Mi cuaderno de Bitácora del 18 de octubre de 2006

7 Mi cuaderno de Bitácora
De cuidados y abandonos II

Os decía que había como tres aspectos que quería abordar a partir de la experiencia de Ingreso. Hoy voy a abordar el segundo: el paciente sufriente. ¿Recordáis lo que digo en el texto acerca del nombre que le ponemos a la persona que viene a consultarnos? Recordaréis que señalaba un cierto reparo a la utilización de la palabra “paciente”. Creo que tras lo que escribí el último día, podéis ir entendiendo eso que dije. La palabra proviene de la idea de padecer, motivo por el que habitualmente se va a un hospital.

Momento primero

El sufrimiento, ese padecer que hace que vayas a un Centro de Asistencia Sanitaria, puede presentar diversas formas. En unos casos el dolor es evidente y éste es el que te lleva ahí. En otros, no es el dolor, sino una preocupación por algo que percibes como no normal o no habitual en ti; o en el otro. EL reciente ingreso de una niña de 15 años por cáncer de ovarios me permite pensar que no siempre hay un dolor que le lleva sino que es uno el que lleva al dolor o a la preocupación: siempre es mejor que sea así y no que el dolor sea el que te lleva, claro. A partir de ese primer contacto se inicia un proceso complejo en el que nuestro aparato psíquico se ve ante la tesitura de tener que lidiar con algo inesperado. Las diversas visitas a los especialistas, o a la realización de pruebas suponen no sólo unas pérdidas de tiempo importantes (no quiero pensar en las horas de espera y de desespero que hay en la mayoría de nuestros centros asistenciales), sino una carga emocional importante para quien tiene el sufrimiento y para los que le acompañan. La tensión emocional que supone el estar los tiempos necesarios para que se realicen determinadas pruebas, con los correspondientes pinchazos en algunas ocasiones, debe ser negada, reconvertida para no hacer de aquello un drama. En algunas ocasiones la prueba exige sedación lo que te permite ver cómo muchos “pasan” de ello haciendo las pruebas tal cual, con el dolor que supone. Y es cierto que hay dolores que no pueden evitarse. Pero hay otros que parece que no se quiera evitar. Se minimiza lo que para aquella persona puede representar una determinada exploración. Y por lo general hay una total falta de información. La información, ya lo sabéis, es poder. La idea que parece derivarse es que yo dispongo (nosotros disponemos) de esa información pero no te la damos. O te la damos mal. Como si el paciente no tuviera capacidades personales para entender cosas. Pero si nosotros estuviéramos ahí, ¿qué haríamos? ¿qué información damos? ¿cómo la damos? La falta de información se suple con fantasías y pensamientos de todo tipo, por lo general no de tonalidad tranquilizante u optimista.

El cuerpo es nuestro punto de referencia básico. Nuestra naturaleza no es espiritual, estamos anclados a lo terrenal por lo que las vivencias que atañen a nuestro cuerpo son básicas en la constitución de nuestro esquema psíquico. Y, aún sabiendo que los profesionales de la salud no está ahí para dañarnos, la realidad es que salimos dañados. Los pensamientos acerca de lo que me puede estar pasando, las fantasías que surgen tras cada intervención sobre nuestro propio cuerpo, son suficientemente poderosos como para prestarles atención psicológica. La información veraz, suministrada a dosis que posibiliten la digestión de lo que sucede, la aportación de aquellas ideas que pueden ayudar a compensar las fantasías que nos hacemos, todo esto nos sitúa en un nivel de adultez, de igual a igual que las estructuras sanitarias, como las estructuras políticas no acaban de asimilar. Hay una continua pretensión de considerar al “paciente” como si de un “ser menor” se tratase.

Si consideramos que la imagen que tenemos de nosotros mismos proviene de la que nos proporcionan los demás y de las relaciones que mantenemos con esos “demás”, podremos comenzar a entender, creo, el daño psíquico que deriva de ver que esa imagen que el otro me da de mí mismo no se corresponde con la que yo tenía hasta ahora. Es en la interacción con el otro como se va fraguando la imagen de uno mismo. El self, no se crea en el vacío sino en esta relación íntima con seres significativos, y se reconsidera, se revalora, se recompone cada vez que entramos en contacto con seres que van a poder ser significativos. Cuando las estructuras, que están al servicio de las personas, no atienden ni entienden que sus intervenciones afectan a las imágenes que esas mismas personas tienen de sí mismas, tenemos estructuras patogénicas. Por no decir patológicas. Y es en estas circunstancias cuando el paciente trata de buscar salida a algo que le está superando. La “seducción” que trata de ejercer el paciente sobre el galeno que le cuida va dirigida básicamente a encontrar una situación suficientemente controlada como para que su imagen de sí mismo no se vea más dañada; o más de la cuenta. Hay diversas formas de seducción, desde la más burda y personal como ser más o menos simpático, etc., a otras de tinte más patético como puede ser el ver en qué cosas puedes coincidir con el otro (ser de una misma orientación política o religiosa, ser de un mismo equipo deportivo, o de ciudad de origen…), hasta formas más elocuentes (regalar algo al equipo tratante). ¿Qué se busca? Desde una posición más psicoanalítica os diría que se busca aplacar la posible reacción agresiva del otro; desde una posición más grupoanalítica (ya os he dicho que me encuentro en un proceso de modificación importante de mis referentes) creo que va encaminada a establecer un diálogo en el que el paciente recupera aspectos de su poder.

A mi me parece ver un componente social muy importante en todo esto. Desde casi la noche de los tiempos, el brujo, el médico, ha dispuesto de un poder importante. De él dependemos en buena medida y genera, en nosotros, la aceptación de una estructura en la que lo vertical prima sobre lo horizontal de la relación. Esa valoración, mamada desde nuestra más tierna infancia, se articula en nuestra estructura psíquica que articula actuaciones a favor (a quien no le gusta el poder) y en contra (quien no está en contra de él). Y siendo cierto que los profesionales de la salud (nosotros lo somos) disponemos de un poder sobre el otro (la información…) también es cierto que éste no debería estar sino al servicio del otro, en este caso el paciente.

Momento segundo.

Transcurrido un cierto tiempo, se dispone claramente de un diagnóstico; p.e., “cáncer de ovarios”. La verdad es que es un momento crucial para el paciente y para los suyos. Sobre todo para quien sostiene la preocupación; también es verdad que hay profesionales (ya lo dije en el anterior cuaderno) que tienen en cuenta a las personas con las que se relacionan. Pero hay quienes tienen una teoría curiosa: “la verdad hay que decirla tal cual”. Y es verdad que no hay que mentir, que hay que decir la verdad; pero el problema es cómo se dice, qué ritmo se le pone a la información, qué consideración se tiene de quien recibe la noticia, qué trabajo se realiza tras la comunicación del diagnóstico, qué acompañamiento posterior se dibuja… Dejando de lado estas consideraciones, el paciente, quien sostiene la preocupación, se encuentra con la noticia cuyo impacto suele ser importante. Y por dos motivos: por un lado por la mitificación que tienen muchos diagnósticos en este mundo de desinformación permanente. Hay palabras que impactan más por el formato social que tienen que por ellas en sí. Por otro lado por el hecho de que a partir de aquel momento el paciente sabe que tiene algo cuya dimensión, consecuencias, características desconoce totalmente. Este elemento se inserta en el esquema que cada uno tiene de sí mismo, en la imagen de sí mismo, en la conciencia de su sí mismo. Es un elemento que debe poder integrar ya que el que se inserte no conlleva integración. Ello supone que a partir de ese momento se debe poder hablar, trabajar las diversas nociones y conceptos que tiene al respecto, ampliar la información que tiene.

Es muy factible la presencia de dos reacciones opuestas. Una tiene pintas de “negadora de la realidad”. Es decir, en ocasiones se hace cierto aquello de que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”, y esta es una de ellas. Las noticias impactantes se niegan, o se descafeínan. Se les quita el valor básicamente porque uno no está en condiciones de poder asimilar lo que ha oído. La idea de “a palabras necias, oídos sordos” bien puede articularse en este apartado. EN ocasiones el diagnóstico y lo que hay que hacer, se articulan como necedades (¡qué va a saber ese!) que hay que silenciar.

La otra reacción es la que exagera la realidad diagnóstica. A partir de ahí, o se desarrolla una defensa de tipo depresiva, en la que el mundo adquiere repentinamente un color negruzco, o incluso una defensa de tipo exhibitoria, algo así como si dijésemos: “¡fíjate lo que tengo!, xxxx”. Evidentemente ninguna de estas dos reacciones parecen servir para afrontar el problema, pero sí para rehuirlo SI todo se torna negro, consigo una atención desmesurada, cargante, convierto (¡ah el poder!) al otro en mi “esclavo”, una esclavitud muy dura porque es a través de generar en él una especie de pena penita pena. SI lo exhibo, si alardeo de lo que tengo, consigo la pena pero desde una especie de falsa admiración. En realidad, ambas ocultan la gran dificultad que tenemos para sentirnos del tamaño real que tenemos.

Tercer momento.

La o las intervenciones clínicas, quirúrgicas, suelen ser las que aparecen a continuación. Y éstas, por lo general, requieren de anestesias; y previamente el ingreso, el ir a vivir durante unos días en otro lugar, el desprenderse de sus cosas familiares, el entrar en una dimensión temporoespacial totalmente nueva. SI tiene suerte y está en una habitación para él solo, bien; si no… la pérdida de intimidad es mayor. Pérdida que se aúna al hecho de tener que convivir con personas desconocidas, de formas de proceder y de actuar diferentes, y que tienen a su familiar no siempre en la misma situación de la que está nuestro paciente. Los niveles de despersonalización aumentan, la pérdida del control de uno mismo, la confusión se incrementa de manera que el estado psíquico no es precisamente el mejor ante una intervención.

El paciente tiene que habérselas con sus propias ansiedades que, lógicamente, incrementan las fantasías y pensamientos, así como la sospecha de que no le han acabado de decir realmente lo que le pasa. Y, como los elementos temporoespaciales se han roto (los horarios hospitalarios no se ajustan a las necesidades de quienes están hospitalizados), el daño psíquico que se tiene es muy elevado. Si ya tambaleaba la imagen de uno mismo, si la conciencia de sí mismo estaba resquebrajada, ahora la brecha se agranda. Y se sigue agrandando en el momento en el que vas perdiendo conciencia de ti mismo como consecuencia de la anestesia. ¿saldré de ésta? se dice mucha gente. Y será que los temores a no despertar más se han disparado, ¿no? Y al volver a la realidad se te introduce en otra: la sala de vigilancia intensiva. Otra experiencia que te activa un montón de fantasías y miedos que, ¡porque no puedes salir corriendo!, que si no… Y luego viene el período postoperatorio. ¿quién reanima el self? ¿cómo se restaura la imagen de uno mismo a la que se le añaden las imágenes derivadas de la experiencia de ingreso? EL paciente, en estas circunstancias, como caminante sediento en el desierto, se aferra a cualquier información que, cual oasis, aparece a su alrededor. Busca que le aplaquen las ansiedades que surgen de los propios tubos que salen de su cuerpo. Busca saber qué tal fue la intervención. Busca…

La imagen del paciente cual bebé que os decía en el día de ayer, se torna realidad. La cuestión es ¿qué función tenemos los psicólogos en todo este asunto? O, como profesionales ¿qué podemos hacer para paliar en la medida de lo posible, el monto de ansiedades, daños en el narciso, deformaciones en el self, que se han dado?

UN fuerte abrazo.

Dr. Sunyer

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