Mi cuaderno de bitácora 31 del 10 del 2006: De confianza e identificaciones

8 Mi cuaderno de bitácora, del 31 de octubre del 2006

De confianza e identificaciones

Hoy he salido con una muy grata impresión: habíamos trabajado bastante. El tiempo se me echó encima y cuando me di cuenta eran ya las 10. Y necesitaba más rato para seguir trabajando un montón de ideas que, seguro, teníais guardadas tras vuestra entrevista. ¿qué visteis? ¿qué observasteis? ¿cómo se comportó el grupo que era entrevistado? ¿qué temas salieron, cuáles no salieron?

También salí con otra grata impresión. Al preguntarme vosotros sobre cómo me encontraba, al hablar sobre cómo me habíais echado en falta, me sentí acogido y apreciado. Y esto también es importante. Pero lo es mucho más el que os animaseis a decirlo en voz alta: un grado de confianza suficientemente alto debe haber cuando expresasteis lo que expresasteis. Uno podría haberlo hecho más en privado, pero el hecho de hacerlo público habla de que no sois un grupo frío. Hay niveles de confianza que, estoy convencido, es obra vuestra. Y esos niveles de confianza que se negocian y renegocian en cada encuentro suponen que los elementos persecutorios están menos presentes.

No sé si os he hablado de cuando Amstrong pisó la luna por primera vez. Si habéis visto la escena, baja por la escalera, pone el pié en la luna y lo retira instintivamente; luego se vuelve a animar y pisa ya más firmemente el suelo lunar. ¿porqué? La desconfianza es algo que todos los humanos hemos aprendido a tener, puesto que la vida nos ha ido enseñando que no siempre el otro es de fiar; que nos puede traicionar, dañar. Y cuando nos animamos a fiarnos un poco del otro solemos guardar una carta bajo la manga: no vaya a ser que… Hoy nos teníamos más confianza, ¿seremos capaces de mantenerla y de incrementarla?

Es muy interesante reflexionar sobre eso de fiarnos del otro. O que el otro se fíe de nosotros. ¿cómo hacer para que la relación que establezcáis con el otro, sea un paciente individual, una pareja, un grupo, un colectivo, esta relación sea de confianza? Cuando me preguntasteis en público sobre mi estado de salud tuvisteis que superar un temor: por ejemplo, ¿pensarán que soy pelota? Superar el temor a ser juzgados por el otro ya es incrementar el grado de confianza. ¿por qué las personas en nuestra cultura, cuando saludamos a otro, nos damos la mano? ¿por qué la mano derecha? Habitualmente, cuando se empuña una espada, un cuchillo, un machete se hace con la mano derecha. Mostrar la mano, dársela al otro, es la máxima expresión de que no vamos a hacerle daño, que no tenemos la espada para agredirle. Y en este grupo, hoy por hoy, estamos siendo capaces de poder aceptar que la opinión del otro es tan válida, respetable, legítima como la mía. Que nada de lo que decimos es tontería.

La ausencia de un profesional tiene su incidencia en el paciente. Como la ausencia del paciente tiene incidencia en el profesional. Ante este hecho, y casi de manera tradicional, se tiende a considerar que esa incidencia no tiene repercusiones. Diría más, que tengo derecho a ausentarme. ¿veis el tema del poder? Mirad, aquí se juegan cartas complejas. No estoy hablando de la legitimidad que tengo por la Constitución a faltar. No. Se está hablando, estoy hablando, de qué genera mi ausencia, cómo voy a trabajarla, en qué medida esa ausencia la voy a poder utilizar en beneficio del otro. En este punto se abren al menos dos caminos: el de los que consideran que si el otro se duele, que es su problema, que será por sus conflictos, que…; e incluso que es bueno que el otro se vea en esta tesitura para que aprenda a aceptar la realidad. Sé que en algún momento de la vida he pensado que eso debía ser así. Ahora no. Cierto que el paciente puede fantasear al respecto. Pero estoy cada vez más convencido de que no se trata de provocar más fantasías al paciente de las que ya de por sí tiene. Aquí se abre el segundo camino: al informar del motivo de mi ausencia le evito un sufrimiento que no se precisa. ¿qué hubieseis pensado si, de pronto, el día 10 al llegar a clase os hubieseis encontrado con que no estaba? ¿y que tampoco el 11, ni el 17 ni…? Cierto que podría haber pensado: es su problema. Pero no; es también mi problema.

En muchas ocasiones algunos de vosotros llegáis tarde. Y entiendo que eso es así, que hay muchos obstáculos, que algunos venís de muy lejos, que otros tenéis familia… ¿tiene incidencia esa tardanza en la clase, en vuestro grupo pequeño? ¿cuándo llegáis tarde, os disculpáis ante vuestros compañeros? Eso tiene que ver con el cuidado al otro. Cuidar al otro, pensar en las consecuencias de nuestros actos, saber que muchas de nuestras acciones u omisiones, afectan, dañan al otro, es comenzar a tocar con los pies en tierra. La confianza pasa siempre por la consideración del otro. La educación, las normas de educación no son otra cosa que aquellas pautas que nos hemos dado tras un montón de siglos de cultura, para cuidar al otro. Y para que el otro se sienta cuidado por mí. Por esta sencillísima razón no puedo hacer esperar a un paciente. Y si no tengo otro remedio, debo pedirle disculpas antes. Es más: el paciente puede hacernos esperar. Pero no porque sea un derecho, sino porque padece. Ahora bien, que pueda hacernos esperar no significa que pasemos por alto este hecho. Y en algún momento lo tenemos que poder hablar. Porque ese “hacernos esperar” puede ser muy bien una de sus pautas de funcionamiento en la vida cotidiana.

La confianza se pierde con facilidad. Y cuando se pierde, cuesta mucho volverla a ganar. Y se pierde porque en alguna ocasión van apareciendo los malos entendidos. Alguien dijo algo que me sentó mal, y no lo pude, o no quise aclararlo, pero a partir de este momento la confianza se comenzó a resquebrajar. Por esta razón en la relación asistencial, como en la relación lectiva, vamos a tener que realizar un pequeño esfuerzo para que no aparezcan malos entendidos. Y si aparecen, irlos aclarando. Cuando el paciente ve que le respetamos, que tenemos las manos abiertas sin ninguna reserva, que somos honestos y ponemos lo que sabemos (ni más ni menos) a su servicio, el paciente va recuperando la confianza en el otro; en nosotros. Recordad lo que señalara en su día Rogers, los cinco criterios que pone para una buena relación asistencial: coherencia, respeto positivo e incondicional, autenticidad, comprensión empática y capacidad de comunicación. Sé que esto no es una garantía, que el otro puede recelar de nosotros. Vale. Está en su derecho; por esto sufre. A nosotros nos puede costar mucho no recelar del otro; cuando los pacientes vienen y de pronto desaparecen, cuando no cumplen nuestras expectativas, empezamos a considerar que esas personas no son dignas de nuestra confianza. Cuando quizás podríamos pensar que estos comportamientos posiblemente son posibles porque tienen confianza en ser aceptados incondicionalmente. Que sus tics, sus manías, sus idas y venidas no son más que expresión de la gran dificultad que han acumulado, fruto de infinitas desconfianzas acumuladas.

Ahora bien, todo esto no se puede confundir con un “buenismo” (tan en boga en la política), con una especie de que yo tolero todo lo que se me pone delante. Tenemos nuestros criterios, nuestras concepciones de la vida, nuestras experiencias y vivencias que nos aconsejan unas y no otras cosas. Pues bien, esto es lo que la persona o personas que tenemos delante van a ver y valorar. Ahí es donde se pone a prueba nuestra coherencia (una cohesión entre nuestros actos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestra línea de vida), nuestro respeto hacia el otro (sabiendo que puede ser de posicionamientos políticos, sociales, morales totalmente diferentes a los nuestros; pero que a pesar de ello, le aceptamos como tal), nuestra autenticidad (no deberíamos actuar como sí, forma ésta muy en boga en nuestros lares), nuestra comprensión empática (que conlleva poder entender cómo actúa desde su propia perspectiva moral, filosófica, histórica, etc.), y nuestra capacidad de comunicación (siendo capaces de poder ir desmembrando el pensamiento, desmenuzándolo para facilitar su comprensión, ver cómo decimos las cosas para evitar dañar al otro, establecer una complicidad con él para que nos pueda comprender…). Con todo esto estamos bregando, también, en clase.

También hablamos de identificación. Y si la idea de confianza es un concepto más cercano a la psicología humanista (Rogers), la identificación es un concepto psicoanalítico. Aparece ya en los escritos de Freud, y posteriormente en muchos otros. Os recomiendo la lectura detallada del texto de O. Kernberg (1998) Teoría de las relaciones objetales y el psicoanálisis clínico. México. Paidós. Este concepto habla de los complejos procesos mediante los que el individuo se va constituyendo y que en una síntesis muy breve se refiere a aquellos procesos mentales (y por lo tanto cognitivos, afectivos, simbólicos y fantasmáticos) por los que tomo de quien me identifico aquellos aspectos, parciales o totales, que me producen tranquilidad, que me sirven para mi estructuración personal. Los procesos de identificación no dejan de ser procesos de comunicación en tanto que “me pongo en contacto contigo y te pones en contacto conmigo”, intercambiándonos aspectos de uno y de otro. Son procesos básicamente inconscientes pero que de alguna forma tienen elementos conscientes. Por ejemplo, no es raro pensar que haya gestos, actitudes, matices míos que puedan ser adquiridos por vosotros de la misma forma que hay matices, actitudes y gestos vuestros que pueden ser adquiridos por mí.

En las situaciones grupales y en especial las grandes (nuestro grupo grande, por ejemplo), la fragmentación (este es otro concepto psicoanalítico) a la que nos vemos sometidos por mor de la multiplicación de imágenes (otro concepto psicoanalítico) que se nos ofrecen ante nuestros ojos a consecuencia del reflejo que cada uno percibe de sí mismo en los demás (imagen de espejo, imagen especular, otro concepto psicoanalítico), es suficientemente grande y ansiógena como para que nos sintamos incómodos (no quiero poner una palabra más exacta porque podéis asustaros) y busquemos, mediante nuestros procesos de identificación, aquellos aspectos que, localizados en aquellas figuras que pueden ofrecérnoslos, nos sirven para una mayor estructuración personal o al menos evitan una desestructuración mayor. Y eso mismo sucede en la relación asistencial. Y es un proceso mutuo, bidireccional, que se da al unísono, al mismo tiempo. Por esta razón todo proceso terapéutico es útil para el paciente y debe serlo para el profesional; es más, si como profesionales no somos capaces de realizar estos procesos, nuestra capacidad disminuye y se incrementa las posibilidades para eso que llaman los anglófonos “burn out” y que no es otra cosa que “estar hasta las narices”.

Un fuerte abrazo

Dr. Sunyer

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