Mi cuaderno de Bitácora del Seminario, curso 2007-8, Intervención dos

Mi cuaderno de Bitácora del Seminario.
Intervención, dos

Me lo había preparado, había dibujado una serie de cosas que facilitaran la comprensión de lo que quería transmitir; pero no, algo no funcionó. Recuerdo, incluso, que anoche a eso de las once llamaba por teléfono para acabar de redondear lo que preparaba; pero no, no funcionó. Había hecho retoques para hacerlo más accesible, me había despertado antes para darme tiempo de cargar el ordenata y llegar con antelación para hacer un pequeño repaso que facilitara la tarea. Pero no, mucha niebla en la carretera hizo más largo el viaje y no pude repasar. Quizás por esto no funcionó. Busqué miradas cómplices para facilitarme el discurso, miré a quienes aparentemente me seguían, pero siguió sin funcionar. Quizás la niebla de la autopista, las dificultades con las que me encontré porque había feria y habían cortado el camino que conocía… no, no funcionó.

Debo prepararme para hacer exposiciones de este tipo. Posiblemente me falle algo de la “técnica comunicativa”, quizás hay que enfocarlo de otro modo… O quizás las expectativas que le puse fueron las responsables de tal sensación, o quizás no supe entender el encargo…quizás… Sí, creo que debería haberme liberado del ordenador y utilizar un sistema más operativo, práctico. Bien con la pizarra o, incluso, ¿por qué no?, con serpentinas, gomas y cuerdas.

Nada más llegar comenté que las diapositivas tienen una doble cara, por un lado son un elemento contrafóbico que nos sirven para hacer frente a una situación desconocida y ansiógena y también nos sirven como guión, pero por otra limitan la libertad de movimientos, de improvisación. De hecho deberíamos poder ir confeccionando las diapositivas a medida que hablamos. Para esto era más útil la pizarra… ¿qué pasó?

Incluso el recurso de verbalizar algunos pensamientos cuando veía que alguien abandonaba la sala o cuando una mirada me sugería algo… que no, que no había manera de conectar, estos recursos hoy no funcionaban…¿qué pasó? Y ya era la hora, teníamos que terminar casi ya…, deben dejar la sala ya, dijo una persona… Sí, lo entiendo, no pretendo quedarme aquí… Cierto que al final comenzó a caldearse un poco, mejor a templarse el ambiente, pero ya no había tiempo. No podíamos dedicar más tiempo a explicar lo que queríamos transmitir…

Estos y muchos otros pensamientos están en mi mente lo que me indica el nivel de impacto que percibí. Ahora bien, ¿y si les doy la vuelta? ¿Y si tomo la reflexión no como un ejercicio de autoflagelación y la tomamos como el producto de lo que percibo? La frialdad del ambiente, el repetido ejemplo que me salía y que provenía de un seminario anterior, “trastorno esquizo afectivo”, ¿tendrá algo que ver con todo eso?

Si considero estas vivencias como las que puede tener un paciente… ¿qué me dicen? Nada me impide pensar que si fuera un paciente, repleto de angustias por todas partes, que debo acudir ahí con lo complicado que resulta ir a un centro asistencial, estar con personas desconocidas, batas blancas por doquier… ¿esa frialdad, esas cosas que percibí, las percibirá un paciente?

El día pasado, en el seminario de la Facultad hablábamos de la experiencia clínica y de la presión por el establecer diagnósticos. Entiendo que son necesarios, que no se pagan aquellas visitas que no tienen un diagnóstico, que se precisan también para hacer nuestras estadísticas, para suministrar determinados medicamentos…, todo esto lo entiendo. Pero ¿dónde queda el paciente? En muchas ocasiones los profesionales vamos como fui con el ordenador y mis diapositivas: la rigidez del sistema puede impedir la atención a la persona que acude. Preocupados por encajarlos en nuestros planteamientos mentales, preocupados por estudiar al sujeto que acude a nosotros desde el sufrimiento, desde un número indeterminado de duelos por resolver, acabamos viendo no una persona sino un diagnóstico con piernas.

La fobia que se nos activa ante la relación asistencial nos lleva a establecer distancias que, en muchas ocasiones, pueden acabar siendo abismales. Pero con una grave pega: dado que esto se realiza desde posicionamientos de poder, dado que se activa desde el saber profesional ante el que el paciente nada puede hacer, este hecho acaba constituyéndose en las bases para una aceptación de la enfermedad mental, la llamada enfermedad mental, como algo irremediable, como algo ante lo que poco puede hacer.

Creo que tenemos muchas cosas pendientes, o acabaremos medio estúpidos, creyéndonos que sabemos algo cuando lo más elemental que es el poder conectar con un paciente, lo tenemos relegado. Podría pensar que ahí me sentí atrapado en una actuación que no me es propia, atrapado por los lazos asfixiantes que, ejemplificados en mi ordenata, paralizan el libre intercambio entre las personas; independientemente de si su título es académico o patológico.

Dr. Sunyer

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