Mi cuaderno de Bitácora del 28 de enero del 2008. Construyendo identidades, 27

Mi cuaderno de bitácora del 6 de febrero de 2008

Construyendo Identidades, 27

Desde la relativa soledad de la consulta (las consultas privadas suelen tener esta pega) me acompaño con las visitas a vuestro trabajos y, leyéndolos, no deja de hacerse presente una cierta nostalgia, un cierto enfado y una cierta alegría. Posiblemente no sea el único que siente estas cosas ante el mismo hecho. Pero las menciono porque en la vida profesional ocurre otro tanto.
Mucho hemos hablado este año de las relaciones que se establecen entre el profesional y el paciente, y viceversa. Sé que en muchas ocasiones os he casi escandalizado (no era ni es mi intención) al señalar que estas relaciones deben existir para poder realizar un proceso terapéutico real y útil. Hay siempre el temor a que los lazos que se crean puedan ser perjudiciales. Y creo que ese mismo temor, generalizado, hace que se os diga por activa y pasiva que hay que tener eso que llaman objetividad. Que hay que mantener distancias, que la relación es profesional y no personal, y que, en definitiva, debe haber una relación aséptica. Entiendo lo que se dice y sé que durante muchos años he defendido esta posición. Pero si me pongo a pensar un poco más detecto que en realidad tal actitud corresponde más al miedo que se nos activa que a la realidad con la que trabajamos. El miedo es a que se establezca una relación personal que, a mi modo de ver, queda como teñida de componentes que denominamos “peligrosos”. Y éstos no son otros que los afectos. Afectos tanto de índole positiva, es decir, los enamoramientos, como los de signo contrario, es decir, los enfados y cabreos. Y frente a ellos qué mejor parapeto que mostrarme distante, frío, “profesional”… Creo que estos miedos son más nuestros que de los pacientes; aunque también ellos pueden tenerlos.
También hay otro temor: la teoría de la no influencia, la asepsia, la de que el paciente ha de hacer su propio desarrollo sin que nosotros intervengamos en ello. ¿Es posible? Creo que esto, como muchas otras cosas, se relaciona más con una idea pseudo romántica de las relaciones que con la realidad de las mismas. Y es que como dicen los que se dedican a la comunicación, parafraseando su idea de que “No es posible no comunicación” creo que podemos decir “no es posible la no influencia”. Incluso el psicoanalista al que no ves, incluso este que apenas dice nada, estos influyen. Su silencio es una forma de presión, de influencia. Entonces digo yo que prefiero saber que influyo y ver qué hago con esa influencia que pretender negarla y seguir influyendo. Ya no creo en la idea romántica de la no influencia como tampoco creo en la que los niños son como angelitos virginales a los que la sociedad los convierte en “malos”.
Os decía todo esto porque son cosas que hemos trabajado. Y cuando leo vuestros Cuadernos, cuando repaso las cosas que decís haber aprendido, cuando constato que hay determinadas situaciones que os han generado sentimientos muy variados e intensos, cuando me entero de que en algunas ocasiones habéis podido conectar con elementos personales, familiares que os atosigaban y hacían sufrir, cuando detecto todo esto creo que puedo decir que habéis aprendido mucho. O hemos aprendido mucho. Y la añoranza surge de ahí. Del ver que ya no nos vamos a encontrar en estos espacios y posibilitar que los sesenta y pico que éramos, sigamos pensando y participando de la experiencia lectiva. Leo en muchos cuadernos que lo que ha representado esta experiencia va más allá de lo académico, que lo aprendido se os ha quedado porque no se articula con la memoria sino con las vivencias. La añoranza viene de ahí.

¿Y el enfado? Pues sí, el enfado viene no sólo por el constatar que ya no estamos juntos sino porque nos lo hemos puesto difícil. Me lo pusisteis difícil pero mucho más a vosotros. Y eso me ha enfadado mucho. Porque sabiendo que sois personas con grandes capacidades, esas quedaban tapadas por grandes miedos. Habéis tenido mucho miedo este año. Seguramente mi actividad, mis propuestas casi diarias, mis deseos de que os empaparais de cosas que he ido aprendiendo, no ha colaborado a disminuir los miedos que teníais. O incluso os los ha incrementado. Miedo a hablar, a participar. Miedo a salir en medio de la clase y jugar a lo que os proponía para seguir aprendiendo. Miedo a lo que llamáis ridículo. Miedo a que se os vea y, sobre todo a veros. Y ese enfado que va de la mano de mi impotencia para ayudaros a salir de él, ese enfado que no quería manifestarlo demasiado para que no os sintierais más exigidos de lo que os exigíais, ese enfado que incluso me estimulaba para encontrar otras fórmulas, otras maneras que os facilitara salir de vuestro corsé (¿recordáis cuando os decía que parecía que estábamos dentro de un preservativo?), ese enfado se me ha quedado un poco dentro.

Y alegría. Alegría porque a pesar de los pesares, fuimos capaces, todos, de desarrollar un ambiente de trabajo, de juego, de sorpresas constantes, de activación de muchos aspectos personales que muy posiblemente se hubieran quedado en vuestros baúles sin poder ser atendidos. Alegría porque si no en todos, en casi todos los diarios vuestros aparece la palabra gracias. Alegría porque con las dificultades que presenta la vida cotidiana, en una época en la que no está de moda hablar, pensar con el otro, permitirse el dudar, permitirse la incertidumbre, en esta época habéis sido capaces de no seguir lo políticamente correcto. Y eso se ha visto en todo. En la libertad con la que podíais expresaros, en la libertad del uso del idioma con el que queríais hablar, en la libertad de poder mostraros, incluso, pasotas o críticos. Y todo esto ha sido posible porque todos habéis contribuido a ello.

Ya sólo me queda decir gracias. Sólo desearos lo mejor para vuestro desarrollo personal y profesional. Y, cómo no, comentaros que seguiré estando ahí, en mi página, para que quien quiera leerme y para quien quiera, pueda ponerse en contacto para lo que precise.

Un saludo

Dr. Sunyer

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