Mi cuaderno de Bitácora del 7 de enero del 2009: Reencuentro y resistencias.

Mi cuaderno de Bitácora del 7 de enero del 2009.

Reencuentro y resistencias.

Ante todo y antes de nada, que tengáis un fantástico 2009. Quiero pensar que los Reyes os han dejado en casa buena parte de todo aquello que pedisteis en la carta y… un poco de carbón. Que de todo nos merecemos un poco. Y ahora volvamos al tajo.

Día raro, ¿verdad? No estábamos todos los convocados, sólo una treintena. Había muchas sillas vacías y como dijo uno de vosotros, se le hacía raro. Claro que podemos pensar que si el tiempo, que si las carreteras, que si…, pero eso no acaba de justificar en absoluto tanta silla vacía. O sea que tendremos que mirar hacia otra dirección.
Se apuntaba a esa rareza administrativa de tener tres clases y finalizar el trimestre. Eso, ciertamente es raro. Es como venir de vacaciones y decir, vale, ya habéis venido pues volveros a casa. Sí. No voy a decir que a mí no me sorprende también. Aunque y como apuntaba otra compañera, habitualmente la gente no tiene casi tres semanas de vacaciones en Navidad. A lo sumo tres días. Sí. Tiene razón también. Por esto comentábamos que no es muy adecuado iniciar un tratamiento pocos días antes de un período de vacaciones o finalizarlo pocos días después de ese mismo período. Parece que como en los aeropuertos: para despegar y para tomar tierra se precisa de pista larga; por lo que pueda suceder. Y en muchas ocasiones los ritmos de trabajo se ajustan más a elementos administrativos que a necesidades que presentan los pacientes. ¿Cuántos partos se adelantan porque vienen días de puente o partido? Casualmente somos la Comunidad que más partos por cesárea hay en… ¡la Comunidad Europea! Algo habrá en relación a las economías y a las vacaciones. Por esto os decía que en mi opinión, uno no debería iniciar un tratamiento o finalizarlo en períodos extremadamente próximos a unas vacaciones. Pero independientemente de ello, esta razón no parece justificar suficientemente las ausencias de hoy. Y tampoco la climatología. Estoy convencido que más de uno y de dos ha tenido que desplazarse de localidades muy, pero muy lejanas a Barcelona, para estar a las 8:30 de la mañana en la facultad. Y sólo el hecho de que haya una sola persona que realice este esfuerzo ya es una razón para que los demás lo hagamos y estemos aquí. Por respeto a quien realizó ese esfuerzo. Y esto es trasladable a la vida profesional.

Pero más allá de las cuestiones administrativas que pueden aconsejarnos no iniciar o finalizar tratamientos en fechas cercanas, ¿qué otro tipo de razones puede haber que nos permitan entender lo que sucede hoy? Y os decía que, sin quitar ni un ápice de importancia al aspecto de la oportunidad administrativa, podríamos dirigir nuestra mirada a lo que llamamos resistencias. Y eso ya es harina de otro costal. Y no es, como decía alguien, que el hecho de saber que hoy era día de encuestas y valoraciones de la asignatura fuese una razón. No. Eso son razones que encontramos para justificar las resistencias al reinicio del curso. ¿A qué llamamos resistencias? A todo aquello que de forma consciente e inconsciente tratan de interrumpir, modificar, alterar el normal desarrollo de un proceso asistencial. Y, como ya podéis imaginar, provienen tanto del paciente como del profesional y de la estructura que los sostiene. Vayamos ahora por partes.

El paciente. Que el paciente (como el alumno) presente resistencias al tratamiento es algo esperable. Porque junto a las ganas y deseos de cambio (junto a las ganas y deseos de aprender) hay las no ganas de ello. Curiosamente, a pesar de lo mal que uno lo puede estar pasando, a pesar del sufrimiento que suponen muchas de las situaciones humanas (y podríamos hacer el paralelismo en relación al aprendizaje), a pesar de todo ello no deja de tener y presentar un punto de comodidad suficientemente importante como para eludir el tratamiento y no favorecer, consecuentemente, el cambio. Cambio que representa un cuestionarse de forma seria una serie de aspectos del vivir cotidiano. Un serio y decidido propósito de abandonar situaciones de un cierto privilegio obtenido en y por la propia situación de sufrimiento y alcanzar otras posiciones personales que me hagan más autónomo, más adulto, más creativo, más interdependiente con aquellos a los que quiero. ¿Acaso no es más cómodo, por ejemplo, seguir siendo universitario yendo de carrera en carrera y de máster en máster siempre y cuando tengamos la economía asegurada que el ponerse a trabajar en lo que uno pueda y hacer como media doce y trece horas de trabajo? Pues eso, modificar los elementos que tenga que modificar un paciente es, en muchas ocasiones, mucho más costoso que el mantenerse en la posición que está, a pesar del sufrimiento.

El profesional. Que el profesional (como el profesor) presente resistencias es legítimo (por aquello de que es humano), pero no es correcto. Es decir, puedo indicar que como a todo el mundo, a mí también me da cosa tener que venir a trabajar. De hecho no deja de ser un palo, y debe ser por esto que le llamamos trabajo y no diversión o entretenimiento. Es más. Gracias a que la economía depende de ello, ella se convierte en un motor para ir a trabajar muchas veces. Bienvenida sea. Es un palo, cómo no va a serlo y más después de un período de vacaciones en el que presumiblemente hemos estado haciendo cosas más rellenas de elementos placenteros que los opuestos. Pero palo es. Y desde esta posición podríamos aliarnos con las lógicas (y esperadas) resistencias de los pacientes para interrumpir, acortar, boicotear los procesos asistenciales. Pero se supone que en tanto que profesionales que somos, debemos tomar estas mismas resistencias y reconvertirlas en beneficio del proceso asistencial. ¿Cómo? Señalaba uno de vosotros. La verdad es que no lo sé. Pero al menos empezando por reconocer los componentes del elemento resistente. ¿Cuáles pueden ser? No tenemos el libro de Petete en que consten todas las respuestas pero si pensamos, por ejemplo, en lo que representa volver a conectar, a reactivar las interdependencias que se establecen con el paciente (y viceversa) quizás tengamos una pista.

Esto representa de entrada reconectar con todos los aspectos dolorosos, vinculantes, frustrantes, limitantes de nuestra existencia. Es mucho más agradable pensar en la vida como si fuese un estar plenamente en el paraíso, en una especie de inmenso parque de atracciones en donde todo lo que está ahí está al servicio de pasarlo bien, que pensar en la realidad de la vida cotidiana en donde encontramos frustraciones, decepciones, limitaciones, enfermedades… y responsabilidades. El atender a uno o varios pacientes de forma rítmica, semanal o quincenal supone entrar en un territorio en el que iremos constatando muchas de las situaciones que hemos dramatizado en el aula. Momentos de decepción porque las expectativas que tenemos no se corresponde a lo que encontramos. Situaciones en las que el baile que se establece se convierte en un continuo de pisotones involuntarios; pero pisotones. Circunstancias en las que éticamente nos sentimos cuestionados. Posturas que nos resultan incómodas porque cuestionan muchas de las ideas que a lo largo de años hemos ido manteniendo. Etapas de un cierto hastío en las que no sabemos ni por qué estamos en esta profesión. Momentos en los que nos sentimos acorralados por circunstancias que no han sido elegidas por nosotros y ante las que debemos poder controlar los lógicos impulsos agresivos con los que todo ser humano convive diariamente… etc.

La estructura. Que la estructura presente resistencias es entendible pero no justificable. Cierto que en último término, las estructuras están sostenidas y edificadas por humanos. Y que éstos, por esta misma condición, hacen que las estructuras que sostienen sean deficitarias en muchos ámbitos. Y muy posiblemente, las propias carencias de esos humanos que sostienen estas estructuras son las responsables de su misma inoperancia y, fundamentalmente, presenten una resistencia importantísima a ser repensadas para su posible modificación. Las estructuras reproducen no sólo las características de los pacientes a los que atienden sino que los profesionales que las sostienen también acaban reproduciendo esas mismas características. Y viceversa. Las estructuras organizadas por los humanos presentan las características de esos mismos que las construyeron de forma que cuando tienen que atender a los pacientes, éstos se vean no tanto atendidos por ellas cuando supeditados a ellas. Este interjuego de fuerzas favorece la idea de que el cambio es mejor que no se dé. Que pensar en qué medida podemos humanizar los espacios asistenciales sea algo difícil en sí mismo: las personas que organizan estas mismas estructuras no creen en la humanización de las mismas porque las ponen a su propia conveniencia e interés, y no en el del paciente al que van destinadas y para el que han sido pensadas.

Como veis, las resistencias aparecen por doquier y es función de los profesionales de la salud y en especial de todos aquellos que nos dedicamos a la psicología (tanto organizativa como clínica), el tener la predisposición de poder pensar en los fenómenos humanos ante los que nos encontramos cada segundo de nuestra intervención. Es la única manera que tenemos para humanizar la relación asistencial.

Dr. Sunyer

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