Mi cuaderno de Bitácora del 21 de octubre de 2008: la entrevista

Mi cuaderno de Bitácora del 21 de octubre de 2008: la entrevista

Una entrevista psicológica no deja de ser una conversación con otra persona. O mejor, una conversación entre dos o más personas. Cierto que podemos tener modelos de entrevista que estén estructuradas de forma que posibiliten ir directamente al tema en cuestión. Y no niego que tienen una cierta utilidad ya que posibilitan diagnosticar a alguien de forma rápida y certera. Pero en el terreno en el que me muevo no me preocupa tanto el diagnóstico correcto cuanto conocer a quien tengo delante. Y a este punto he llegado tras un proceso que arrancó con las entrevistas más o menos estructuradas. Vayamos pues por pasos.

En un primer momento parece que el profesional es alguien que posee una serie de casi verdades absolutas acerca de cómo debe ser el ser humano. Y considera que eso que denominamos patología se encuentra al otro lado de la mesa del despacho. Es un período en el que uno precisaría ubicarse ahí porque es el único lugar desde el que puede pensar algo. Este pensamiento se pasea por zonas diagnósticas y es el que invita a estar acompañado de diversos manuales de psicopatología que le ayudan a ver la sintomatología que hay en el terreno. Seguramente es un período necesario en el desarrollo de un psicólogo. Durante el mismo uno se centra más en la descripción sintomatológica que en la fenomenología. En esos momentos uno está tan agobiado por el buen diagnóstico que apenas ve a la persona que tiene delante.

Otro momento es cuando uno descubre ese otro aspecto, el fenomenológico. Este otro período está más centrado en encontrar el conjunto de elementos que constituyen el síntoma que en la descripción del mismo. Es como si uno disfrutara en la comprensión de cómo se articulan los diversos elementos constitutivos del ser humano para configurar eso que denominamos síntomas. Ese otro momento posee la riqueza que proviene del afán investigador y de la curiosidad. ¿Por qué aparece este conjunto de conductas que hacen que alguien deje de comer? ¿Qué hay detrás de esos despertares a las dos de la mañana y que en principio no podemos o sabernos relacionar con nada? Es tras todo el cuadro fenomenológico (Jaspers a la cabeza) como podemos comenzar a ver a la persona que tenemos delante. ¿Cómo se ha ido constituyendo ese ser de forma que la configuración que presenta en estos momentos adquiere una forma denominada trastorno esquizofrénico? En este período el que está al otro lado de la mesa comienza a ser “objeto de interés”, y como profesional de la psique comenzamos a estar interesados por algo más que el diagnóstico que le asignaremos.

Otro momento es el psicométrico. Nos coge como la manía de medir todo lo que se tercie. Seguramente ante el cansancio (psíquico, claro) que supone el ahondar en las características de quien tenemos delante, la salida psicométrica es lógica y esperable. Y no deja de ser una forma de alejarnos del paciente dado el temor que detectamos ante la variedad de elementos que se activan en la relación asistencial. Y así, medir nos parece que es lo más objetivo y más profesional que podemos hacer. Medimos todo lo medible. Elaboramos informes plagados de referencias psicométricas para lo que nos hemos pasado tiempos mil corrigiendo pruebas y valorando respuestas según los cánones reglamentarios.
Poco a poco vamos perdiendo ese temor a lo que sucede en el despacho y entramos en una fase más del tipo proyectivo. Comenzamos a detectar con menos miedo y por lo tanto toleramos mejor todo el conjunto de vivencias y sentimientos que se suscitan en la relación y que aluden a lo contratransferido. Ese pasaje es complejo porque inunda toda la vida del profesional, despertándole algunas noches e interfiriendo en muchos aspectos de la vida social y familiar. Uno se siente poseído y vivido en las diversas sesiones con los pacientes de forma tan intensa y vívida que comienza a detectar la necesidad de ayuda profesional para poder recoger todo eso y darle una forma operativa.

Con el tiempo uno va aceptando que aquella distancia que creía que debía haber entre el paciente y el profesional comienza a disminuir: aquí estamos todos en el mismo barco. Cierto que tenemos roles diversos y ocupamos sitios diferentes. Pero es el mismo barco de la vida. Y desde este ángulo el otro ya no es un extraño sino alguien que muestra cómo el sufrimiento derivado de la particular configuración de los elementos que le constituyen como ser humano adquiere formas fácilmente reconocibles pero con un sentido complejo: la continua búsqueda por conseguir un acoplamiento en el mundo menos incómodo. Y en esta búsqueda ya no está solo sino que tiene la compañía de otro ser que está dispuesto a dedicarle unos tiempos de su vida en ayudarle precisamente a eso: a vivir mejor.

Cuando llegué a este puerto es cuando descubrí que una entrevista es una conversación. Charla en la que tus conocimientos que no son otra cosa que una acumulación de experiencias de relación ofrece el tamiz por el que lo que diga, haga, calle, piense el otro constituyen las herramientas básicas para esa ayuda que precisa. Y ahí es cuando se inicia el baile entre uno y otro. Un baile en el que lo que importa es que ambos disfruten de la relación y obtengan de ella una serie de beneficios.

UN saludo

Dr. Sunyer

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