Mi cuaderno de bitácora 14 del 11 del 2006: primer encuentro

11 Mi cuaderno de Bitácora del 14 de noviembre de 2006

Miedos y actitudes.

Realizamos un ejercicio particular al que habitualmente estáis acostumbrados: una entrevista. Pero esta entrevista tenía como objetivo no el entrevistado sino el entrevistador. El entrevistado tenía una función: explicar lo que le pasaba lo que provenía de una historia personal que habíais articulado previamente a partir de uno de los cuentos que os puse en la pizarra. En cierto modo, los cuentos podría ser asimilado a la “etiqueta clínica”, aunque en realidad se correspondía a lo que constituye el eje de nuestra existencia. Me explico. A lo largo de nuestra vida vamos organizando nuestras percepciones del mundo y nuestras relaciones con los demás de manera que estas relaciones y percepciones se articulan configurando un esquema personal, intransferible. Ese esquema personal sería como lo que hemos hecho en clase, nuestro “cuento particular”. Pero no me voy a meter por ahí. Vamos a por el entrevistador.

Hubo debate. Y salí con buena impresión. Pero ¿qué debatíamos? Se hablaba de la actitud del entrevistador respecto al entrevistado. Y es que a lo largo de las cuatro entrevistas lo que se destilaba era una actitud más de temor que de investigador. Los entrevistadores parecíais andar como “pisando huevos”, es decir, con miedo. Y creo entender parte de vuestros temores porque también han sido míos. Sí, en efecto, tenemos miedo. Recuerdo que tenía tantas ganas de hacer una “buena entrevista” (¿qué querría decir con eso?) que me convertía en una especie de entrevistador robot. No dudo de que mis preguntas se ajustasen a un protocolo más o menos diseñado por grandes y experimentados profesionales. Lo intentaba. Pero… ¿sabéis qué he ido aprendiendo?

Nuestra forma de ser no nace genuinamente de nosotros, no se desarrolla en un laboratorio ajeno a la vida, a la sociedad en la que estoy, ajeno a las personas que me rodean. No. Somos parte del contexto en el que estamos, parte de una familia que tiene unas pautas concretas de hacer las cosas, de una facultad que nos uniforma de una manera y no de otra, de un contexto cultural que es el que es. Y ese hecho está bien; pero os pido algo más. He ido aprendiendo a coger mis miedos, que son muchos, e irlos metiendo en una centrifugadora para que suelten ese líquido que me paraliza en muchas ocasiones. Tengo miedo en cada entrevista a no ser capaz de entender al otro. Pero precisamente porque tengo ese miedo, tengo que hacer algo para salir del esquema referencial en el que culturalmente nos ubicamos. Y no quiero herir susceptibilidades, ni deseo dañar con lo que voy a decir ahora; nuestro contexto cultural es, en terminología freudiana, anal. Las manifestaciones culturales son una buena muestra. También las de los políticos y muchos pensadores que se leen en los periódicos. Y como anal es el contexto, desde esta perspectiva andamos “pisando huevos”. Tenemos, tengo miedo a herir y ese miedo, heredado de los contextos familiares y culturales en los que me he criado, hace que ante un paciente tienda a mostrarme cauto, receloso, calculador, desconfiado. Como si, y repito, como si mis intervenciones pudieran hacerle daño. ¿a caso no busco la manera de cuidar al otro permanentemente? Pero ¿qué es cuidar?

Venía a decir una compañera vuestra con mucha razón que parece que se entiende la empatía como un estar con tanto miramiento que al final no hay relación. Empatizar no es un acto de magia. No es un andar viendo al otro con guantes para no contagiarnos. No. Creo que la empatía es una actitud positiva, una actitud activa, valga la aparente redundancia. Dice una canción de Llach, (creo que es él), “fe no es esperar, fe no es somniar, fe es penosa lluita per l’avui pel demà…” pues algo parecido. Empatizar con el paciente es irse metiendo en su mundo, entender sus sentimientos, sus vivencias, sus planteamientos, sus miedos. ¿cómo hacerlo sin una actitud activa?

Fácilmente al inicio de una relación entramos en la propia trampa con la que tanto el otro como yo mismo, nos tendemos al inicio: no nos hagamos nada. Os propongo que hagamos algo. Y os decía que es trasladable a la asignatura. Uno puede hacer la asignatura desde ese “pisar huevos”. Bueno, está en su derecho. Pero es mi obligación decirle que va a aprender muy poco. Cuando leo vuestros cuadernos de bitácora, claramente puedo hacer una clasificación: la que agrupa a aquellos que van de pasada por ahí, que escriben porque hay que escribir, que cumplen lo que se ha solicitado. Y los que escriben un cuaderno vivo, peleado, acompañado de ideas, de citas o referencias, que se cuestionan fenómenos que ven en el grupo de la clase o en ellos mismos, que establecen con el cuaderno una relación empática. Estos aprenden más, os lo aseguro. Y se ve en el grupo grande. Y también en el pequeño. Hay quien viene y está. Hay quien pelea, cuestiona, reflexiona, participa. Y lo mismo, lo mismito con las entrevistas. Y no lo digo por los que han hecho el gran esfuerzo de ser pacientes o profesionales; justamente ellos son los que denuncian el hecho.

Las personas parece que tenemos miedo a herir. Como si nuestras intervenciones fuesen como cuchillos o bisturís que cortando la piel del otro, van a llegar fácilmente a no sé que capa del cuerpo humano. Ese miedo, fijaros bien, tiene mucho de fantasía agresiva contenida y paralizada. Pero no tenemos tanto poder. Cierto que podemos ser agresivos. Pero no sé si uno es más agresivo en la pasividad o en la actividad. Puedo meter la pata, cierto. Puede ser que me pase siete pueblos. Cierto. Pero si meto la pata, pido disculpas. Si me equivoco, si tengo una percepción equivocada, pido disculpas. Y no pasa nada. O sí. Que se me ve de verdad. Y ¿qué precisa el otro? Pues alguien a quien se le vea de verdad. No desde la falsedad. De nada nos sirve hacer entrevistas de salón. Estamos todos en medio del fregado, en medio del campo de batalla en el que hay personas que piden que se les atienda. Ninguna intervención que sea realizada desde el aprecio y valoración del otro, le va a dañar. Podrá decir, ¡qué bruto!. Si. Pero esto posiblemente le sea mucho más provechoso. Quizás nos convendría sacudirnos esa capa cultural y perder el miedo a la relación con el otro.

Un fuerte abrazo.

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