Mi cuaderno de Bitácora del 3 y 4 de diciembre del 2007. Construyendo Identidades 21

Mi cuaderno de bitácora, del 3 y 4 de diciembre del 2007

Construyendo identidades, 21.

La identidad de cualquier persona está conformada por una gran cantidad de aspectos entre los que contamos con aquellos que guardan relación con su capacidad de fantasear, de imaginar y de crear. Y como personas, los profesionales de la “psi” entre los que nos encontramos los psicólogos, tenemos también esas capacidades. La capacidad de fantasear, de imaginar y la de crear está en la base del desarrollo. Ya desde bebés esa capacidad emerge con fuerza y se manifiesta a través de las muchas expresiones que nos hablan de cómo impactan ya en las primeras semanas las actuaciones, las respuestas o mensajes que el entorno les emite y que ellos captan. Y justamente de la capacidad de fantasear y la de crear e imaginar cosas depende también un buen desarrollo ya que a través de esas capacidades, el bebé, el niño, el adolescente y el adulto, somos capaces de ir progresando en el proceso de simbolización y en la comprensión del mundo que nos rodea y de nuestras propias reacciones. Ahora bien, de la misma manera que tiene ese componente de progreso y evolución, y al mismo tiempo que se da, también tiene el contrario: de paralizar e incluso favorecer el retorno a períodos anteriores de nuestro propio desarrollo, lo que los psicoanalistas denominamos como procesos regresivos.

Estos dos días de clase que vienen recogidos en este escrito han tocado de lleno en esta capacidad. El primer día a través de lo que se denominarían “escenas temidas de un futuro psicólogo”, y el segundo a través de permitirnos penetrar en algunas de las capas que constituyen un cuento recogido por los hermanos Grimm. Me voy a pasear primero, por las sucesivas escenas que recogisteis.

Las escenas temidas de un profesional de la psicología no dejan de ser una representación de estas situaciones con las que no desearíamos encontrarnos. Evidentemente las hay de todos los colores e intensidades, y cada cual tiene las suyas. Son momentos en los que aparece un temor, una amenaza, que juzgamos como altamente peligrosa. Estos momentos se caracterizan por la paralización de nuestra capacidad de pensar y, por lo tanto, de entender qué está sucediendo. Circunstancias en las que uno tiende a sentirse estúpido, imbécil, tonto, despreciable, ridículo, impotente, incapacitado, y un sinfín de calificativos afectivos; todos ellos no precisamente muy cotizados en la Bolsa de los afectos que incrementan la autoestima. Como no se podía pedir a todos los alumnos que nos describiesen una ya que la sesión hubiera sido totalmente aburrida, optamos como es lógico, por pedir que cada grupo diseñara y representara una. Ahí, sí es verdad y así lo dije, opté por no dar rienda suelta a una situación algo más compleja y que debería desarrollarse en un espacio más amplio, con más tiempo y más sesiones: había pensado que un miembro de cada grupo actuase como profesional ante la fantasía propuesta por otro grupo; pero a los efectos que deseaba, la propuesta que os hice me parecía la más suave y más adecuada.

Aparecieron cinco tipos de temores: la agresión, el enamoramiento, la descalificación, la imposibilidad de dar noticias desagradables y XX. ¿Cómo lo interpretamos? De entrada son situaciones que paralizan y nuestra reacción puede no se la más correcta. Cierto que no podemos indicar qué hay que hacer en cada momento ya que cada uno responde como puede, como se le ocurre en aquel momento y en función no sólo de las circunstancias sino del tipo de relación que se tiene con el paciente. Pero me la experiencia me sugiere, primero, no asustarse, mantener la calma. A partir de ahí tratar de pensar y discernir si nos encontramos ante un caso de necesidad o ante una importantísima manifestación de fiabilidad y confianza. Es decir, cuando suceden estas cosas en realidad lo que está ocurriendo es que se intenta trasladar al otro algo con lo que uno no puede vivir. Bien sean las ganas de agredir porque se siente agredido, dañado; o la necesidad de vinculación y afecto; o el miedo y la pequeñez al verse ante un profesional con quien va a tener que hablar de lo que a uno le hace sufrir; o la idea de que los demás le dañan por alguna característica que posee…

Desde otro ángulo, ¿de qué estamos también hablando? Básicamente del miedo que sentimos ante la finalización de la carrera en pocos meses y todo lo que ella conlleva. Ese temor seguramente despierta sentimientos de pequeñez, de no saber qué hacer con eso que hay quien denomina como “el poder del psicólogo”, de sentirse superados por los afectos que se generan en la relación asistencial… Esos temores de los que en alguna ocasión al inicio del curso habíamos hablado, cuando se juntan con el vacío del desconocimiento y de la incertidumbre ante el mañana, fácilmente se transforman en escenas terroríficas o al menos aterradoras. Y, aquí hay un componente interesante, si consideramos la función de las mismas, ¿será una manera con la que somos capaces de paralizarnos? En ocasiones las fantasías de este tipo tienen esa función. Es decir, es como si ante la incertidumbre con la que tenemos que vivir todos los días, la forma de ponernos tensos es la de crear o acudir a la generación de fantasías que asustan y, así, paralizarnos y detener nuestro progreso.

Algo similar sucedió en la sesión siguiente, en la del cuento de los hermanos Grimm. No creo que sea necesario pero posiblemente convenga recordar que no son relatos inventados por ellos. Son narraciones populares, surgidas de la cultura (por ejemplo, en nuestra cultura catalana tenemos una magnífica colección de “Rondalles Mallorquines” recogidas por Mn A. Mª Alcover bajo el pseudónimo de “Jordi d’es Racó”, y publicdas en Palma por la editorial Moll. Tengo un buen número de ellas y son una auténtica preciosidad). Pues bien, esos relatos surgen de la cultura, de lo que las gentes se contaban en momentos determinados, y los hermanos Grimm los recogieron y organizaron de forma más articulada. Eso significa que en el cuento parecen toda una serie de elementos que guardan plena relación con lo que podríamos denominar psique colectiva, inconsciente social, o de alguna forma similar. No hablan de alguien en concreto. Sino de hechos imaginarios en torno a los que la psique individual, la de un niño cuando los oye o lee, va tomando algunos datos que le sirven para seguir entendiendo y organizándose en su propio desarrollo.

En torno al cuento os pedí una serie de cosas que fuisteis capaces de ir entresacando. Luego, ya en el contexto del grupo, me animé a recogerlas y a reorganizarlas para un mejor provecho. Y ¿qué aparecía? Sorpresa, incredulidad, negación, devaluación de algunas aportaciones, nerviosismo… muchos estabais atónitos ante lo que con mi ayuda, cierto es, ibais sacando. Algunos preferíais una lectura plana, superficial del relato. Perfecto, es posible que uno tienda a mirar más de la cuenta. Pero es que soy curioso, como el caso del criado. Uno ha ido aprendiendo a que no nos podemos quedar en la superficie de las cosas ya que, si uno se queda ahí, y más allá de la legitimidad de hacerlo, entonces renuncia a entender al ser humano en toda su dimensión y magnitud. Y aún entendiendo que una opción que posiblemente sea la que tome la mayoría es la de quedarse en la superficie de las cosas, opto por ir más allá, por desgranar lo que hay tras el lenguaje, tras los símbolos, tras los relatos, tras… las reacciones que genera un relato anclado en los siglos de la historia de occidente.

Y finalmente apareció un elemento muy real y actual: ¿es un cuento machista? Mucho habría que decir ahí, claro. Pero creo que cuando entramos en estos debates confundimos los términos. No se trata de ver si la mujer o el hombre tienen o no determinados derechos y si estos derecho son diferentes o no. Creo que independientemente del género, somos iguales. Y es cierto que hay situaciones en las que parece que ser de un género o de otro tiene ventajas o inconvenientes. Pero no hablamos de lo individual, de lo concreto. Hablamos de la cultura, de lo que a lo largo de los siglos converge en un relato. Y un relato no es todos los relatos. Cuando nos olvidamos que somos personas y buscamos la diferenciación que proviene del género de cada cual como elemento de confrontación, creo que erramos.

Un fuerte abrazo

Dr. Sunyer

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