Mi Cuaderno de Bitácora del 2 y 3 de diciembre del 2008: fiabilidad, respeto y conocimiento

Mi cuaderno de Bitácora del 2 de diciembre del 2008: fiabilidad, respeto y conocimiento.

Alguna persona perspicaz y observadora me dice, ¿cómo estás? Digiriendo, le dije, aludiendo a este complejo proceso mental mediante el que desintegramos las vivencias para poder reintegrarlas después. Y me sonrió. Sonrisa que agradezco. En realidad alguna otra persona también se preocupó. ¿Por qué? Quizás algo sucedió en el grupo del martes que no he podido escribir nada hasta hoy. Bueno, en realidad lo intenté. Pero lo que escribía estaba muy cargado y no ayudaba en demasía al lector. ¿Qué pasó? Aparentemente nada. Pero mi cuerpo informaba de que algo sí había pasado. Y es que esta profesión tiene eso. Recuerdo que unos miembros del grupo de alumnos actual se preguntaban sobre la similitud entre el trabajo de psicólogo y el de arqueólogo. Uno de los puntos similares era que ambos se ensuciaban; sólo que mientras que uno podía limpiarse con llevar la ropa a la lavadora, el otro… lo tenía más complicado. Y eso debe ser. ¿Pero con qué me manché?

Hay algo que me sorprendió y mucho. De hecho hay algo que ya el curso pasado comenzó a darse y este año parece que se confirma. O que me estoy haciendo mayor y que desde esos años que peinan canas se percibe un territorio novedoso y peligroso. Novedoso para mí, claro. Peligroso para las generaciones posteriores. El ejercicio es el de siempre: se propone trabajar una serie de elementos que aparecen en un cuento. Y luego las vamos poniendo en común; más o menos.

En un momento del grupo grande en el que la discusión se centraba en un debate entre dos o tres personas y el tiempo comenzaba a apremiar, me planteé un dilema. O dejaba que algunas personas del grupo fuesen aportando sus interpretaciones del cuento de los hermanos Grimm dejando la riqueza del cuento para otros momentos, o complementaba estas aportaciones con lo que veía con mis ojos. Resolví este dilema al considerar que dado que mí función es la de profesor de una asignatura determinada, era responsabilidad de esa función el aportar la visión que me aportan los conocimientos que poseo. Y mi sorpresa fue el constatar que esa visión no era precisamente muy escuchada. Recuerdo que durante mis intervenciones, mientras iba desgranando mi pensamiento en relación con los elementos metafóricos del cuento de “La serpiente blanca”, bordeaba zonas que consideraba que podían no ser entendidas por la mayoría de los presentes dados los mensajes que percibía por parte de algunos miembros del grupo. Claro que podía haber optado por callar y por dejar que fuesen las personas hablantes del grupo los que llevaran la voz cantante. Pero no me pareció oportuno dado que las personas callantes no encontraban la manera de introducir su opinión. Y al ofrecer lo que desde mí era evidente me encontré con una reacción inesperada, algo violenta, y que banalizaba lo que a mi entender correspondía decir. Esas cosas suelen aparecer en los espacios asistenciales, pero no en los académicos en los que suelo percibir deseo de aprender y ansia por ir un poco más allá de lo que es evidente. En esta tesitura me vinieron a la mente tres palabras: fiabilidad, respeto y conocimiento.

La cuestión que parecía ponerse sobre el tapete era no sólo una duda respecto a las interpretaciones que eran muy evidentes para mí y que quería compartir, sino que se percibía una imposición por mi parte. Como un deseo explícito de que fuese ese el pensamiento que se tenía que tener. Cierto que no era todo el grupo sino tan sólo algunas personas. Pero se generó una situación de tensión que iba más allá de un intercambio de opiniones. Y cuando lo percibí, cuando me di cuenta de que había algo más y lo comencé a señalar, emergió otra ola de protesta, de queja. Como diciendo, “si, lo que faltaba, ahora va y nos lo interpreta”. Y efectivamente lo hice: señalar que había un IVA, un valor añadido a la discusión que poco tenía que ver con las diversas interpretaciones que se podían dar del hecho. Y que ese valor añadido posiblemente tenía que ver con mi posición de autoridad respecto al grupo (soy el profesor, claro) y que algo en relación a mi forma de plantear la intervención psicológica, algo de mi enfoque particular que no deja de ser psicodinámico y grupoanalítico en particular, no era muy bien recibido. Creo que este relato se ajusta a lo que sucedió. Claro está, siempre desde lo que percibí. Seguramente hay muchas otras percepciones del momento.

Varios son los elementos que constituyen el suceso. Algunos de ellos son de tipo personal y en los que no voy a entrar, claro. Pero creo que sí debemos entrar en los otros. Y me centraré en el punto desde el que voy pensando y desarrollando esta actividad lectiva ya que considero que es ésta la que a todos nos puede ayudar a seguir aprendiendo: la relación que aparece en el aula es paralela a la que emerge en los ámbitos asistenciales. Y la relación es un entramado complejo de interdependencias vinculantes en las que el poder forma parte consustancial a todas ellas. Si tomo esta idea y la traslado a la situación lectiva de ayer sería algo así como que hay un profesional que propone un determinado ejercicio a su paciente y éste, tras hacerlo, no admite las observaciones que realiza el profesional, aduciendo que son sus interpretaciones y que no coinciden con las suyas. Por lo que cada uno se queda con lo que tiene y ¡santas Pascuas! Y a esa conclusión se llega porque el paciente percibe que el profesional pretende influirle con su pensamiento, cosa a la que no está dispuesto. Y que aquí acaba el juego. Y en cierto modo el paciente tiene toda la razón del mundo: nadie tiene por qué influirme en mi pensamiento y en consecuencia nadie me va a influir ni mi pensamiento, ni mi conducta, ni en mi forma de ver las cosas. Y tiene toda la razón porque el paciente ve al profesional como alguien que pretende como modificar su visión de las cosas, como si fuese un enemigo que está ahí para dañarlo al querer modificar su manera de ser, pensar, sentir… Ahora bien, si me pongo a pensar en esta situación, ¿cómo la puedo entender desde la psicología?

De entrada deberemos pensar que creer que no existen influencias permanentes sobre nuestra forma de ser, pensar, sentir y obrar, es iluso. Y no sólo por medio de la prensa y los medios de comunicación social, sino que toda relación interpersonal, toda relación entre una persona y otra, contiene una dosis importante de influencia de uno sobre otro. Negarlo sería algo así como considerar que la fuerza de la gravedad no actúa sobre mí. Y si mis pocos conocimientos de Física no están errados, no existe lugar en el Universo en el que eso se de. Como pienso que no somos ilusos tendré que considerar que ese temor a la influencia surge desde otro u otros lugares. Por ejemplo desde la fiabilidad.

Podríamos considerar que esta palabra guarda relación con la idea de fiarse de alguien, de creencia de que el otro no me va a dañar. Si me fío de alguien y le doy mis llaves del coche es porque sé que el uso que va a hacer del mismo no va a ser perjudicial ni para él ni para mí. Es decir, que ni se va ni me va a dañar. En mi terminología que está fuertemente influida por el psicoanálisis diría que el sujeto (yo) no teme al objeto (él). Cuando el sujeto no se fía del objeto, es decir y volviendo a nuestro tema, cuando el paciente no se fía del profesional es que teme que el objeto le dañe. Este objeto es el profesional. Entonces si me meto en el sujeto, es decir, si mediante este mecanismo de la empatía que debemos activar y desarrollar, nos metemos en la piel del sujeto, nos deberíamos preguntar por el por qué teme al objeto. ¿Qué ve de peligroso en el objeto para no fiarse de él? ¿Cómo el profesional puede dañar al paciente si nos ponemos en su piel? Se me ocurren varias posibilidades: a) que realmente el profesional le dañe. b) que aunque no le quiera dañar, el paciente se sienta dañado por él. El primer caso es casi descartable dado que, en principio y suponiendo que el profesional es una persona normal y que más allá de los principios éticos de funcionamiento éste actúe buscando el bien del paciente, no realizará actividades o dirá cosas con ánimo de ofender.

Si descarto este apartado queda el segundo. ¿Cómo y por qué se va a sentir herido? Aquí se amplían las posibilidades. Una sería que a través de la relación introdujera “algo” que provocara un daño en el paciente. Es decir, el profesional va a decir algo y ese algo se introduce en el paciente y le daña. Pero ese daño no es intencionado; el profesional no quiere dañar al paciente. Por lo que nos quedamos con que bien sea que eso que introduce genera en el sujeto una vivencia dañina, o que el mero hecho de que alguien pueda introducir en mí algo ya es vivido como dañino. ¿Qué puede ser esa vivencia? Algo que modifique mi estatu quo, mi equilibrio interno y, consecuentemente, tenga la vivencia de que cambia mi manera de ver las cosas, cambia mi forma de proceder, cambia en definitiva un aspecto de mi identidad. Otra posibilidad sería que lo que entiendo de lo que me dice (es decir, de lo que el profesional quiere meterme en mí), o el mismo hecho de la influencia lo viva como dañino. No voy a entrar ahí para no extenderme en demasía, pero en cualquiera de los dos casos la vivencia de daño parece que proviene de la del temor ante la idea de cambio de mi identidad. Dicho en terminología psicoanalítica quizás más actual sería que el temor a que mi self sea modificado por las intervenciones del profesional activa en mí las fantasías persecutorias y las reacciones contra él. De hecho, y trasladándonos a dos ámbitos tan diferentes como pueden ser el médico y el social podríamos pensar que, por ejemplo, el temor a los medicamentos o a una inyección, más allá del dolor físico (que se vive como intolerable) guarda relación con ese temor al cambio de identidad. Y a nivel social, cualquier intervención social como puede ser el hecho de aceptar a los inmigrantes viene acompañada por el temor (en ocasiones real y muchas veces fantaseado) del cambio en la identidad del país o región que los acoge.

El segundo lugar desde el que podemos pensarlo y que va ligado al anterior es el del Respeto. Por tal entendemos bien el temor ante algo del que recelo un ataque. Bien la veneración, acatamiento que se hace a alguien, bien el miramiento, la consideración y deferencia. En el primer apartado, cuando recelamos de alguien por un posible ataque, creo que va bien ligado a lo anterior de la fiabilidad. O sea que no repetiré lo dicho. En el segundo, el acatamiento que tiene que ver con la aceptación de la autoridad o la consideración y deferencia respecto a alguien, creo que vale la pena considerarlo. En este sentido creo que mi figura en clase, por edad, responsabilidad y experiencia, es de autoridad. Como lo es la del profesional que se encuentra ante un paciente. Esa autoridad, es decir, ese elemento que proviene no sólo por ejercer un determinado mando sino y fundamentalmente, por el prestigio que deriva de ser alguien con competencia en el tema, no siempre es fácilmente asumible y tolerable. Con facilidad el significado se desliza hacia terrenos de autoritarismo o se propone la idea de su futilidad, de su inoperancia o inutilidad. Pero lo cierto es que los humanos precisamos de la autoridad. De ese aspecto de la autoridad que posibilita, precisamente, el desarrollo. Y posibilita igualmente el orden para que éste se dé. Con harta facilidad consideramos que el grupo puede funcionar sin ella cuando lo que sucede, en los experimentos que se han desarrollado bajo esta premisa, es que la autoridad latente, silenciosa y aparentemente inexistente es mucho más dañina y descontrolada que la otra: la visible, la manifiesta. Y es cuando el paciente, por volver a nuestro terreno, vive la autoridad bajo premisas autoritarias y castrantes, que las reacciones contra ella son evidentes. En este caso diríamos que el paciente tiene un problema con la autoridad y lo que de ella se deriva. Sólo que aquí hay un elemento que hace compleja la situación: puede ser que el paciente sólo acepte su propia autoridad. En estos casos o quiere ser quien la tenga y ejerza (lo que comienza a oler a autoritarismo), o se queda aislado considerando que él sólo depende de él mismo. En los grupos humanos, tanto en la familia como en las organizaciones o en la propia sociedad es más dañina la autoridad transvestida de igualitarismo que la que se dibuja clara y definidamente. Y ello porque a la segunda se le puede controlar, ejercer un mecanismo para evitar que transite hacia el autoritarismo, mientras que a la primera no.

Finalmente el tercer ángulo tiene que ver con la idea de conocimiento. Claro que esto en el terreno universitario es complejo. Porque aquí conocimiento lo podemos entender como la acción y efecto de conocer, y eso ya es más delicado. Porque averiguar las cosas y lo que las rodea, tratar de entender más y mejor lo que sucede conlleva una modificación más o menos importante de los conocimientos que poseo para poder integrar otros nuevos. En este terreno no puedo dejar de pensar en un trabajo de Bion que lo titula “El odio al aprendizaje por la experiencia” (1980, Experiencias en grupos: 73) en el que habla de la radical aversión hacia el aprendizaje por experiencia. La idea puede sorprender. E incluso, y dentro de la lógica de lo que estamos diciendo, puede generar rechazo. Y ese rechazo surge, de nuevo, de las consecuencias que tiene para el individuo, para el paciente la incorporación de ideas, la revisión de actitudes, la constatación de limitaciones, la aceptación de errores, la superación de duelos no elaborados, el contacto con sentimientos complejos y variados, aspectos todos estos que provienen de las intervenciones del profesional. En realidad ésta es una de las más complejas dificultades de la actividad asistencial: cuando el paciente descubre que realmente debe comenzar a modificar cosas, a replantearse la manera de ser, de pensar, de vivir, de actuar, debe plantearse una serie de sentimientos propios y ajenos, y es en estos momentos cuando los procesos psicoterapéuticos entran en zona dificultosa. Los temores a las consecuencias de los cambios son grandes ya que esos cambios de alguna manera pueden ser considerados como modificaciones en su identidad. ¿De qué se va a quejar una persona que durante años ha ido transitando con una etiqueta diagnóstica si abandona todas aquellas características que le hacían ser el raro ante los demás? No quejarse, comenzar a disfrutar de la vida de otra forma, representa un aceptarse de otra forma y disfrutar del vivir. Y los efectos secundarios de la mal llamada enfermedad, desaparecen. Va al “paro” en el sentido metafórico y debe comenzar a vivir.

Volviendo a la situación lectiva. Soy muy consciente de lo que representa este tipo de trabajo que realizamos para todos y cada uno de los miembros del grupo. NO es nada fácil que en una universidad se permitan, toleren y acepten procesos lectivos cercanos a la experiencia emocional. No sólo por la estructura sino y principalmente por los alumnos que con facilidad pueden decir aquello de que aquí no venimos a hacer terapia. Y eso, siendo cierto no lo es totalmente. Evidentemente nuestras sesiones no son terapéuticas ni psicoterapéuticas, pero tienen consecuencias tanto terapéuticas como psicoterapéuticas. No hace muchas fechas hablábamos de los temores que aparecen ante la pérdida de la identidad consecuente al intercambio de opiniones e ideas. Aceptar las ideas de los demás, tolerar discrepancias, aprender a escuchar, a ponerse en la piel del que habla, a expresar mediante la actuación situaciones emocionales determinadas, no es nada fácil. En muchas ocasiones creemos que el grupo grande es un espacio asambleario en vez de considerarlo como el crisol en el que cuecen ideas. Todas estas ideas provienen de experiencias diversas. De las de los miembros del grupo y de las del conductor del mismo que, por rol, edad y condición, poseen una tonalidad e identidad diferente. Como la tonalidad e identidad diferente son las ideas que aporta el profesional al paciente. Y aunque podríamos considerar que las ideas todas son válidas, no lo son el lugar desde donde son expuestas. En la terapia como en la academia, no todos ocupamos el mismo puesto. Y eso desde hace varios miles de años.

Dr. Sunyer

No Comments

Post A Comment