Mi cuaderno de Bitácora del 27 de noviembre del 2007. Construyendo Identidades 19

Mi cuaderno de bitácora, del 27 de noviembre de 2007

Construyendo identidades 19

En estos momentos, la identidad del psicólogo la vamos construyendo a través de las experiencias lectivas universitarias. Éstas se conforman a partir de un número determinado de horas de clase durante las que los alumnos van aprendiendo no sólo una serie de conceptos teóricos que constituyen buena parte del bagaje con el que van a tener que ir por la vida profesional sino también a través de las relaciones que se proponen en cada espacio teórico. Es decir, cada profesor va ofreciendo, vamos ofreciendo, un modelo de relación que es el que se da en cada clase y que impacta de una u otra forma en cada uno de los alumnos. Creo que esto es algo cierto. Está ahí y es constatable. Pero hay otra parte en la que no ponemos mucha atención. Somos alumnos en la relación que se establece con el profesor. Es decir, aquí alumno y profesor son dos etiquetas que se adjuntan a una serie de personas que cumplen todos unos requisitos. Pero se adjuntan a las personas que estamos aquí, es decir, es una característica que se le añade a la persona; pero no por ello esa persona deja de ser quien es. Y en muchas ocasiones lo que cobra más importancia es la etiqueta que el sujeto que la sostiene.

A raíz de uno de los comentarios que aparecieron hoy el foco de la atención se desplazó hacia un hecho muy real: al estar aprendiendo a ser psicólogos lo que parece que sucede es que cada uno se arropa de un conjunto de aspectos, de lo que podemos llamar técnicas e instrumentos de diagnóstico, de teorías y demás elementos que adquirimos en la facultad (la que nos facultará a ser psicólogos). Y estos aspectos conforman un “como si” que puede ser preocupante si creemos que eso es nuestra identidad. El “como si” en realidad es como el disfraz con el que vamos o creemos que tenemos que ir por la vida. Pero no es lo mismo ser psicólogo, profesor o alumno, o hacer “como si” fuese psicólogo, profesor o alumno. La diferencia radica en que en tanto que el segundo considera estos instrumentos o actitudes algo de quita y pon, el primero lo integra como parte de su forma de ser y de ir por la vida. Son, como podemos ver, dos cosas muy diferentes.

Lo mismo sucede con las personas a las que atenderemos. Podemos verlas como si fuesen personas, es decir, verlas como pacientes, o podemos verlas como personas que sufren. En el primer caso estamos más preocupados por la etiqueta que les adscribimos mientras que en el segundo tratamos de descubrir quien es la persona que tenemos delante. Lo que tiene serias e importantes consecuencias. Cuando atendemos a una persona que viene con la etiqueta de bipolar, o de trastorno de la personalidad, o como fóbico u obsesivo, si nos fijamos y quedamos con ese diagnóstico, toda nuestra relación con él va a girar en torno a la etiqueta. No vamos a ver a la persona sino, y como mucho, a la parte de ella que sostiene a esa etiqueta. Es como cuando en la vida cotidiana señalamos que alguien es un pijo, un estúpido, un buenazo, ingenuo o trepa. Si nuestra relación con él se basa y fundamenta en este aspecto tan sólo vamos a cultivar los aspectos etiquetados. Pero podría que ser que ni el pijo fuera tal, ni el buenazo eso que aparenta. Podría ser que fuesen personas totalmente diferentes a como las hemos etiquetado. Y no es que el etiquetaje fuese erróneo: se basó en una serie de características demostrables, incluso. Podríamos decir, utilizando una terminología en boga, que estos atributos se basan en la evidencia de que son pijos, buenazos o caraduras.

Pero resulta que cuando uno cambia la óptica desde la que analizamos el comportamiento del otro, emergen otras cosas, salen a la luz aspectos que habían quedado atrapados en la etiqueta que alguien les puso. Y entonces, cuando somos capaces de olvidarnos de esos atributos prefijados, cuando nos damos la oportunidad de descubrir quién es la persona que tenemos delante, entonces descubrimos que ni eran tan pijos, ni tan buenazos, ni tan estúpidos. Es más, cuando estas personas se ven liberadas de funcionar según esas etiquetas, resulta que emergen otras características tan o más importantes que las primeras.

Hoy nos pasó algo similar: estábamos más preocupados por la etiqueta que podíamos poner al paciente (a qué cuento correspondía su problemática) que en descubrir quien era realmente. Y cierto que conseguimos poner la etiqueta correcta, pero… ¿supimos quienes eran? Me temo que no. Aquí, pues, tenemos un problema.

Dr. Sunyer

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