Mi cuaderno de bitácora del 23 de septiembre de 2008. Primer contacto

Bueno, eso de empezar es complejo. Recuerdo que anoche me costaba conciliar el sueño. Mi mujer me dice ¿qué te pasa? Y le contesté, debe ser que mañana empiezo las clases. Y parecerá absurdo ya que, ¿qué más da? Llevo haciendo esta tarea un montón de años. ¿Cuántas veces he iniciado una clase, un grupo, una entrevista, un proceso psicoterapéutico? No sé, pero muchas. Treinta y cinco años de cosa profesional son muchas ocasiones de empezar; pero aún así sigo teniendo los mismos miedos, los mismos fantasmas… ¿cómo me irá este año? ¿Qué tipo de personas me voy a encontrar? Y ante esta situación van como apareciendo en la pantalla mental un sinfín de imágenes, ideas y pensamientos. Son elementos fóbicos, decimos los profesionales. Y ante ellos aparecen los contrafóficos: todo el conjunto de acciones que van encaminadas a controlar y restablecer un equilibrio perdido por la aparición de pensamientos, ideas y sensaciones fóbicas. Pero, ¿por qué?

Os decía que lo ideal, lo que a mí me gustaría es que fuésemos capaces de pensar sobre los fenómenos que suceden en este espacio. Pensarlos porque tienen un paralelismo absoluto con lo que sucede en la práctica clínica. Sé que no es políticamente correcto decir que “inicar una nueva relación, me da cosa, como miedo”. Se supone que a una edad y con una experiencia de años eso ya no debe aparecer. Bueno, es lo políticamente correcto. Pero la realidad es la otra. Mirad, si un torero no está tenso y preocupado, y nervioso, y hasta con un punto de ansiedad cada vez que va a salir al ruedo, ese torero corre peligro. Y ¿por qué? Porque no considerar que las personas somos seres complejos cuyas reacciones no siempre podemos prever; o considerar que nosotros mismos podemos tener reacciones que en principio no están contempladas en la partitura previa, eso es peligroso. Tememos a todo aquel conjunto de elementos que pueden dar al traste con un esfuerzo determinado. Eso no es fóbico, esto es humano, normal. Lo preocupante es considerar que no va a pasar nada, que uno está por encima de las circunstancias, que…, entonces es cuando pasa realmente algo. Es como en la montaña: los peligros suelen aparecer más en el descenso que en la subida.

No tengo ni idea de cómo nos va a ir. Hoy no estábamos todos los que debíamos estar. Además hay una persona que es de Erasmus, lo que nos puede aportar una riqueza extraordinaria: siempre el que viene de fuera está más libre de los prejuicios que tenemos los de dentro, por lo que nos ve con otros ojos. Y si les escuchamos, aprenderemos un montón. No estábamos todos. De los sesenta matriculados, cuarenta y siete. ¿Y los trece restantes? De entrada fijaros cómo inician con una pequeña desventaja: no saben a qué grupo van. Y tampoco saben de qué vamos. Esto en la vida social tiene sus consecuencias. En la familiar, también. Van a tener que hacer un pequeño esfuerzo y nosotros también. Integración sería quizás la palabra.

Os dije que todos estamos en primera línea. Por el mismo precio, mejor estamos todos al mismo nivel. NO hay alumnos de primera o de segunda categoría. Todos estamos implicados por un igual, aunque no lo creamos. Esto es en el aula y en la sociedad. O en las instituciones. Y cada uno se sitúa en un lugar, de una forma particular en el conjunto de relaciones que constituyen un aula, una institución, una familia, una sociedad. Ir viendo cuál es la posición en la que nos encontramos, la actitud con la que vamos por la vida, esto va a suponer la posibilidad de pensarnos más como humanos y no como robots.

También os hablé de las etiquetas diagnósticas. Ya iremos hablando de ello. No digo que no sean necesarias. El problema es cuando creemos que estas clasificaciones tienen vida propia ya que a partir de ese momento la persona que las lleva deja de serlo para pasar a ser un personaje. Y en este espacio vamos a tratar de pensar no en los personajes sino en las personas. Fijaros, puedo poneros el título de “alumnos”. Pero, ¿sería posible que pudiésemos vernos como personas y no como alumnos, no como profesor? El rol aquí tapa la persona que lo representa. La etiqueta diagnóstica también. Podríamos pensar en otras etiquetas: los hombres, las mujeres, los rubios, los morenos, los modernos, los pasotas, los… esto son clasificaciones que atienden a determinadas características. Pero…, si siento que debo comportarme como calvo que soy y no puedo comportarme de otra manera porque soy “el calvo del grupo”, porque mi identidad se cobija bajo este calificativo… ¿dónde estoy yo? Y esa identidad llega a pesar tanto que comenzamos a hacer asociaciones en base a esos elementos de la identidad. Y eso, que puede tener alguna ventaja puede acabar siendo nuestra propia prisión. Lo podemos pasar a otro tipo de calificativos. Si soy catalán, por ejemplo, ¿puedo no ser catalán? ¿O serlo a mi manera? ¿No será que al declararme “catalán” lo que estoy subrayando que no soy “lo que no es ser catalán”? Y nos perdemos frecuentemente en estas etiquetas clasificatorias. Soy psicótico, depresivo, rubio, trabajador… todo esto son clasificaciones que pueden tener una cierta utilidad. El problema es cuando uno queda encasillado en este tipo de etiquetas. Y así, el psicótico ya no puede ser otra cosa que psicótico. O el psicólogo no puede ser otra cosa que psicólogo y ser visto como tal. Y de ahí a la guerra hay sólo un paso. Es cuestión del grado y la dimensión que damos a ese fragmento de nuestra identidad.

Poder pensar desde varias tesituras, desde varias experiencias, nos va a permitir o a posibilitar entender mucho más al ser humano y poder comprender que lo fundamental se sitúa en lo relacional. Ahí está todo. ¿Cómo lo haremos? De todos depende.

Dr. Sunyer

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