Mi cuaderno de bitácora 26 del 9 del 2006: Comunicación, poder y patología

Mi cuaderno diario de Bitácora, 2
26/9/06

Comunicación, poder y patología.

Fue nuestro primer encuentro real. Ahí estábamos todos, con nuestros miedos y con todas nuestras experiencias personales, dispuestos en un círculo que me dio pie a hablar de nuestro lenguaje corporal. Todos sabéis lo que es un círculo, una elipse, un espacio circular. Son formas que garantizan mayormente un contacto visual y en ocasiones auditivo entre todos los asistentes al grupo. No es un problema de estética; aunque también hay algo de ello. Es un problema de comunicación. Un redondel en el que haya personas que queden ocultas a la vista de los demás, es una forma que excluye, omite, escinde a estas personas. El contacto visual entre todos nosotros es importante. Importantísimo. En un grupo, nadie debe quedar fuera de la relación, de la comunicación. Un grupo, que no deja de ser una representación social, no debiera excluir a nadie. Ni un grupo grande como el nuestro en el que los elementos sociales quedan más evidenciados, ni un grupo reducido como puede ser el familiar. Si en una familia (que es el grupo originario) alguien queda fuera de la comunicación, la comunicación visual, la comunicación verbal, etc., ese alguien es excluido y acaba excluyéndose. La patología tiene mucho de esto.

Si lo que pretendemos es poder pensar, entre otras cosas, sobre lo que pasa entre las personas cuando se relacionan (y eso es siempre), deberíamos poder reflexionar sobre cómo excluimos y se excluye al otro. Al acabar la sesión alguien se me acercó y me comentó que no había podido oír bien todo lo que se hablaba. Bueno, tendremos que hacer un esfuerzo para oírnos todos. Y si alguien no oye, mejor lo dice para subsanar la situación. No vaya a ser que una forma de excluir al otro sea no facilitar que nos oiga. ¿cómo se deben sentir los sordos? O los duros de oído. ¿La exclusión a la que se pueden ver forzados por razón de su sordera se complementa con la que le hacemos? Así pues, oírnos, escucharnos, vernos, son formas de facilitar la inclusión, el poder estar juntos; pero también pueden ser formas de exclusión y evitar justamente algo que uno de vosotros señalaba: construir. Para construir hay que poder estar juntos, participar de lo que decimos, de lo que hacemos, de lo que sentimos. Pero…

Hablabais de miedo. Miedo a ser juzgados. Y os decía que ese temor, cierto y posiblemente legítimo, es algo muy profundo. Algo que hemos ido mamando desde bien pequeños, algo que ha penetrado en mayor o menor medida, en las estructuras psíquicas con las que estamos hechos. Tengo la impresión de que guarda relación con la idea de aceptación, de vinculación. Una de las ansiedades más básicas es la de estar vinculado a los demás, al otro. Hay un gran temor a que esta vinculación, ese apego, se rompa. El ser humano, el individuo es una partícula de la red social cuyo primer temor y básico, es el verse aislado, rechazado, no incluido en la red a la que de forma natural y biológica pertenece. Una de las expresiones de ese temor es, me parece, el de poder ser juzgados. Pero…¿no nos juzgamos permanentemente? Sí, siempre aparece un juicio, una valoración, una opinión del otro. Lo que sucede es que aquí, la palabra juicio es sinónimo a aceptación, o a exclusión. Ser juzgados, me parece, significa si seremos aceptados por el otro. Y si soy aceptado, estoy vinculado; si soy rechazado… ¡no te quiero contar!

Pero aceptar no es algo gratuito, ni algo fácil. ¿cómo vamos a aceptar que en este grupo haya gente de derechas o de izquierdas, nacionalistas y no nacionalistas, catalanistas y no catalanistas, simpáticos y antipáticos, gente de cierta élite cultural y económica y familiar, y gente que no tiene estos “atributos”? Aquí no somos iguales. Todos estudiamos psicología, pero no todos con los mismos objetivos. Hay quienes vienen del mundo organizativo, empresarial, para quienes la Orientación Psicológica tiene un marcado tinte, y quienes vienen del mundo más clínico para quienes esa misma idea tiene otros parámetros. ¿cómo encajar en un mismo envase todo eso? Creo que siendo cierto que deseamos aceptar al otro también es cierto que eso nos supone un cambio difícil de aceptar y, por lo tanto, la exclusión, juicio mediante, está al cabo de la esquina. Mirad, y no deseo ofender a nadie, pero ahora está de moda decir que aceptamos a todo quisque, que no importa que vengan personas de otros lugares…; pero esto es falso. Que sea el lenguaje políticamente correcto, lo acepto. Pero, ni es el mío, ni creo que, realmente sea el vuestro. Aceptamos al otro en tanto que no nos provoca ni nos obliga a una modificación importante de nuestros registros de relación y de poder. Y no vendría mal comenzar a ser sinceros, realmente sinceros, con nosotros mismos.

Cuando un niño, por muy hijo nuestro que sea, decide (no voy a entrar en las razones por las que lo decide), no irse a la cama cuando se lo indicamos, y prefiere y se empeña en seguir viendo, por ejemplo, la tele, ¿qué hacemos? ¿Hasta donde podemos aceptar que la siga viendo? O cuando un hermano nos coge un CD, ¿qué sucede? ¿Cómo ponemos límites y hasta dónde los ponemos? Cuando un paciente llega tarde a la cita, ¿hasta dónde lo aceptamos y hasta donde no? Mirad, cada vez estoy más convencido de que la patología es, en último término, la expresión de conflictos de relación, y por lo tanto, de poder, labrados, cocidos, cocinados tiempo ha. Conflictos que no han podido o no se han sabido resolver. El organismo humano, el organismo individual, expresa a través de numeras vías el quejido de dolores acumulados, no resueltos. Un cáncer no aparece de forma casual en un momento dado de la vida de uno. Como tampoco aparece un constipado, ni ninguna otra dolencia. No quiero decir que no haya elementos predisponentes a nivel genético. ¡Claro, somos biología! Pero como hay factores predisponentes a entender y captar la estructura del lenguaje. O factores que nos predisponen a amar y a odiar. He leído recientemente esto:

By “adaptive design of the human psyche” Slavin and Kreegman mean that there are deep universally shared ways of processing experience through structures that have been shaped through natural selection and which, therefore, have allowed us to negotiate more successfully the complexities of the human social environment (Malcom Pines, 2001:557 ) y añade más tarde Slavin and Kreegman argue that the self is only able to come into being because of the prior existence of a complex set of evolved, adaptive capacities or strategies. These evolved, functional capacities, are somehow “encoded” in our genes and have become woven into a complex system of evolved adaptations, a system that has been shaped by our current relational mutuality and conflict over vast evolutionary time (:558)

Hay una serie de estructuras cuyo potencial desarrollo viene articulado genéticamente, lo que nos permite ir captando una serie de señales que nos informan y nos forman para poder seguir el ritmo de las estructuras grupales, familiares, sociales en las que vivimos y a las que, biológicamente, pertenecemos. Por ejemplo, cuando mi hijo de dos años, camina por la calle y, de pronto, decide que quiere que lo suba aúpas, hace una propuesta que puedo o no aceptar. Si no la acepto él puede no darle mayor importancia o puede sentarse en el suelo, llorar y berrear hasta conseguirlo. Con dos años, tenéis ahí una demostración de poder. Mi respuesta a su demanda, los matices de mi reacción son captados y procesados, quedando disponibles para siguientes situaciones relacionales. ¿qué diferencia existe entre este comportamiento de mi hijo y el de un adulto que se sienta en el suelo y se niega a levantarse hasta conseguir determinada reacción por parte del entorno? Creo que, desde la psicología, ninguna diferencia. O tan solo la del tamaño y edad de quien protesta, pero la conducta es la misma.

El poder, os decía, es como la fuerza de gravedad. No empieza en un sitio y sigue en el otro; no. Existe y se manifiesta al mismo tiempo entre dos personas, o dos grupos, o…

Bueno, con este material vamos a ir trabajando estos días. Y dejo de escribir por hoy. Aparecen otras obligaciones.

Un saludo.

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