Mi cuaderno de Bitácora del 9de octubre del 2007. Construyendo Identidades 7

Mi cuaderno de Bitácora del 9 de octubre de 2007

Integrando diferencias, 7

Hoy les propuse hablar de las características que teníamos para ser “buenos orientadores”, y de las condiciones de Rogers para poder establecer una buena relación terapéutica. Es un tema que me parece realmente complejo. Es más, cuando lo leí hace ya unos años, cuando vi que había autores que describían cómo debía ser un buen profesional me sorprendí bastante. Nunca me había parado a pensar en cómo debía ser para poder desarrollar bien mi función profesional. Incluso reconozco que me reí un poco. Pero la cuestión era saber qué me hacía reír. Con los años he descubierto que aquel reír no era tanto de gracia cuanto de susto. En muchas ocasiones sucede así: lo que nos asusta nos puede hacer reír. Susto porque lo que percibía de tales descripciones era como una exigencia a tener que ser lo que estos autores decían que debía ser, sabiendo, además, que estaba muy lejos de tales condiciones. Ahora no me río, pero no dejan de generarme un cierto estupor. Creo sinceramente que, más allá de que puedan ser buenas descripciones del modelo ideal de lo que debe ser un profesional, la manera que una persona debe ser para poder ayudar a alguien, para poderlo comprender, entender, conocerlo en definitiva, es curioso. Sí, ser curioso.

La curiosidad me parece que es un requisito importantísimo para poder conocer a alguien. ¿Cómo es esa persona que tengo ante mí? ¿Cómo son Uds.?, me digo a menudo. ¿Cómo es esta familia, esta pareja, este departamento? Para mí, gran aficionado a andar por estas montañas de Dios, conocer a una persona es semejante a conocer un valle, una determinada región, una ciudad… Y para ello preciso curiosidad, curiosear. A veces creo que los psicólogos tenemos algo de “porteros”, con mis respetos para estos profesionales. Saber del otro, conocer sus movimientos, sus pensamientos, sus temores e ilusiones, sus cuitas… Y conocerme a mí mismo. El ejercicio de esta profesión requiere un esfuerzo continuado de conocimiento de uno mismo y de los demás. La curiosidad, pues, es un primer ingrediente.

Cuando curioseo, ¿qué miro? Todo. Absolutamente todo. Cuando entré a supervisar un departamento hospitalario de esta ciudad, tuve que superar la vergüenza de preguntar. Preguntar para saber. ¿Cómo vamos a poder echar un cable a nadie si no preguntamos? ¿Recuerdan a “Jorge”? Cuando llega una persona así, lo importante es poder hacer una descripción del sujeto lo más completa posible. Y para ello no debo tener prejuicios. Si los tengo, me van a impedir abrir los cajones de su personalidad. Si pienso que tal cosa le va a molestar o que prefiero no indagar sobre este tema, entonces mi curiosidad queda limitada a lo que él me quiera decir; y nada más. Si se da cuenta de que tengo interés por él entonces irá aceptando que le haga preguntas que tienen que ver, justamente, con sus aspectos personales e íntimos. Pero si hago estas preguntas es justamente para conocerle, no para reírme de él. O para catalogarlo. O para desacreditarlo. Eso significa respetarlo, creo. Pero eso también tiene un pequeño problema. Si le voy a conocer, me va a conocer. ¡Ah, amigos. Con eso no contábamos! Y aquí, en este punto muchos patinamos. Nos da pánico. Pero, ¿cómo es que yo sí puedo conocerlo y él no a mí? Creo que aquí tenemos algo que ir aclarando.

Miren, si fuésemos capaces de conocer toda la información que recibimos del otro en, digamos… los cinco primeros minutos de un encuentro, nos daríamos cuenta de que la radiografía que nos ha hecho y la que hemos hecho, es muy completa. Es decir, nuestras capacidades perceptivas son capaces de detectar la inmensa mayoría de aspectos que nos constituyen y que configuran nuestra identidad. Y ahí es cuando muchos de nosotros nos ponemos nerviosos. Hay quien cree que el paciente (sea una persona o un colectivo) no nos ve. Hay quien considera que los profesionales podemos ser opacos, o incluso, invisibles. No. Que deseemos ser opacos o invisibles, es una cosa. Que lo consigamos, es otra. Porque, de acuerdo, no sabrá si ayer tomé tortilla o espinacas para cenar. No sabrá si tengo uno o diez hijos. No sabrá…; pero es que esto no es lo importante. Esto no constituye nuestra identidad. Pero sí sabe que estamos inseguros, que tal tema no nos gusta, que vamos de falsos, que… y esto es lo que interesa en la relación asistencial.

En este sentido, la espontaneidad que un compañero señalaba en clase quizás corresponda a no estar protegiéndonos de esa valoración. No tener miedo a que el otro nos vea tal y como somos. La espontaneidad está reñida con la falsedad. Ser espontáneos, ser auténticos, representa no asustarse por la cantidad de información que suministramos. Y para no asustarme de ella preciso una cosa: aceptarla. Aceptar mi manera de ser. Aceptar mis tics, aceptar mis carencias, deficiencias… No somos súper hombres, no somos súper psicólogos que vamos a tener que resolver desde esa superioridad no sé qué problema. No. Al contrario. Como somos de carne y hueso vamos a poner lo mejor que tenemos de nosotros mismos al servicio de poder crear con quien está ahí, delante, un espacio para compartir pensamientos, sensaciones, sentimientos, emociones…

Entiendo que, como me decía una compañera al salir de clase, hoy estoy “tocada”. Posiblemente lo que nos “toque” tenga que ver con el descubrir que estamos a la vista del otro, que tenemos pecas y verrugas, que todos somos exactamente iguales y que, precisamente por esto, hemos elegido una profesión como esta. Será a través de este proceso de integrar las diferencias existentes entre la imagen ideal que tengo de mí mismo y la real, como puedo comenzar a comprender al otro.

Un saludo,

Dr. Sunyer.

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