Mi cuaderno de Bitácora del 8 de octubre del 2008: situaciones embarazosas

Mi cuaderno de bitácora del 8 de octubre de 2008

Situaciones embarazosas

Ocho representaciones, ocho. Que se correspondían todas a las escenas temidas que tenemos los profesionales. Pero, ¿sólo los profesionales? Creo que no. Las escenas temidas, las fantasías sobre cómo será algo, la imaginación que se nos activa ante lo que va a venir o puede pasar es uno de los mecanismos que tenemos los humanos para paliar de alguna forma los efectos ansiógenos de todo inicio, para organizar nuestras “defensas” y para irnos preparando ante lo que es desconocido. Sin ir más lejos, tras la presentación del primer día… ¿cuántas fantasías se activaron, muchas de ellas derrotistas, negativas? Pero… ¿siempre es así?

Pues sí. Los estudios demuestran que desde nuestra más tierna infancia emergen como productos de la actividad mental, actividad que en un inicio está muy cargada de elementos somáticos y fisiológicos. Y es justo esa actividad mental inicial la generadora de sensaciones con valor tanto positivo como negativo, y que frente a las vivencias, muy primitivas, de tipo negativo, éstas son como expulsadas de la consciencia y atribuidas (eso algo más tarde) al “exterior” y no al “interior” del ser humano. Dicho de otra forma: el cachorro humano, siguiendo las pautas de la propia naturaleza, tiende primero a borrar de su registro aquellas vivencias que son catalogadas como negativas; posteriormente, cuando ya no las borra, las adjudica al exterior, que se convierte en el causante de todos los males. Sólo posteriormente, cuando la capacidad psíquica va en aumento, el cachorro (menos cachorro ya), puede comenzar a considerar que eso también está en la experiencia vital y, llegado el momento, a incorporarlas a la comprensión del mundo en el que vive. Lo que en todo caso es más significativo de todo esto es que este mecanismo psíquico no sólo es una manera de disminuir la ansiedad que genera la vivencia negativa, sino que es un indicador de la existencia de esa misma ansiedad y, por lo tanto, es un mecanismo de comunicación. Y, además, coexiste toda la vida del individuo y es pareja, similar, idéntica a lo que los humanos hacemos como colectivo social, como grupo.

Cuando ocurrió el susto, sustazo del primer día, algunos fueron a comentar algunos aspectos de ese susto con otros profesores. ¿Cómo entender ese movimiento? SI lo leemos desde la perspectiva de estas líneas podríamos decir que la ansiedad despertada por el profesor de la asignatura en cada uno de los miembros del grupo, en unos cuantos tuvo que ser depositada en otras personas de la estructura administrativa universitaria buscando que esas personas les calmaran. Esa misma respuesta ocurre en muchísimos lugares: en la familia, en las empresas, en los grupos humanos varios. Habla de la dificultad de contener la ansiedad que se despierta. En otros la respuesta puede ser la de culpar al profesor del mal funcionamiento de la asignatura. Ahí el profesor se convierte en el agente externo culpable de la ansiedad que a mí me despierta ver que estoy perdiendo el tiempo en esta asignatura. En otros… la lista es larga y creo que cualquiera de los que me están leyendo pueden irla completando. Y la podemos constatar en la política de forma continua. Es un mecanismo psíquico que puede evolucionar, lo que representa un grado de maduración del sujeto, del grupo, de la sociedad. Pero eso supone, consecuentemente, asumir la parte desagradable como algo también personal (por ejemplo, si va mal la asignatura es porque hay quienes pueden contribuir para que no vaya bien; o si hay crisis económica es porque ha habido en quienes nuestra sociedad han contribuido a que esto vaya así buscando, por ejemplo, enriquecimientos exagerados o entrando en una rueda consumista sin control…)

Pero junto al mecanismo que desplaza o ubica lo negativo fuera de uno por ser difícilmente asumible como algo propio, es también un indicador de que hay unos determinados niveles de angustia y que no sabemos qué otra cosa hacer con ella. Esa ansiedad es el motor que activa la creación de fantasías que, en determinados momentos, puede ser hasta incapacitante. Por esto el hablar supone un primer paso para poder desarrollar mecanismos de control más elaborados y precisos.

Situación uno: el pasota. No es una situación fácil. Podríamos decir que, si hablamos en términos de ansiedad, el pasota trata de aislarse de las cosas para no “contaminarse” de la ansiedad que provocan esas mismas cosas. Y al no tomar partido obliga a que el profesional se haga cargo de esa ansiedad negada. En realidad hay algo más que ansiedad negada: hay una separación total entre el sujeto y lo que le rodea, una escisión que le conduce a negar la realidad en la que se encuentra. Por esta razón, nuestro pasota “pasaba” de lo que la profesional intentaba hacer e intentaba, al negar la situación real, crear una diferente a partir de una cierta complicidad “¿qué escribes? ¿Quieres una piedra?”
NO vamos a negar que esa situación temida, la de encontrarse con ese quien niegue la realidad y por lo tanto nuestra propia existencia como tales, genere un monto de ansiedad importante. Ese mecanismo también está depositado en algunos componentes del grupo y genera esa misma ansiedad que veíamos representada en la escena.

Situación dos: el silencio. Otra situación que no es fácil tampoco. Pero fijaros que ese silencio que se representaba con una perfección exquisita no era un elemento depresivo sino opositor: era un silencio activo. Una especie de “huelga de brazos caídos” que aquella paciente ejercía como consecuencia, en parte, del abandono al que su madre la había confinado: “¡ahí te quedas!” Ahí, fijaros bien, la ansiedad que se despierta no es como la de antes. Aquí proviene de la oposición, de una actitud beligerante del paciente que se niega a colaborar. A pesar de los cambios de posición de la profesional, el paciente mantenía su fuerza, su pulso. Y, la verdad, ante ello sólo cabe una dosis de humildad. Sólo existe un pulso si dos lo establecen. Ese elemento también está en el grupo.

Situación tres: la seducción. Oh! Qué peligro. Esta es otra de las fantasías con las que apechugamos buena parte de nuestro periplo profesional. La seducción (fijaros en la etimología latina, por favor), es un instrumento que tenemos todos los humanos (a igual que los instrumentos anteriores) para conseguir traer al otro a nuestro terreno. En ocasiones puede ser muy agradable. E incluso creo que en toda relación hay ese componente. Sin embargo en la escena tenía un punto de exageración: no era el mostrarse agradable con el profesional, era la búsqueda activa de una complicidad. La actuación, magistralmente llevada a cabo, mostraba un intento activo para eludir cualquier tema que tuviera que ver con la situación real y sustraer al profesional de sus obligaciones. Son situaciones que, os lo digo de veras, son embarazosas. Porque introduce un elemento en la relación del que es difícil desprenderse: siempre está presente. En parte porque activa en el profesional fantasías que, en caso de acabar confundido por la situación, pueden dar pie a situaciones muy, pero muy complicadas. Y ¿qué pasa con la ansiedad aquí? La seducción está al servicio de ella, buscando apartar la situación ansiógena y conducir la relación a un terreno en el que domina el seductor. Y por lo tanto su ansiedad queda mejor controlada. Esa situación también está en el grupo.

Situación cuatro: Pelea. SI la seducción es una compleja situación en la que el manejo de los elementos relacionales se torna difícil, la discusión y pelea es otra situación pareja. Existen muchos tipos de pela, cierto, por lo que no podemos hacer una receta de qué se hace en estas circunstancias. Pero fijaros dónde está la ansiedad, de dónde procede y a qué conduce. La ubicación se localiza en el centro mismo de las relaciones entre ese grupo familiar y el profesional. Procede de la propia dinámica del grupo familiar. Conduce a una actuación casi violenta por parte del profesional. ¿Cómo hace el profesional para controlar la rabia que genera esto? ¿Cómo hacer para que la confusión que deriva no llegue a paralizar nuestra capacidad de pensar y acabemos con actuaciones dañinas? Una recomendación: no meterse nunca en medio del partido de ping-pong. Pero sí señalarlo. Sí indicar, en cuanto aparezca la pelota en el aire, que eso no es un partido de ping-pong. Que de los reproches ya habrá momento para hablar. El objetivo de eso es tratar de contener la ansiedad que se ha instalado y que, de no contenerse, como en las centrales nucleares: peligro de explosión. Este temor también está en el grupo.

Situación cinco: regresión psicótica. La regresión es un retorno involuntario a situaciones anteriores en las que se controlaba y sostenía mejor la ansiedad; porque ésta adquiría formas y maneras diferentes, menos duras, de las que adquiere ahora. La regresión psicótica sólo la podremos contener y trabajar en situaciones en las que un equipo de profesionales están para ello: los centros de asistencia psiquiátrica. En esos muros disponemos de recursos más complejos y específicos para el abordaje de estos elementos regresivos. La consulta individual requeriría profesionales de mucho cuerpo torero. Ese temor también se pasea por el grupo.

Situación seis: situación legal y de confidencia profesional. Terreno complejo donde los haya. Pero más allá de lo legal el tema es más peliagudo: ¿qué hacer con las confidencias más o menos duras de las que podemos ser depositarios? La capacidad de cada uno para contener la ansiedad que tal confidencia lleva adherida determina la conducta a seguir posteriormente. Creo que me haría cargo del secreto. Y lo trabajaría. Lo trabajaría incluso hasta el extremo de poder llegar a que la persona lo denuncie. Y trabajaría también las razones por las que me lo comunica. ¿Qué es lo que le agobia tanto que debe ponérmelo en mí? Aquí la ansiedad queda trasladada al profesional y por esto es el profesional quien debe desarrollar las capacidades necesarias para poder contenerla, trabajarla, elaborarla y convertirla en elemento psicoterapéutico. Las ansiedades que se generan en el grupo, claro que quedan depositadas en la figura del profesor quien hace los posibles por contenerlas, trabajarlas y devolvéroslas más elaboradas. ¿tienen estos escritos algo de eso? Algo habrá.

Situación siete: niña y caprichosa. Las ansiedades infantiles son las que son. Y el profesional debe colocarse a este nivel para poder trabajarlas. De nada sirve pretender que el niño, que viene como viene y está como está, se traslade él a la situación de adulto. Aquí es el adulto quien debe ir al nivel del niño. Por eso no puede decir aquello de “juega y ya iremos viendo qué hacen los papas en el juego”. NO. Hay que jugar con el niño. Y posiblemente convertirse en papá o mamá o… lo que el niño precise para poder ir desentrañando los hilos en los que se columpia la ansiedad. Otra cosa es ¿qué hacemos con esa ansiedad nosotros los adultos? Cuando perdemos nuestra capacidad lúdica, perdemos nuestra capacidad terapéutica y psicoterapéutica. Eso, ya lo veis, también está en el grupo.

Situación ocho: quien no quiere ir. Entonces, ¿si no quiere, a qué jugamos? Evidentemente se están activando ansiedades que seguramente son de tipo paranoide. Ahí estaban esas. ¿Por qué no aliarse con ellas? Pero claro, eso supone que el profesional, arte torero por en medio, ha de poder ir trabajando sin trabajar, abordando la situación de quien no quiere venir. Abordar la posición de pelea familiar y hacerse cargo de ella. Y como estaba enfadado, tomar el enfado. Recordad algo: somos cabreólogos, es decir, expertos en cabreos. Eso, como ya podréis suponer, también está en el grupo.

Y lo dejo por hoy. Me reclaman otros casos.

Un saludo,

Dr. Sunyer

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