Mi cuaderno de Bitácora del 21 de noviembre del 2007. Construyendo Identidades 18

Mi cuaderno de bitácora del 21 de noviembre del 2007

Construyendo identidades 18

La propuesta de trabajo era la de ponernos en situación de una relación con un paciente, que podía ser similar a Juan C., para ir viendo elementos del que denomino primer eje asistencial. Para ello utilizamos unas marionetas improvisadas ya que pensé que si lo hacíamos en vivo y en directo el miedo escénico podía paralizar buena parte de la actuación. Y bajo esa propuesta salieron personas pertenecientes a cuatro subgrupos de la clase. ¿Qué pasó?

Cuando uno utiliza las marionetas como medio para establecer una relación entre uno y el paciente (o al revés) no lo hace sólo porque puede ser divertido. Cierto que podemos pensarlo desde este ángulo pero tengo la impresión de que cuando lo interpretamos así, banalizamos algo que puede ser altamente significativo. Las marionetas aquí representan lo que ya Winnicott señalara en relación al objeto intermediario. Aquí se propone un objeto, la marioneta, para que medie entre uno y otro actor. Este objeto posibilita que las ansiedades que siempre se activan en una relación queden más atemperadas ya que se depositan en el objeto y no en la persona. Esto es algo que empleamos habitualmente todos los humanos en numerosísimas situaciones, y los clínicos también. Por ejemplo, cuando tengo que encontrarme con alguien para hablar de algunos temas que pueden ser complejos, o cuando no conozco a la persona con la que he quedado, fácilmente ponemos algo que medie entre nosotros: una comida, un café, un algo que amortigüe el encuentro, lo haga más amable. Y nosotros, en tanto clínicos, y sobre todo en los primeros años de nuestra profesión, ponemos objetos intermediarios entre el paciente y nosotros, objetos tales como cuestionarios, tests, protocolos de intervención, etc., un sin fin de elementos que se colocan entre las personas con lo que podemos sentirnos más protegidos. Bonita palabra esta.

En clase, al poner las marionetas, nos encontrábamos ante una situación que potencialmente facilitaba el contacto, el juego, el improvisar, el darnos la libertad de poder actuar a través de aquellos monigotes improvisados. Pero curiosamente algo parecía paralizar esa capacidad que tenemos todos. ¿Qué sería lo que parecía paralizarnos? Tengo la impresión, a raíz de lo que voy escuchando, de que me parezco a Juan. Lo que me hace preguntar algunas cosas. Sería como si la diferencia de velocidad fuese, aquí, el elemento significativo diferenciador entre uno, el profe, y otro, los alumnos. Y esa impresión la conecto con algo que ha ido apareciendo: durante tanto tiempo hemos oído cosas diferentes a las que se oyen aquí, que todavía se está en el susto. Por esta razón la representación de marionetas parecía que se realizaba más en la zona oculta a la mirada de todos nosotros que en la zona del escenario.

En la conversación posterior, en la puesta en común, aparecían ideas que señalaban esta dificultad e ideas que os animaban a ser creativos, a jugar, a equivocarse, para poder aprender a través de todo esto. La idea del corsé, de la improvisación, del desarrollar los recursos que cada uno tiene, de salir aunque sea por unos minutos del caparazón en el que nos encontramos, alude muy claramente a esa particularidad de todos nosotros. Pero sólo a través de eso es como podemos posibilitar que el paciente salga de esa misma cota de malla que se ha ido construyendo. Y los únicos facilitadores profesionales somos nosotros. Los que, no teniendo miedo a la vida, a las ideas, a la capacidad exploratoria, a equivocarnos una y mil veces, vamos a propiciar, seguro, que ese corsé en el que la mayoría de los pacientes se ha situado, pueda ser substituido por algo más cómodo, más ágil, más llevadero.

Un saludo

Dr. Sunyer

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