Mi cuaderno de Bitácora del 1 de octubre del 2008. Cuánto pesan las palabras

Mi cuaderno de Bitácora del 1 de octubre del 2008.

Cuánto pesan las palabras.

Sí. ¡Cuánto pesan! Y ese peso proviene de algo que es inevitable: su significado. Y cada uno le da el significado que puede atribuirle. Recuerdo hace tiempo, coincidiendo con el inicio de la famosa guerra de Irak, que una compañera me decía que “no tienes que hablar de rabia, odio, agresividad, porque son palabras que asustan. Tienes que buscar palabras como enfado, malestar…!” Ahí entendí que las palabras asustan. Y eso significa que nos asustamos con ellas, claro.

Os decía que estamos en una sociedad a la que parece gustarle pensar ingenuamente. Signos de los tiempos que se ve hasta en nuestros políticos. Tenemos miedo. Pertenecemos a una sociedad que tiene miedo, que está asustada, que no está por la labor de digerir cosas que son reales como la vida misma. La Muerte está entre nosotros como parte inseparable de la Vida. Entiendo que es mucho más bonito hablar de la Vida que de la Muerte. Pero no hablar de ella, no integrarla dentro de nuestro vivir, no nos permite ni vivir ni nada. Y junto a estas dos palabras hay otras como Agresividad, Odio, Rabia. Cierto que también hay Amor, Cariño, Comprensión…, pero parece que estamos empeñados en que no existen o mejor no pronunciemos las primeras. Y entonces jugamos a falsos. Los humanos somos una especie que mata a sus semejantes. Los hombres matamos a hombres. O nos podemos matar a nosotros mismos. Que pueda matar a otro hombre o que me puedan matar a mí, no significa que necesariamente lo tenga que hacer. Los padres matamos a nuestros hijos cuando, por ejemplo, abortamos. Pero la palabra aborto es más suave.

Matamos a nuestros ancianos o a personas que están sufriendo un montón, por mucho que le llamemos eutanasia o muerte asistida. Y podemos entender, comprender e incluso en algún caso, justificar que eso es lo mejor que puede suceder. No lo sé, pero hay quien puede pensar así. Unos padres pueden decidir matar a su hijo porque no quieren hijos, no pueden tenerlos, no… lo que sea. Y la sociedad organiza legislaciones para que eso entre en lo “legal”. Otra cosa es la procesión que queda por dentro. Y lo cierto es que en muchas ocasiones vais a tener que acompañar el dolor que supone para una persona tomar esa decisión. Y ese dolor viene del hecho de que ha matado. Y lo más seguro es que sus razones tengan un peso extraordinario. También matamos de otras maneras: si viene alguien a robar en mi casa o agrede a uno de los míos y en aquel momento tengo la posibilidad de matarlo, lo haré. ¡Cómo no!

Cierto que si puedo evitarlo escogeré esta opción. O si nos podemos escapar… pero hay casos extremos en las que una persona ha tenido que llegar tomar esta decisión porque no tenía otra alternativa. El dolor moral, el psíquico, va por dentro. Y es más, posiblemente a nivel legal estaré absolutamente protegido. No lo dudo.

Las palabras pesan. Preferimos usuario a paciente porque usuario pone el acento en un lugar diferente al del padecimiento. ¿Qué mandangas nos pasa con el padecimiento? Preferimos decir “tiene una depresión” a “es una persona absoluta, totalmente triste” Claro que si está triste se me abre un mar de posibilidades. Y esas posibilidades pesan mucho. Dos comentarios vuestros lo señalaban. “SI uno tiene que estar vinculado a todos sus pacientes…” o “uno no tiene que ser muy amigo del paciente…”

Nos asustan, y mucho, las consecuencias de la relación. Somos limitados, cierto. No podemos con todo, cierto también. Pero también es cierto lo que dice mi amigo Badaracco: los que menos creemos en la salud mental somos los profesionales del gremio. ¿Por qué? Porque supone meterse en una relación, implicarse, establecer una categoría diferente de vínculos que posibiliten unos cambios (no todos los que uno desearía). Y esos cambios también le ¡cambian a uno… buf! ¿Cómo voy a hacer esto toda mi vida?

A veces oigo eso de “es que hay que vivir la vida” Y yo me pregunto: ¿eso no es precisamente vivirla? Cuando uno trabaja, interactúa, se despierta de noche pensando en un paciente, se cabrea con el diré…, ¿eso no forma parte del vivir la vida? Quizás es que nos asusta tanto que pensamos que vivir la vida es sólo estar en una playa caribeña tomando el sol. Pero no sólo los que podemos estar en esta aula: es una corriente de pensamiento social. Ya nos lo dijo otra compañera: hay modas… Y esta es una. Pero, ¿a qué obedece? ¿Por qué todo un inmenso colectivo (occidental por más señas) considera que trabajar, esforzarse, vincularse a personas y a cosas, soportar las separaciones, aceptar que hay sufrimiento, dolor…? Muchas veces me pregunto si nuestra civilización actual, la que ha conseguido avances importante a nivel no sólo técnico sino incluso social, no está sufriendo, padeciendo por algo que ese mismo gran colectivo ha vivido. En España, la guerra civil. En Europa, la guerra mundial. ¿Estaremos como colectivo padeciendo todavía las consecuencias de un encontronazo con la muerte y destrucción? Para sostenerse (esto significa, sostener la conciencia psíquica) en pie con el reconocimiento pleno de que los humanos somos capaces de matar y de matarnos, sólo hay dos formas. Como ante la muerte de un ser querido: o aceptar e incorporar en la fórmula del vivir que existe la capacidad agresiva, destructiva, hasta el extremo de podernos exterminar mutuamente y en consecuencia, tomar actitudes y maneras de vivir que no dejan de tener un cierto tono depresivo pero real; o negar que esto existe, vivir como si la vida fuera eterna y escapar hacia un infinito al que nunca llegaremos. La primera alternativa nos posibilita un reforzamiento de los lazos interpersonales. La segunda nos lleva a un funcionamiento individual, egoísta y centrado sólo en la búsqueda insaciable de satisfacciones.

Bueno, lo dejaremos por hoy. Nos vemos el martes.

Dr. Sunyer

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