Mi cuadreno de BItácora del 30 de septiembre de 2008. De categorías diagnósticas

Mi cuaderno de Bitácora, 30 de septiembre de 2008

De categorías diagnósticas.

Fue nuestro primer día efectivo. Comenzamos con grupos pequeños y luego el grupazo. En los pequeños ibais hablando de lo que podíais, lo que os sugería la grafica… alguno miraba otras cosas… me imagino que no siempre es fácil comprometerse con tareas tan imprecisas, vagas, difusas, confusionantes…

Y pasamos al grupo grande. Y muchos de vosotros comenzasteis a perder ese temor que solemos tener cuando estamos ante un foro así y desde el lógico desconcierto, poníais ideas en la arena de nuestro ruedo. No las apunté. Vosotros sois mejores taquígrafos que yo. Pero me resuenan algunas ideas: “no hay orden”, “me agobian tantos correos”, “qué hay que hacer”, “miedo quizás no pero sí preocupación, desorientación”… poco a poco fuimos entrando en materia porque comenzaron a aparecer ideas complementarias “delirio o no delirio” “normalidad o patología”, “influimos o no”, “etiquetamos o no”. Soy consciente que a muchos esta manera de trabajar no os va, o no os acaba de ir. Pero… ¿qué tal si realizamos el ejercicio de ir viendo cómo y qué nos pasa con nuestras concepciones contrapuestas de las cosas? O ¿qué paralelismo podríamos realizar entre lo que sucede aquí y lo que sucede en los entornos asistenciales? O, ¿cómo ir tejiendo un pensamiento en el que todos nos sintamos copartícipes?

Cuando estamos ante una persona que ha venido a vernos o le han dicho que la vamos a atender nosotros, la situación en la que nos encontramos es realmente incómoda. De entrada no sabemos absolutamente nada del que va a venir a vernos. Acaso el nombre y poco más. Incluso os diré algo que os puede sorprender: mejor que no sepamos nada, así iremos confeccionando algo con esa persona sin condicionamientos previos. ¿Os importaría saber, por ejemplo, que el que viene es narigudo, calvo, pelirojo, gordo o flaco? Creo que no. Os propongo que tratéis de pensar en esto. ¿Existe diferencia entre que os digan que viene X, que es gordo o que os digan que es depresivo? SI hay diferencias entre una cosa y otra, tenemos un problema. Supongamos que no hay diferencias. ¿Qué hacemos ahora? Es decir, si no veo diferencia entre ser gordo y el ser depresivo, ¿qué hago con él?

Aquí los profesionales estamos, sobre todo en nuestros inicios, en paños menores. Porque queremos ir a contracorriente. Queremos poner el arado ante los bueyes. Y no es así. Mis pocos conocimientos del campo me dicen que va al revés. ¿Y por qué queremos hacerlo así? Mirad, os decía que teníamos miedo. Entiendo que a veces las palabras asustan. Dije miedo, no pánico. Aunque a veces también tenemos ese sentimiento. Miedo porque no sabemos muy bien por dónde tirar, qué tipo de conversación tener, qué preguntar o qué no. Y entonces, ante ese vacío buscamos algo a lo que agarrarnos. Lo decía espléndidamente una compañera vuestra: orden. El orden tiene grandes ventajas. Cada cosa en su sitio, un conjunto de prioridades, una posibilidad de planificar. Sin embargo tenemos un problema. Que la mente, las personas no vamos tan ordenadamente por la vida.

Me pasó hoy entre vosotros. Cuando nos pusimos en el grupo grande os dije… ¿de qué hablamos? Y es verdad, no tengo un tema “a hablar”. O tengo muchos, pero ¿y vosotros? ¿de qué querríais hablar? Y como no sabía muy bien por donde salir, recordé el tema del susto y del miedo. Y así os lo comenté. ¿Qué tal el miedo? Con esta temática, ¿qué buscaba? Rellenar un vacío, combatir un desasosiego que provenía, como cuando estamos ante un paciente, del no saber cómo iniciar una conversación. ¿No os pasa eso en la disco? La copa, el tomar algo, sirve como elemento al que agarrarse mientras se van calentando motores para una conversación que pueda llamarse más o menos así. Y es que la idea, por ejemplo, de “me agobian tantos correos”, más allá de que es absolutamente cierta y que se deberá a mis propias ansiedades, habla de otra cosa: de que cuando uno se encuentra ante tantas ideas que le vienen sugeridas por el paciente que entra en la consulta, se agobia. No sabe por dónde salir.

Posiblemente haya una razón tras todo eso. Inevitablemente aparece en nuestra mente la clasificación nosológica del DSM-IV-R, y eso ya nos bloquea. ¿Os imagináis que hubiera un DSM-IV-R que clasificara a las personas en gordas, altas, rubias…? Si la categoría “rubia” la tomo de forma que me obliga a pensar que debo tener una conversación adecuada al carácter rubio, entonces vamos fritos. Esas categorías diagnósticas sólo sirven para que entre los profesionales nos remitamos informes, relatos, los abogados se apuntalen en ellas para poner o quitar determinadas penas, para conseguir o no determinadas exenciones fiscales u obtener ayudas. Pero no sirven para ayudar a nadie. Si a X le debo tratar de una manera porque es rubio, y le indico que lo que le pasa es que “es rubio”, entonces le estoy ubicando en un terreno similar al que ubicamos a alguien cuando le decimos que es negro, ¡con perdón! Por esto os propongo que al menos dos días a la semana (y algunas horas más por lo del cuaderno y otras cosas), podamos pensar en las personas que vienen a las consultas. No en las etiquetas que con más o menos razón pueden llevar encima.

Con un añadido. Nosotros también llevamos etiquetas. No son las mismas pero… Y no sólo las llevamos sino que las adjudicamos. Por ejemplo, “este es cognitivista” “este es psicoanalista”. Este es.., o yo soy… Y la misma función separadora, desintegradora que tenían y tienen las etiquetas para los pacientes, también la tienen esas para nosotros. El trabajo que os colgué de Dalal, habla de eso. Soy consciente de que en parte nos ordenan el territorio. Pero en ocasiones estos ordenamientos obedecen más a criterios desintegradores, marginadores, excluyentes que para comprender una realidad, en este caso la asistencial, compleja y dinámica.

Un saludo.
Dr. Sunyer

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