Mi cuaderno de bitácora del 5 de diciembre del 2006De enfados y dececiones

17 Mi cuaderno de bitácora

¿Qué estará sucediendo?

Esta es una pregunta que me hacía días atrás, precisamente tras la primera visita de Juan Voydesolo. Percibo un ambiente diferente pero no puedo precisar qué es lo que lo hace diferente. Pero algo hay que me hace sentir, no diría incómodo pero sí inquieto. Y no sabría tampoco muy bien definir este sentimiento, o mejor, atribuirlo a algo. Sí percibo claramente una reacción en mí: la que me lleva a hacer un pequeño sobreesfuerzo, algo así como si mi propia exigencia también la localizara en vosotros, mis alumnos. Pero, ¿exigencia de qué?

Creo que la primera visita de Juan dejo profunda huella. Y posiblemente no hemos sabido encontrar suficiente tiempo como para hablar de ella. ¿Qué huella? Creo que Juan os posibilitó encontraros con una situación bastante real: la de un paciente cualquiera que de entrada no sabe qué le pasa, ha organizado alguna teoría al respecto, y os ha trasladado esa incapacidad con la que se muestra. Creo que esto ha contribuido a dejar una cierta sensación de complejidad en lo que es una intervención asistencial, sensación que creo es responsable de una parte de la huella.

También creo que las figuras que hemos representado os han dejado otro sabor de boca similar. Creo que habéis podido percibir que cada uno representa las cosas según las ve, y este hecho os ha colocado ante un elemento complejo de nuestra profesión, el de la permanente subjetividad. Y junto con la subjetividad, la complejidad. Cualquiera de las figuras que habéis representado, anunciaba un grado de complejidad elevado. Creo que esta subjetividad y la complejidad también han contribuido a añadir un determinado impacto en la huella de la que hablamos.

También creo que las entrevistas han sido muy significativas. ¿Cómo lo hice?, sería una de las preguntas que muchos os estaréis haciendo. Ver, constatar que hay una gran variedad de entrevistas y de entrevistadores, que no se sigue una pauta conocida y formalmente establecida, que aparecen reacciones que en un principio no se tienen controladas, que todo esto se realiza ante compañeros que también son críticos… todo esto contribuye a que haya una huella importante en el ambiente de la clase.

Supongo que por esta razón os he propuesto entrevistar de nuevo a Juan, reduciendo el número de entrevistadores, y proponiéndoos que os fijéis en un conjunto de aspectos. Y ¿cuál fue el resultado?

Juan habló. Como de costumbre expresa sus eternas dudas y parece que dibuja un personaje que duda permanentemente de sí mismo y otorga la razón a los demás. Pero antes de entrar en análisis más complejos de su estructura, voy a fijarme un poco en dos aspectos: los que tuvieron el valor de hacer de profesionales (muchas, muchísimas gracias), y el resto del grupo.

Si me centro en el papel de las entrevistadoras reconozco que lo tuvieron difícil. No sólo por las características de Juan, sino por el hecho de ser tres y de estar a la vista de toda la clase. Creo que parte de la rigidez con la que se mostraron tenía que ver con eso. Juan se sentía un poco perdido, posiblemente la misma sensación que tuvieron ellas: no sabían qué preguntar, cómo preguntar, qué decir o no. Esta es una típica situación de entrevista. Uno no sabe qué decir, cómo decirlo, cuándo… Alguien habló de que a Juan se le veía débil. Podría ser, pero parece que nos creemos muy fuertes y que vamos a poder “dañar” al paciente. Creo que si hay buena intención por vuestra parte, creo que si hay verdadero deseo de ayudar, poco daño vamos a poder hacer. Posiblemente metamos la pata. Pues la sacamos. Posiblemente hagamos una pregunta inoportuna, pues nos disculpamos. Posiblemente seamos…, pues pedimos disculpas. Por lo general, cuando el paciente nos ve como sujetos que tratamos de ayudarles, como personas que honestamente tratamos de hacer las cosas bien, nos acepta más y confía más en nosotros.

Creo que de haber sido el entrevistador, hubiese intervenido más. Pero no para competir en el número de palabras que pongo, sino para poderme hacer presente en la propia relación. Creo que si en algún momento hubiese expresado algo así como “caramba, qué mal se lo tiene que estar pasando”, u otra frase similar, creo que el paciente (si soy sincero) hubiese visto que le entendía. Creo que más que consejos lo que debemos es mostrar comprensión de lo que sucede. ¿qué es sino la empatía? NO es sólo un sentimiento interno de conexión sino también la expresión de esa misma conexión. ¿cómo me sentiría yo si creyese que me están tomando el pelo, que mis creencias u opiniones no son compartidas, que mis razonamientos no son útiles, que mi supuesta falta de vocabulario es el causante de tanta incomprensión?

Hay una idea muy rica: el paciente me está tomando el pelo. Eso no es literalmente cierto. Por raro que parezca un relato, aún siendo absolutamente falso, debo creerlo. Sólo cuando la relación con el paciente es suficientemente fuerte, sólo cuando esta relación se da en un contexto de máxima seguridad y confianza, sólo cuando dispongo de la posibilidad real de poder aclarar los malos entendidos, sólo en estas situaciones he dicho a un paciente: eres un mentiroso, mentiroso contigo mismo. En el resto de las circunstancias, aún en el supuesto de que fuera cierto, jamás se me ocurriría pensarlo. ¿Y por qué? Porque en último término se estaría tomando el pelo a sí mismo. Porque lo que cuenta se corresponde, con mayor o menor fidelidad, a lo que siente en este momento y, sobre todo, a lo que me quiere contar en este momento.

Considero que estamos en la misma orilla que el paciente. Y como estamos en la misma riba, debo poder entender lo que está diciendo y lo que le está sucediendo, desde su propia realidad. No desde la mía. Y esto es lo complicado, quizás lo más complicado de la psicología: comprender lo que alguien está sintiendo, viviendo, desde el lugar en el que lo vive (esto incluye, sus planteamientos religiosos, políticos, culturales, afectivos, familiares, personales…).

Ahora vayamos a la segunda cuestión: el grupo. Entiendo que la decepción de ver que el paciente era lo que era, y era quien era, llevase a una decepción. Decepción que creo se suma a otras decepciones que estáis teniendo y que no estamos pudiendo hablar. Y de la decepción al enfado hay un pequeño paso. Y ese enfado, el que tenéis, el que tenemos, posiblemente sea el responsable de ese cambio de actitud que estoy percibiendo de un tiempo acá. ¿lo podremos hablar?

El enfado aparece siempre en toda relación asistencial. No creo que pueda haber progresos terapéuticos sin pasar por el enfado una y varias veces. Y no siempre se sabe uno enfadado. El enfado anida en toda psicopatología. Podría decir, incluso, que la patología psíquica aparece en relación con enfados, enfados grandes, enfados casi infinitos con los que crecemos y no podemos resolver. Y muchas veces no los resolvemos porque hemos llegado a un proceso de separación importante y significativa con la fuente del enfado; como si el sentimiento quedase libre sin poder agarrarse a cosas concretas. Y al quedar libre, y en ocasiones sin nombre, uno no puede elaborar casi nada. Fijaros en Juan. Uno de vosotros, con mucha vista, señaló que Juan no sabía que podía y que posiblemente estaba enfadado con su compañero de trabajo, con el de Sindicatos. Y como éste, muchos otros. ¿cómo no va a estar enfadado alguien a quien nadie le ha creído capaz de hacer nada? SU posicionamiento de no hacer nada ha sido una actitud en la que ha utilizado su poder en sentido contrario: contra sí mismo.

Tendremos que posibilitarnos hablar de nuestros enfados. Hablar de ellos supone seguir en el proceso evolutivo de nuestro grupo, de la misma manera que supone seguir con los procesos de la relación asistencial; cualquiera que sea. En efecto, por raro que pueda parecer, los procesos evolutivos pasan siempre por zonas enfadosas, o de cabreo. Depende de la intensidad. Seguramente algunos de vosotros ya habrá consultado algún libro de la cosa grupal para averiguar si es normal esta situación. Creo que nadie quiere los enfados. Como nadie quiere la guerra. Pero los enfados, como otras manifestaciones más duras de la realidad social, y por lo tanto humana, están ahí. Y fijaros que siendo varias las razones por las que creo que estamos con este punto enfadoso, la fundamental es el constatar justamente las propias dificultades de la tarea. Es como si se rompiera el mágico encanto de las expectativas dibujadas en un momento. Por esto deberemos abordar esta situación, para poder acceder a otro momento evolutivo de nuestra relación pedagógica o la equivalente que sería la relación asistencial.

Dr. Sunyer

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