Mi cuaderno de bitácora 7 de noviembre del 2006: Historia y significados

9 Mi cuaderno de Bitácora
Historia y significados.

Hoy nos tocaba un capítulo de historia. Pero como ya os podéis imaginar, no me parecía muy importante hablar de cómo nació esto que se llama Orientación Psicológica ni los diversos nombres que cada cual le da a lo que hace. Con los años he ido aprendiendo que cada uno hace lo que puede a partir de lo que sabe, de sus planteamientos profesionales, de sus experiencias y de sus posibilidades. Cierto que hay quien es partidario de hacer exactamente aquello que tal autor describió como cual, y está en su derecho. Pero posiblemente por mi forma de ser siempre he huido de todo aquello que huele a uniformar, a formar como uno (de ahí vendrá la palabra, ¿no?). soy un firme convencido de que lo que importa son las personas, y nada más que ellas. Seguramente en ello percibís mi gran decepción con buena parte de la política de aquí y de allá. Demasiado salvador de patrias hay por estos lindes. Creo que lo importante son las personas, los individuos. Pero a éstos sólo los puedo entender a partir del grupo del que vienen y de los grupos que forman estas personas. Grupos o, para ser más exactos con mi manera de pensar, configuraciones de personas.

Y como no iba a hablar ni quería que hablásemos de historias (sin descartar la parte intelectualmente interesante que hay en ellas), os he propuesto hablar de nuestra historia. De las historias de cada uno de vosotros, y de ahí el ejercicio del genograma. Ejercicio que no es fácil. Cierto que lo podemos como “descafeinar” y limitarnos a describir lo que hay. Pero a poco que no lo descafeinamos lo que aparece es otra historia: la nuestra. La de nuestro grupo familiar, la de nuestra familia en la que os hemos remontado tres, cuatro, cinco quizás, generaciones.

Y lo cierto es que se ven modificaciones que aportan significados importantes. Sabiendo que a cada uno, el significado que le da o que le viene de lo que ve o ha vivido, es diferente. Y que no hay un “buen significado” y al lado un “mal significado”. Para mí hay una carga simbólica en, por ejemplo, mi nombre. Cuando uno es pequeño y pregunta sobre su nombre, u oye comentarios que le hacen su padre o su madre, o sus tíos acerca del nombre, esos comentarios van al saco de significados que para uno tiene su propio nombre. Es que “a tu abuela le gustaba ese nombre” es diferente a “tu padre se empeñó en ponerte…”. Tu nombre es ese porque “suena bien” no es lo mismos a que “tiene siete letras”. En un caso y en otro, la carga simbólica que le doy y que veo que le dan, se combinan organizando una trama de significados que van en mi nombre.

De pequeños todos buscamos anclarnos al grupo al que pertenecemos. Y las formas son muy variadas. En unos casos viene por el nombre, en otros por los gestos, o por el parecido, o por la manera de hacer determinada cosa… “te pareces a…” es una de las maneras con las que los padres vinculamos a nuestros hijos con nuestro grupo familiar. Pero también lo opuesto: “no te pareces a nadie…”, o “tu nombre lo elegimos al azar…” o “era el nombre de la protagonista de una película…” también tiene significado. Y es que en el hombre, todo tiene significado. Es la manera con la que el individuo queda anclado, arraigado, entroncado con el grupo y los grupos de pertenencia, a las diferentes constelaciones o configuraciones de personas con las que estamos. O, en el caso de tenerlo, nuestro apodo. Y esto no es estático, sino dinámico. Quiero decir que evoluciona con el tiempo. Por ejemplo, y en esto hay algo personal, durante mucho tiempo, años, se me ha llamado Miquel; ahora reivindico mi nombre original, el familiar, José Miguel. La historia de “Miquel” tiene sus raíces en un momento determinado de mi vida. Podría ser como un apodo. Mi reivindicación actual, nada fácil de reimplantar dada la larga trayectoria del otro nombre, tiene raíces afectivas; fundamentalmente. Quiero decir con ello que el valor simbólico que tiene para una persona sea su nombre, sea otra cosa, se circunscribe a los momentos históricos por los que transita dicha persona. Lo que para un paciente puede ser significativo hoy puede no serlo dentro de un año.

También realicé un ejercicio con tonalidades dramáticas, teatrales. No descarto mis raíces vinculadas al Instituto de Teatro de Barcelona, ni mis raíces Morenianas. Pero lo que pretendía era básicamente mostrar que las posibilidades creativas son las que, a mi modo de ver, deben ocupar uno de los primeros puestos en vuestro listado de capacidades profesionales. Es importante utilizar el espacio, los objetos, cualquier cosa que tengamos a mano con fines exploratorios y, detrás, con fines terapéuticos o de orientación. Imaginaros por un momento el impacto que puede tener para una persona, la distribución espacial de su grupo familiar, o laboral. Por esto el hacerlo no debe quedar, creo yo, en una mera “representación”, sino que luego, posteriormente, hay que hablar de ella. Una mera representación puede no ser terapéutica. Quizás sí, catártica; pero la catarsis no es per se terapéutica. Puede ser liberadora de tensiones, puede ser un evacuar cosas. Para que tenga carácter terapéutico debe incluir la verbalización, el poder hablar de lo sucedido, el poder pensar en voz alta, de lo expresado. Sólo a través de ese aspecto el hombre puede incorporar los elementos simbólicos que tienen sus actos. Y sólo a través de ese proceso de simbolización, el hombre puede ir alcanzando su madurez emocional.

Un fuerte abrazo.

Dr. Sunyer

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