Mi cuaderno de Bitácora, del 16 de enero de 2007

Se acerca el fin

Creo que el nerviosismo que detecto no es sólo mío. Se respira un aire particular que desde fuera es difícil de entender. Al llegar al aula me sorprendió ver que estabais sentados como si fuera una clase cualquiera, manteniendo las filas que habitualmente corresponde a otro tipo de clase. ¿Qué pasó?, me preguntaba al tiempo que os hacía señas para que os pusieseis como siempre, en círculos. Cierto que llegué con un cierto retraso pero no creo que ello fuera la causa de tal relajo. También es verdad que estáis acostumbrados a que normalmente me encargo de colocar las sillas distribuyéndolas de forma más o menos equilibrada por toda el aula. ¿Qué pasó? Sólo puedo pensar en que se acerca el final de nuestro recorrido.

Si trato de ser un observador alejado de la dinámica de la clase, del grupo, diría que hay un colectivo de personas que habitualmente se reúnen formando grupos pequeños en un primer momento de la sesión y posteriormente organizan un círculo grande. Y observo que esa práctica se ha roto no habiendo ninguna circunstancia que permita entender dicho comportamiento. El hecho de la finalización de la tarea que es una de las hipótesis que se barajan para explicar el hecho, no parece razón suficiente como para ello: el grupo debería seguir la pauta habitual hasta el último momento. En realidad este es nuestro compromiso y cualquier alteración del mismo debe obedecer a causas que, de entrada, desconozco.

Puedo pensar que ello se ha debido a que no había realizado mi tarea habitual, la de poner las sillas distribuidas como habitualmente lo hago. Acepto que esta puede ser una de las razones, lo que me lleva a pensar que el grupo de alumnos no dispone de capacidad de decisión para asumir, como parte integrante de su rutina, la de poner las sillas como siempre las han tenido. Si esto fuera cierto, debería pensar que los miembros del grupo esperan que sea el responsable del mismo el que asuma esa función de tipo administrativo; o lo que es lo mismo, que delegan en él parte de la responsabilidad que, como miembros del grupo, también tienen. Dicho de otra forma, el grupo se muestra dependiente de la figura del coordinador, o cuanto menos, pendiente de él. ¿Pero es posible aceptar que un grupo de personas adultas se comporten de esa manera? Se supone que desde el hecho de ser adulto uno asume responsabilidades; y si no lo hacen, ¿por qué?

Sigo pensando en el hecho y, si acepto que todos son adultos, tendré que considerar qué elemento puede hacer que no se comporten como tales. Si el hecho diferencial es que el grupo como colectivo es el que no ha actuado así, debo comenzar a pensar que las personas cuando estamos en un grupo, en un colectivo, abandonamos nuestra capacidad individual de funcionamiento responsable y la trasladamos a un ente abstracto al que llamamos “grupo”. Esa delegación sobre una entidad abstracta denominada así parece corresponder a la idea de que esa entidad es la que va a asumir las funciones que cada uno individualmente ha renunciado tener. Este hecho ya fue señalado hace más de cien años por Le Bon y, posteriormente, por Freud y otros autores. Es decir, existe un abandono de la individualidad para quedar parapetados por ese ente denominado grupo al que se le hace responsable de algo de lo que no puede responsabilizarse. Y no puede porque ese ente es abstracto, no existe.

Podríamos considerar otra posibilidad: que ese abandono se corresponda a que cada persona adulta tuviera una preocupación mayor que la correspondiente a la propia razón de estar ahí. Podríamos pensar que cada uno tiene la mente “ocupada” por algo que es vivido con mayor tensión que la que corresponde al trabajo a realizar en la sesión de hoy. Esto lo podría pensar como si la energía que debería ser utilizada en considerar “qué vamos a hacer hoy” estuviese empleada en otra cuestión que es la que le ocupa. SI lo pienso desde este ángulo podríamos considerar que cuando los humanos tenemos una preocupación que exige mayor energía, el resto de las cosas pasan a ser secundarias. Con ello justificaríamos que esa cosa con la que nos ocupamos sea la responsable de la no consideración de lo que teníamos que hacer hoy. Lo que sucede es que considerar este aspecto nos daría un argumento permanente para que lo que se tiene que hacer en un momento dado siempre estuviese supeditado a que no existan otras ocupaciones más llamativas. Pero, si nos reunimos ¿no es para hacer algo? Porque si no es así, ¿para qué estamos aquí? De hecho, ese desplazamiento de la energía hacia otro punto distinto al del objetivo de la reunión no se diferencia demasiado de la hipótesis anterior por la que considerábamos que esa energía se desplazaba sobre el responsable del grupo.

Quiero pensar que hay otro factor que está incidiendo en el no estar aquí. Sabemos que una de las dificultades que tenemos los humanos es el estar donde debemos estar, atender a lo que debemos atender. Dicho de otra manera, la dificultad que tenemos como personas que nos juntamos en un grupo consiste, parece, en que desplazamos las responsabilidades que tenemos hacia lugares que no se corresponden al “aquí y ahora” sino al “allá y entonces”. Si realizamos esta operación mental será porque algo de lo que hay aquí y ahora es suficientemente engorroso como para hacerse cargo de ello. ¿Qué puede ser? Creo que eso tiene que ver con la finalización de la tarea.

En efecto, la finalización de la tarea no es fácil. Parece que los humanos reaccionamos de forma muy particular ante estos momentos de finalización: tratamos que pase lo más rápidamente ese hecho. Como si el período que media entre el inicio del final y el final mismo estuviese plagado de elementos suficientemente ansiógenos como para tratar de pasar lo más rápidos que podamos. ¿Qué elementos pueden ser esos?

¿La separación? Parece que la separación es difícil. Separarse de una experiencia supone elaborar el conjunto de sucesos que la han impregnado, reordenar afectos para que no nos afecten más de la cuenta. Y estos afectos tienen, como todo, dos colores: hay buenos y malos, hay constructivos y destructivos. Y la experiencia señala que no hay buena separación si uno no ha podido airear aquellos componentes de la relación que se han quedado cargados de valencias negativas. Y en nuestro grupo, como en todo grupo, hay unas cuantas.

Ya en el bar un compañero del grupo me decía ¿cómo te ha ido con el grupo? Y le comentaba que el impacto de mi ausencia ha pesado mucho. Las circunstancias de este curso han aportado una ración de tensión, preocupación, sensación de abandono, pérdida del orden que había sido propuesto, ruptura del ritmo y un cierto desconcierto, que creo ha incidido en la marcha del curso. Posiblemente ello haya favorecido que algunos no se hayan vinculado con la materia, con el propio grupo, como hubiese sido de desear. Por otro lado la exigencia ha estado presente. Ha habido como una reacción ante tanto trabajo, tanta valoración, tanta demanda de participación que, en vez de considerarla como una oportunidad de aprendizaje, para muchos ha sido una especie de calvario. Entiendo el enfado por esta parte. Entiendo el que proviene de percibir que se pide colaboración, participación. A todos nos gusta que nos lo hagan todo y sin duda es mucho más fácil una materia en la que sólo se pide un examen que aquella en la que, sin examen, se pide una valoración continua del esfuerzo cotidiano. Entiendo el enfado vuestro. Pero también se que, a pesar del enfado, habéis aprendido cosas.

Un saludo,

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