecimiento. Porque, independientemente de si lo hicimos bien o mal, de si fuimos o no hábiles en manejar nuestras relaciones, de si fue fácil o complicada la experiencia compartida con el otro, habrá que pensar que no fue porque no se quiso hacer bien. Posiblemente no se pudo hacer mejor. Y si alguien hizo lo posible por hacerlo bien, ¿por qué exigirle que lo hubiera hecho mejor? Por esto el agradecimiento.

Gracias a todos y a cada uno de vosotros por la experiencia que nos hemos dado. Gracias a todos y a cada uno de vosotros por los buenos y malos ratos pasados, ya que de ellos aprendimos un montón. Disculpad los errores que suelen ser más tiernos que los horrores. Y gracias, finalmente, por la capacidad creativa que habéis manifestado y el empeño de muchos en mejorar lo que teníamos.

Hasta siempre.
Dr. Sunyer

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