Mi cuaderno de Bitácora del 3 de diciembre del 2008: elaboración de procesos

El día de hoy fue distinto al de ayer. Según el programa debíamos seguir con el mismo tema y ahí ya se indicaba qué íbamos a hacer: confeccionar una historia. Os propuse un tema y ahí os pusisteis durante casi una hora, discutiendo, tachando, añadiendo… ¿qué procesos se habrán dado en cada grupo? Esta es una reflexión a la que no puedo acceder porque andaba de uno en uno, sin centrarme en ninguno. Preferí que os organizaseis entre vosotros sin que mi presencia pudiera como condicionar un poco más vuestro trabajo. Y agotasteis el tiempo que tenía previsto, con lo que poco podíamos hacer más allá de lo que hicimos: leer los diversos relatos y pasarlo un poco a la clínica.

Aparecieron ocho historias, cada cual más interesante. ¿De qué hablan estas narraciones? ¿Qué se pretende hacer mediante ello? ¿A qué viene este tipo de ejercicios? Estas y otras muchas preguntas emergen en cualquier panorama asistencial y en el nuestro, el lectivo, tiene un sentido especial. Hemos dicho más de una vez que la relación asistencial es como un baile. En él, profesional y paciente van realizando movimientos al ritmo de una determinada música buscando generar un rato de satisfacción e interrelación. Satisfacción porque no hay posibilidades de aligerar los niveles de sufrimiento si no transitamos por zonas que nos den un determinado placer, una gratificación mínima. Cierto que en otros momentos se hablaba de que “la letra con sangre entra”; prefiero otro tipo de experiencias menos sanguinolentas. De hecho estamos tratando de pasar de una cultura en la que la culpa era la base de nuestro deambular a la de la interrelación, la interdependencia creativa, la relación vinculante. En esta otra posición buscamos no tanto recrearnos en elementos culpógenos cuanto en aquellos otros en los que se potencia el desarrollo y la humanización de las estructuras.

Cuando me paseaba por entre los diversos grupos lo que veía era unas personas apasionadamente intervinculadas poniendo todo su interés en la creación de algo, en este caso una historia. Se percibían diversas técnicas creativas: desde los que organizaban un guión previo a los que de forma espontánea iban hilando las diversas ideas que emergían en el grupo. Había quienes estaban preocupados por introducir elementos simbólicos, mientras que otros huían como alma presa del diablo de esta posibilidad. Unos y otros arrimabais el hombro para conseguir y alcanzar el objetivo propuesto. Bien, esto ya tiene un componente asistencial importantísimo. El componente terapéutico (recordad que diferencio entre terapéutico y psicoterapéutico) es evidente y resulta justamente de este esfuerzo colectivo por crear algo, por negociar de forma tácita y explícita los componentes y el desarrollo de la historia. En numerosas ocasiones se observa cómo este tipo de actividades consiguen que personas que por su timidez o su falta de costumbre tienen tendencia a replegarse, puedan entrenarse en otro tipo de relación en la que su presencia se haga visible. En otros casos se debe aprender a escuchar, a compaginar la idea propia con la de los demás. Y todo esto y otros elementos afines tienen un marcado poder terapéutico. Bien venido sea.

Sería interesante profundizar sobre los procesos que se daban en cada grupo. Quien llevaba y por qué la voz cantante, quien aceptaba cualquier aportación, quien no la secundaba y buscaba otras alternativas… porque estos procesos son equivalentes a los que se dan en el seno de cada individuo cuando éste debe organizar un discurso o desarrollar un proyecto, o elaborar un pensamiento. Los miles de millones de ideas que acuden a nuestra mente deben dar prioridad a unas pocas para que emerja un discurso más o menos entendible. Y en este proceso intervienen numerosos elementos que realizan funciones similares a las que he mencionado respecto a los miembros del grupo. Y el discurso sale como sale. Y precisamente sale así porque es el resultado de luchas y negociaciones internas importantes. El resultado es un texto, un discurso pleno de coloridos y matices que dejan una huella para quien quiera verla. Y por ello los profesionales podemos seguir algunas pistas cual si fuésemos miembros del CSI. El discurso, todo discurso verbal, gestual, pictórico, musical, plástico, etc., es en definitiva un magnífico test proyectivo. Para ello sólo requiere un par o tres de pequeños requisitos: temática libre, la mayor espontaneidad posible y tiempo para que se puedan dar los procesos mentales. Y ¿qué pretendemos con ello? Conocer los entresijos de parte del funcionamiento mental del sujeto, grupo, institución y si me apuráis, sociedad. Sólo si los profesionales ponemos nuestro esfuerzo en ese conocimiento podremos atinar qué le preocupa realmente al sujeto y comenzar a abordar formas de ayudarle a resolver ese problema. Claro que me diréis: el discurso es colectivo por lo que no puede saberse cuál es la problemática individual. Y os diré que de acuerdo. Ese discurso colectivo (el grupo es algo más que la suma de las partes, lewin) es el de la problemática compartida que adquiere una determinada forma bajo la que se oculta la problemática latente. Lo que nos importa aquí no es lo individual sino la relación, el resultado de las diversas interdependencias que se dan en el seno de un grupo que, por definición, vienen determinadas por las disposiciones de cada uno de los miembros del grupo.

Si trasladamos estos pensamientos y estos planteamientos a la sesión de hoy podremos ver cómo han aparecido ocho relatos a partir de una propuesta general, libre, sin acotamientos especiales. Escribir la historia de “una habitación con vistas”, título que es de una película de James Ivory del año 1986 y que deja bastante abierta la posibilidad de elaboración de historias varias. Y salieron ocho historias muy curiosas y llenas de elementos que espero puedan ser detectados por vosotros, los alumnos. Evidentemente había en todos los relatos un elemento común: una ventana desde la que se apreciaban vistas. No está en el título sino que ha sido una especie de acuerdo tácito común. ¿Qué representará esta ventana? ¿Qué relato sugiere? Podría haber historias que no incluyeran ventana alguna. ¿Habrá uno o varios personajes? ¿Qué les sucederá, si es que les sucede algo? ¿Serán historias de esperanza, de desesperanza, de miedo, dolor, angustia o felicidad?

Por otro lado, ¿qué tipo de relatos son? Si tuviésemos que clasificarlos según la cartelera de cine, la mayoría son dramas. ¿Qué sentido tiene eso? Me imagino que lo normal es decir que es más fácil escribir un drama que otro tipo de narración. También podríamos decir que no tiene más sentido que el que tiene: cada cual escribe lo que le da la gana y es una casualidad el que todos sean dramas sin mayor trascendencia. Sí, es una posibilidad; pero si somos psicólogos… ¿quedarnos aquí es suficiente? Creo que un elemento subyace a muchas de las historias es el susto. ¿Qué hacemos con él? Porque en unos casos el susto nos lleva a crear algo que nos asuste más o no. Cierto que cuando estoy asustado, cuando estamos asustados tendemos a ver las cosas en dimensiones más complejas de lo que realmente son. Es como lo del chiste, ¿susto o muerte? Y el susto es algo que tenemos muy presente en esta formación que estamos realizando. Susto no tanto por la asignatura en sí ni tampoco por la forma de trabajar (que tiene lo suyo), sino susto por las cosas que vamos viendo. Por ejemplo, cuando oigo el comentario sobre si debemos o no poner metáforas pienso que es una forma de querer controlar algo. Lo metafórico hay aparecerá por sí sólo, no hace falta una construcción exprofesa.

Si leemos con atención las ocho historias podemos ver que hay un argumento que todos podemos entender y seguir, y un mensaje latente. Esto es, la parte manifiesta a la que todos accedemos con la lectura y una parte que queda como oculta a la mirada. No es la moraleja de la historia, si bien puede tener algo que ver con ella. Es como un conjunto de elementos que están ahí, que pasan desapercibidos y al tiempo son expresados. Y me vais a decir, ¡menuda tontería, en la historia está lo que está y san seacabó! Ya. Pero es fácil de pensar si consideramos lo que sucedió en los grupos mientras esta historia se cocía. ¿Qué sucedía? Pues que varios de vosotros ibais aportando ideas con las que tejerla, por lo que y aunque finalmente primase una, ésta quedaba impregnada de muchas de las características que señalaban otros compañeros del grupo. Esa impregnación queda reflejada en la historia y, siendo fieles a la idea del CSI, podemos ir rescatando algunos elementos; no todos, claro.

La idea matriz, la que consta como argumento en cada historia es la que oficialmente se va a leer. Es la parte visible que, en terminología psicoanalítica equivaldría al discurso que realiza el Yo. Dicho en otra dimensión, este discurso es el que uno de los miembros del grupo ha escrito como portavoz del resto. Esa figura que actúa como portavoz del grupo es el equivalente al Yo del individuo. Pero ¿cómo ha cocinado la historia? Pues atendiendo al menos a dos partes que le presionaban: una era la que venía representada por el resto de las personas del grupo y que iban añadiendo, quitando, torciendo, quebrando la narración para hacerla producto del colectivo grupal. La otra era el contexto. No hubiera salido la misma historia si nos encontrásemos en otra asignatura o en otra universidad o en otro lugar. Ese contexto representa lo que en terminología psicoanalítica aplicada a esta situación sería el Súper Yo, en tanto que el resto de los miembros del grupo representarían al Ello. Y entiendo algo de lo que estáis pensando: que no es cierto eso, que es una aberración, o que al menos es una hipersimplificación de la teoría psicoanalítica. Esto último, sí. Pero es una forma de explicar cómo la segunda tópica de Freud queda reflejada en las historias que habéis confeccionado.

Pasemos a otro nivel de lectura. El ser humano desde que vive y comienza a poder disponer de un incipiente y precario mecanismo mental (y esto es antes de nacer), clasifica las vivencias y las percepciones en buenas y malas. Y fundamentalmente en estos primeros momentos de su existencia y también tras su nacimiento, los elementos que recoge son las percepciones agradables. Las desagradables quedan desechadas de su aparato psíquico y sólo posteriormente (a partir del tercer mes) podrá comenzar a considerar la existencia de tales elementos negativos o desagradables. Y esta primera clasificación es sobre la que vamos a irnos estructurando a lo largo de todo nuestro desarrollo y nos va a acompañar a lo largo de toda la vida. ¿Y cómo es posible ello? Por la existencia y funcionamiento de dos elementos fundamentales: percepción y memoria. Si no hubiera uno u el otro, todo este desarrollo no tendría posibilidad de darse. Pues bien, a partir de estas dos capacidades fundamentales los humanos vamos calibrando la experiencia vital y todos aquellos elementos que se perciben en el horizonte que son potencialmente peligrosos, activan en nosotros un monto de tensión importante, de angustia en terminología psicoanalítica, ante la que debemos actuar para poderla paliar. Eso, más allá del uso de determinados mecanismos que van como ayudándonos a soportarla, eso sólo es posible mediante la elaboración mental de esos mismos peligros. Elaboración que supone algo similar a lo que para el organismo es la digestión. Elaboramos las vivencias y los temores que vemos en el horizonte. Los elaboramos para poderlos encarar mejor e integrarlos en nuestra experiencia vital para que pueda sernos útil el día de mañana. Y en este proceso, la clasificación de agradable y desagradable es uno de los primeros pasos.

Esta misma clasificación la hacemos constantemente en nuestras experiencias cotidianas. En la lectiva también. Sólo que a lo largo de nuestro proceso madurativo, esta clasificación comienza a no ser tan rotunda como acaece en los primeros meses de nuestra vida ya que comenzamos a realizar un proceso complejo, difícil, costoso y en cierto modo doloroso pero saludable y que consiste en poder articular, vincular, unir aquellos aspectos negativos de la experiencia con aquellos otros positivos de la misma. Este proceso es precisamente el de elaboración que os señalaba. Y es precisamente en los momentos de regresión, en los momentos regresivos, cuando este proceso se interrumpe y reactiva momentos anteriores en los que las cosas o eran buenas y agradables o malas y desagradables. E incluso se llega a momentos en los que la denominada escisión toma cuerpo negando la existencia de una de las dos partes, sea la buena, sea la mala. Es decir, cuando las cosas sólo son buenas o sólo son malas estamos ubicándonos en momentos de nuestro desarrollo en los que la escisión era el sistema encontrado para aliviar la ansiedad y angustia derivada de las percepciones y vivencias que teníamos. La elaboración de las mismas supone un trabajo de integración para que el ser humano disponga de instrumentos mentales que le integren en el entorno y en las relaciones con los demás. Pero esto ya va a ser motivo de otro texto.

De momento lo dejaré aquí.

Dr. Sunyer

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