Mi cuaderno de Bitácora del 13 de noviembre del 2007. Construyendo Identidades 15

Mi cuaderno de Bitácora, del 13 de noviembre de 2007

Construyendo identidades, 15

Hoy no me acabo de sentir muy fino, debe ser que los coletazos de la gripe todavía andan dándome por algún lugar y hacen que me sienta como raro, poco inspirado. Claro que esta misma sensación tuve del grupo. Posiblemente el tema de hoy no proporcionaba muchas ideas y generaba una cierta parálisis. Sin embargo una de las intervenciones, o mejor, dos de las que aparecieron me resultan muy sugerentes. Una hacía referencia a lo difícil que es hacer las cosas mal, y la otra al tema de la educación.

Venía a decir la compañera que resulta más fácil hacer una entrevista como Dios manda, es decir, como se debe hacer que hacerla mal. Es decir, lo políticamente correcto parece mejor que lo incorrecto. Creo entender bien lo que dijo la compañera. Pero esa idea me sugiere otra: miedo al ridículo y miedo a disfrutar. O quizás, miedo al descontrol. Estas ideas me preocupan más aún. ¿Qué debe haber tras esos miedos? Quiero resaltar que no hablo de nadie en particular, sino de lo que me sugieren estas cosas por si eso le sirve a alguien. El proceso de la civilización, como ya señalara Norbert Elias, es una concatenación de sucesos que van configurando a lo largo de los siglos al hombre de hoy en día. A lo largo del tiempo, los grupos humanos, las sociedades, han ido desarrollando una serie de pautas que van dirigidas a mantener a raya las tendencias impulsivas que todo ser humano posee; por mor de su naturaleza. Eso ha ido configurando lo que se denominan normas de educación que, como ya comenté a raíz de lo que apuntó nuestra compañera, no son más que pautas que cuidan al otro. Lo cuidan de nuestros actos impulsivos, y en particular de aquellos que tienen una connotación agresiva. El proceso de la civilización, pues, es el que nos va organizando de forma que es la sociedad la que acaba controlando los actos impulsivos humanos mediante normas, patrones de conducta y demás, que facilitan que, con posterioridad, cada individuo los interiorice, los haga suyos, facilitando así la convivencia.

Quizás podríamos considerar que estas mismas normas son las que nos dicen que para ser psicólogos hay que actuar de determinadas maneras y no de otras. Una especie de catálogo tácito de comportamientos que nos determinan el territorio de conductas permitidas y las no permitidas. Y aquí comienza a haber el problema. Porque cuando esto queda marcado de forma que no podemos ni pensar en la manera alternativa de comportarse, entonces parece como si estuviésemos encorsetados. Y esto, como podemos suponer, no es lo más cómodo del mundo. Porque el corsé es una prenda femenina que tiende a moldear el cuerpo de forma que no se le vea tal cual es: presente una forma determinada alejada de aquella otra que es considerada no atractiva. Pero llevarlo, digo yo, no debe ser de lo más cómodo. Uno pierde la capacidad de moverse con libertad, con soltura. Y curiosamente, cuando se les propone que hagamos una representación del comportamiento incorrecto de un profesional nos encontramos con que dicha representación es difícil de llevar a cabo. Dicho de otra manera, como si nuestro proceso formativo fuese deformativo. Como si lo que estuviésemos aprendiendo es a no ser nosotros sino a aparentar ser algo que no somos. Y entonces me pregunto, ¿dónde queda la espontaneidad, la genuinidad, el relajo? ¿Dónde quedan aquellas ideas que aparecen en el texto que estamos leyendo en donde se señala que lo más importante es que nos sintamos cómodos en lo que hacemos y con lo que hacemos?

Huizinga fue un autor que ya destacaba en los años setenta con un texto, homo ludens, en el que hablaba de la importancia del juego en el desarrollo del ser humano. ¿Dónde ha quedado nuestra capacidad lúdica? ¿Qué ha pasado, que nos ha pasado, que en este empeño en desarrollar los aspectos intelectuales del ser psicólogo hemos dejado de lado los otros, los vivenciales? Nuestra capacidad de jugar está en juego. Si los profesionales de la salud no podemos reinvertarnos, ser capaces de desarrollar nuestra capacidad lúdica, la capacidad de poder jugar con las cosas del pensar, con las cosas de la intervención psicológica ahora que no hay peligro alguno por tener enmarcados los ámbitos de nuestro juego, entonces ¿cómo vamos a aprender a ser psicólogos? Mirad, no es lo mismo saber qué es lo fundamental para ser psicólogos que ponernos una funda mental cuando queremos pensar en cómo serlo. Y en ocasiones nuestra identidad queda dentro de una funda que, cual preservativo mental, actúa en contra del embarazo intelectual y afectivo. Con esto sólo conseguimos mantenernos en una postura que nos inhabilita como pensantes, como fecundadores de ideas y actitudes. Y esto, estos sí, es un problema de todos.

Un saludo.

Dr. Sunyer.

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