Mi cuaderno de Bitácora del 13 de enero del 2009: valoraciajoón del trabajo

Cuando un profesional decide en el inicio de una intervención pasar un cuestionario determinado puede ser que lo que esté esperando sea valorar posteriormente el impacto de su intervención. El impacto que ha tenido según las opiniones de las personas con las que ha trabajado. Esto no quita para que él mismo tenga también una apreciación del trabajo realizado. Esto supone tres puntos de referencia. Uno inicial, el de las expectativas. Es decir, qué esperan conseguir, cuáles son los objetivos que tienen los pacientes o el grupo con el que voy a trabajar. El segundo punto de referencia es el real, es decir, la valoración que, a posteriori hacemos del trabajo realizado. En este segundo nivel lo que se valora es si aquellas cosas que en un principio creíamos que se iban a dar o esperábamos que se diera, se han conseguido y en qué medida se han conseguido. Evidentemente hay una lógica diferencia entre lo que esperamos a lo que encontramos al final. Es más, en principio parece lógico pensar que las expectativas de las cosas superen las realidades ya que, como cuando uno escribe la carta a los Reyes Magos, uno espera que le traigan una serie de cosas que la realidad colocará en su lugar. El tercer punto es algo más complejo. Los profesionales podemos rellenar el mismo cuestionario, lo que nos daría una medida de lo que esperamos y lo que vimos que se alcanzó, o podemos valorar grosso modo, lo que creemos que van a decir los pacientes. Esta tercera medida habla de la percepción que tenemos de lo que ha hecho el paciente o pacientes, y también habla de en qué medida nuestros baremos se rigen o quedan distorsionados por los elementos afectivos que están implícitos en toda relación.

Hoy transitamos por esta vereda. En primer lugar y teniendo como referencia la expectativa que nos habíamos puesto al inicio del curso, hicimos una valoración grosso modo de lo que creíamos que “ese grupo con el que trabajamos” iba a valorar del trabajo realizado. Y ahí observamos diferencias. Una de las cuestiones que las rodean es la de qué elementos afectivos, qué elementos aparecen en la atmósfera del grupo favorecen una valoración por encima o por debajo de lo que realmente decimos que ha habido. Dicho de otra forma y por buscar un símil médico. Si soy un padre ansioso, con tendencia a considerar con un cierto dramatismo lo que les puede suceder a mis hijos, es muy probable que la valoración del riesgo que pueden correr al coger el coche por primera vez sea bastante mayor de la que realmente tienen. Eso hará que mi propio sufrimiento distorsione la experiencia real de mi hijo para quien, aún valorando el lógico peligro existente, no se lo tome de forma desmedida y conduzca con total normalidad y vaya adquiriendo experiencias en su propia conducción. Ahí mi nerviosismo, es decir, los elementos afectivos que se mezclan e inundan la experiencia de ver que mi hijo coge el coche por vez primera son los responsables de una híper valoración del riesgo. Pues aquí, sucede igual.

No parece que sea exagerado decir que tenemos un nivel de exigencia elevado respecto a nosotros mismos, o respecto al grupo como entidad en la que estamos. O quizás más exactamente respecto a las personas que lo constituyen. Esa exigencia creo que está presente en las valoraciones que hacemos de nuestro trabajo y en las que creemos que se van a dar. Una exigencia que posiblemente nazca de la gran necesidad que tenemos unos de otros, necesidad que se transforma bajo la forma de la exigencia. Ahí constatamos que por lo general creímos que la valoración que el grupo había hecho era “peor” de la que realmente hizo. Y ahí aparece un segundo elemento a considerar.

La valoración que el grupo ha realizado es igual o superior a las expectativas que nos trazamos al inicio del curso. Podemos pensar que dichas expectativas eran bajas (como aludiendo a un cierto desencanto en las propuestas que hacemos habitualmente los profesores, o un cierto desaliento respecto a lo que entre todos íbamos a hacer), o podemos pensar que realmente hemos trabajado bastante más de lo esperado, que el grupo ha funcionado bastante mejor de lo que crecíamos, que… Y es interesante constatar que hay cinco puntos en los que nuestra valoración colectiva discrepa realmente de lo que considerábamos iba a suceder: la vinculación con la propia asignatura, el orden y la innovación (han sido bastante superiores a la esperada), y competitividad y normas (bastante inferiores). Es decir, sorpresa. Sorpresa porque un cierto tono crítico parecía augurar que lo que iba a salir era diferente. Pero es más. Cuando comparamos nuestros datos con los obtenidos por las doce promociones anteriores (los datos comienzan a contabilizarse el curso 95-96, vemos que prácticamente en todas las subescalas la posición que ocupa el curso actual es de las más elevadas. Y ante esto ¿qué podemos decir?

Curiosamente siendo psicólogos (y quizás por eso) nos olvidamos de algo que tenemos bajo la silla: los afectos. Eso que aparece en toda relación interpersonal, eso que proviene de las interdependencias vinculantes que se han establecido inexorablemente entre todos nosotros. Eso que no es cuantificable, no mesurable, pero que introduce un factor que modifica el resto de las valoraciones que hacemos de las cosas. Y mucho debe ser el grado de aprecio, de afecto, de vinculación cuando vemos algunas reacciones. Por ejemplo cuando hablamos de la participación.

La participación la podemos medir por el número de palabras que cada uno ha dicho en el grupo grande. Sí. Es una manera. Pero al valorarlo sólo por este factor dejamos de lado otros que están presentes y que no son contabilizables: los procesos afectivos, los procesos psicológicos que se dan en un grupo de unas sesenta personas, sentadas unas ante otras, en donde no hay un tema tras el que guarecernos, son importantísimos. Tanto que pueden distorsionar esa valoración contable. Porque, por ejemplo, el grupo grande no es sólo ese espacio en el que los sesenta nos ponemos en círculo. Lo es cuando estamos trabajando en grupos pequeños, lo es cuando entrevistamos a un paciente, lo es cuando en medio del aula se realizan no sé qué ejercicios, lo es cuando un par o tres de personas teatralizan una situación, lo es cuando… Pero también lo es cuando valoramos la asistencia a clase, cuando escribimos en el cuaderno (o cuando escribo estas líneas), cuando realizamos el trabajo, visitamos las webs… Todo eso es trabajo del grupo grande aunque no estemos sentados unos frente a otros. Y cuando parcializamos la experiencia quizás es porque la intensidad de los procesos psicológicos, las interdependencias vinculantes establecidas entre nosotros es tal que la única forma de tomarlo es parcializando, disociando las diversas experiencias asociadas a la asignatura.

Y eso tiene que ver con el final. Los finales son siempre complicados. Nos separamos muchas veces pero estas separaciones no siempre tienen el mismo componente emocional. Y podríamos pensar que cuanto más follón hay, cuanta más bronca ponemos, más afecto, más interés, más dolor existe asociado a esta misma separación. Y, como decía una de vosotros, aunque el sabor de una despedida no es el mismo cuando se hace desde el agradecimiento a cuando se hace desde la bronca, es mucho más fácil hacerlo desde la segunda posición que desde la primera. Porque los humanos, así somos de estúpidos, parece que nos duele menos si pegamos fuerte a si nos marchamos desde el agradecimiento. Agradecerle al otro lo que nos ha aportado conlleva reconocer que el aprecio me vincula a él. Aceptar que quizás no hice todo lo que pude hacer pero que lo que hice es lo que buenamente supe representa un reconocimiento de nuestras limitaciones, un reconocimiento de nuestra pequeñez que no siempre es fácil de tolerar, y de sostener. Pero la experiencia me dice que sólo es en estas circunstancias cuando el enriquecimiento personal es posible.

Hasta mañana

Dr. Sunyer

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