Mi cuaderno de Bitácora del 18 de diciembre del 2007. Construyendo Identidades 24

Mi cuaderno de Bitácora del 18 de diciembre de 2007

Construyendo identidades, 24

En la entrevista de hoy aparecía un sujeto triste, cansado, aburrido de la vida. Un poco quemado por ella y como apesadumbrado por una serie de sucesos que le fueron marcando su propio desarrollo. Tanto la muerte de su madre con la que no tenía, y parece que se lamentaba, una cercanía significativa, como la historia de su padre con la amiga de más de treinta años menos que él, parecían haber marcado profundamente su evolución. Cierto que la presencia de quince hermanos permitía mermar el enfado que podía tener con su madre y éste iba dirigido básicamente hacia la “tipa” que había engatusado a su padre, a la actitud de algunos de sus hermanos ante el hecho, y ante la vivencia de haber de responsabilizarse de los hermanos menores. Y podríamos seguir.

El psicólogo que le atendió se quedaba como paralizado por la propia historia y trataba de poner el foco de su atención en la mejora de la comprensión de los hechos, como disculpando algunas de las cosas que oía e incluso buscando soluciones que paliaran su malestar. Esta posición, evidentemente correcta, humanamente entendible y posiblemente encajable en una visión humanista de la psicología, no nos permitía ir mucho más allá. Cierto que no era una intervención dañina, por supuesto. La comprensión, la empatía, la no existencia de prejuicios son muy útiles para ir haciéndonos un panorama general de lo que teníamos ante nuestros ojos.

La utilización de una figura humana en la que podíamos poner ideas, palabras, sentimientos que emergían de la entrevista, era otra técnica que nos podía ser útil para visualizar algunos de los componentes que constituían lo que podríamos denominar mundo interno, es decir, mundo mental de quien era atendido en el aula. El poder dibujarlo nos posibilitaba una especie de mapa conceptual, sólo que en vez de utilizar la razón para organizar lo que venía debíamos utilizar el corazón, lo que no siempre resulta fácil. Como dice el refrán, hay razones del corazón que a razón no comprende. Ahí es a donde debemos ir. Al corazón.

Y la metáfora fisiológica, la de la digestión era la que nos posibilitaba entender algunas cosas más. Si consideramos que la digestión de los alimentos puede ser una metáfora para ver cómo se digieren las emociones y las vivencias de quien teníamos ante nosotros, podemos pensar que presentaba una fuerte indigestión. Indigestión que hablaba de las grandes dificultades de metabolizar todo un conjunto de experiencias que le habían sido útiles. ¿y qué es metabolizar aquí?

De entrada debemos entrar en su aparato digestivo. Y al hacerlo, por lo general lo primero que encontramos es una potente dentadura que trata de desmenuzar todo lo que entra dentro, es decir, nos encontramos con los elementos agresivos que son los que utilizamos los humanos para poder triturar lo que nos sucede para digerirlo posteriormente. O sea que aquí, lo importante, es conectar con los elementos agresivos de tal paciente. Conectar con su enfado, su mal humor, su gran malestar ante una serie de hecho que no ha podido digerir todavía. Enfado y mal humor que guardan mucha relación con el gran susto que lleva encima. ¿Susto? Pues sí. El susto que para él supone descubrir que en casa por unas y otras razones le han llevado a una situación permanente de soledad y abandono. Su madre, ocupada como estuvo en atender a todos y cada uno de los quince hijos que trajo al mundo, no podía atenderlo como hubiera deseado o necesitado. Y cuando uno vive que no le han atendido como él deseaba o hubiera deseado, cuando vive que eso no es posible porque hay unas circunstancias que lo impiden, cuando uno se da cuenta que entre tanto su padre atiende a otras necesidades más personales de él y no tanto las de la mujer con la que se comprometió y con la que tuvo quince hijos, cuando uno ve todo esto, se entristece, se asusta. Y la gran dificultad para poder absorber lo enriquecedor de estas experiencias se convierte en rabia y enfado. Rabia y enfado por no poder metabolizar un conjunto de experiencias que se le han indigestado. Tiene el estómago repleto. Y así no puede acabar de atender a los suyos.

Cuando el psicólogo puede conectar con ese enfado, ese malestar, ese cabreo (recordemos que los psicólogos somos cabreólogos), lo que hacer es introducirse en la boca, conectar con la dentición para poder acceder, luego, al estómago mental. En él seguirá encontrando los ácidos que tratan de desmenuzar todo ello, por lo que se va a tener que mimetizar con ellos y colaborar en la digestión y metabolización de estas experiencias. Experiencias que, en tanto que le llevan a un sentirse sólo le acaban convirtiendo en un solitario. Por esta razón debemos acceder al malestar, al enorme enfado que tiene por haberse sentido sólo y no poder acabar de entender que algo les pasaba a sus padres que no podían hacer otra cosa que lo que hacían. Y que dado que no somos ni podemos erigirnos en jueces de nuestros padres o de los demás, lo que nos atañe es comenzar a aceptar que esa soledad que sentimos la reproducimos, transferencia mediante, en todas las relaciones que establecemos. Y al hacerlo, dificultamos mucho más la digestión de hechos que implican a otras personas con lo que, al no poder recoger los elementos positivos que seguramente hay en los padres de este paciente, no puede valorar ni lo que tiene ni lo que tienen los suyos. Y así, se cierra el círculo patogénico dando lugar a cuadros patológicos como el que teníamos hoy en clase.

Toda una situación para seguir reflexionando.

UN saludo.

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