Mi cuaderno de Bitácora del 14 de octubre del 2008: homo ludens

Mi cuaderno de Bitácora del 14 de octubre de 2008

Homo Ludens

Profesionales desastrosos… esta era la misión de hoy. Pero fuimos “políticamente correctamente desastrosos”. Como frenados. ¿Por qué es más fácil ser un paciente desastroso que un profesional desastroso? Entiendo que estamos en una facultad y parece que aquí hay que hacer las cosas bien. Estoy de acuerdo pero… ¿hacer de profesionales desastrosos es hacer las cosas mal? Quizás lo desastroso es precisamente hacerlo bien. Y ¿por qué califico de desastroso a eso?

Porque nos privamos de la posibilidad de aprender. Y uno aprende de los errores. De la misma forma que nos fijamos en aquellos comportamientos que salen de la norma pero que precisamente por esto aprendemos más del ser humano, aquí deberíamos ser capaces de jugar a hacerlo mal. Precisamente para poderlo hacer bien. ¡Menuda contradicción!

¿Por qué uno es políticamente correctamente desastroso? No sé muy bien por qué. Recuerdo esas muchas situaciones en las que uno aprendió a hacer algo. En algunas de ellas quería agradar tanto a quien me enseñaba que me esforzaba un montón en hacerlo bien. Recuerdo a uno de mis sobrinos que adoptado y proveniente de un país en conflicto bélico, y habiendo vivido la mayor parte de su vida en un orfelinato, no sabía ir en bicicleta. Pero ¿qué pasaba? Pues que no podía aprender porque para él mostrarse como el que no sabía ir en bici era tan humillante, que la propia humillación le impedía subirse a ella. Entonces me pregunto, ¿y esa humillación?

Si consideramos que el grupo o el profesor son como jueces que van a juzgar nuestra actuación, entonces comienzo a entender algo de eso. Es decir, si jugamos a pacientes podemos permitirnos el lujo de montar un teatro súper maravilloso; pero si jugamos a profesionales… ¿curioso, no? Nada hay más importante para el aprendizaje que el estímulo de nuestras capacidades como Homo Ludens. Desde nuestra más tierna infancia, la capacidad de juego está ahí al servicio del aprendizaje.

Si un bebé tuviera que coger un objeto con la seguridad de que lo va a coger bien, como Dios manda, nunca lo cogería ya que la probabilidad de cogerlo mal está ahí presente siempre.

Un espacio terapéutico también es un espacio lúdico. Como lo debiera ser el académico. Y es un espacio lúdico no en el sentido de amortiguar el sufrimiento, banalizar sobre lo que pasa, reírse de sí mismo… No. Es un espacio lúdico porque es el único lugar en el que vais a poder ofrecer la posibilidad de jugar en y a través de la relación. El espacio psicoterapéutico (como el académico) debe ser un lugar seguro para poder reinventar las cosas, repensarlas desde otra orilla que la académica o políticamente correcto. Las ideas, los afectos, las relaciones, cuando se colocan en la cancha de juego para poder jugar con ellos tal y como hacen los niños con los objetos, comienzan a tener una función que oxigena las relaciones interpersonales. Es más, la única manera que tenemos para humanizar las estructuras asistenciales, productivas, económicas, políticas, sociales, es pudiendo introducir la capacidad de jugar, la capacidad de poder pensar, repensar lo que nos sucede a las personas cuando estamos con personas. No creo que haya teoría psicológica válida si ésta no pasa por el cedazo del juego.

Jugar es la posibilidad de experimentar sabiendo que en esta experimentación está la base de nuestro enriquecimiento. ¿Por qué los profesionales desastrosos, para serlo ponían su interés en lo económico? ¿Cabía el profesional que se lía con el paciente? ¿Cabría el que se enfada y le expulsa de la consulta porque él no está para perder el tiempo? ¿Cabría el que al ver que el paciente le repite, se pone a jugar con la repetición? ¿Cabría el que ante la angustia por la suciedad se pusiera a limpiar junto con el paciente todo lo que encuentra sucio? ¿Cabría el que le cuenta sus problemas al paciente? ¿O le pide dinero prestado? Y podríamos seguir. Cierto que hubo el profesional pasota, el que señalaba que eso era una esquizofrenia y punto, o que era algo raro y que no lo había visto nunca, o el que se ponía borde con el paciente, o el que se ponía a hablar por teléfono.

Pero tuve la impresión de que os sentíais más libres siendo pacientes que profesionales. Como si la palabra profesional os impusiera una gruesa capa (que como sucedía en el caso de Juan), podía llegar a incapacitaros.

De ahí pasamos a la identidad, no sin antes tocar el tema de “para qué le sirve un paciente al profesional”. Como visteis, nos sirven de mucho. Y entre otras cosas, para darnos una identidad. O mejor, un fragmento de nuestra identidad. Y cuando ese fragmento acaba siendo buena parte de esa identidad, cuando deje de estar… ¡qué problema! Y los humanos ponemos la identidad en muchos lugares. En el trabajo. En la profesión. En una bandera. En un paisaje. En una teoría social. En una teoría psicológica. El problema aparece cuando este fragmento acaba siendo todo. Entonces, su modificación, su cuestionamiento excede nuestras capacidades y pasamos a atacar al otro porque cuestiona eso que es nuestra identidad, o nos deprimimos. Como si no hubieren otras salidas. En ocasiones, también la enfermedad, el diagnóstico, la etiqueta, son fragmentos de esa identidad.

Por esto, si somos capaces de introducir lo lúdico, podremos relativizar buena parte de nuestra profesión y llegar a ser, en consecuencia, buenos profesionales.

Dr. Sunyer

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