Mi cuaderno de bitácora del 17 de octubre del 2003

Mi cuaderno de Bitácora
De cuidados y abandonos I.

Mucho he podido pensar durante estos días. En ocasiones, cuando de noche alguno de mis movimientos me generaban dolor y me despertaban, pensaba en vosotros, en este espacio y en cómo aprovechar la experiencia para beneficio tanto vuestro como personal. He pensado en cómo podría ser nuestro primer y siguiente encuentro, en qué cosas podía aportar tras el ingreso, en cómo transmitíroslas de forma que fuesen oportunas en el terreno de la Orientación Psicológica y en el de nuestra experiencia lectiva.

Así, de entrada, se me ocurren dos caminos o quizás tres, cara nuestra ocupación principal. El primero sería en relación a lo que pudiéramos llamar “equipo tratante” y en él me voy a centrar hoy. Me habréis oído hablar de Winnicott y de una de sus famosas frases: madre suficientemente buena. Bajo esta idea, el genial pediatra y psicoanalista hablaba de cómo una madre debe atender a su hijo. Creo que está descrito en “Escritos de Pediatría y Psicoanálisis”, obra que si la podéis localizar, os la recomiendo. Fijaros que no dice “Madre buena”, sino “suficientemente buena”. Mi maestro y tutor, el Dr. Guimón, escribió un artículo hará unos 20 años que se titulaba, parafraseando al pediatra y psicoanalista, “equipo suficientemente bueno”. Nosotros podríamos hablar de “profesionales suficientemente buenos”. La experiencia de ingreso me ha mostrado como tres categorías de profesionales; o cuatro. Los que técnicamente serán excelentes y atienden a su técnica. Los que cumplen su horario y cometidos, y atienden al contrato laboral. Los que atienden al paciente. Y los que se atienden a sí mismos. Posiblemente en la categoría de Winnicott deberíamos incluir a los terceros.

Un paciente ingresado es, en la mayoría de las circunstancias, similar a un bebé. Está en un estado en el que le suceden muchas cosas y no puede procesar suficientemente todo lo que le pasa; que es mucho. No es un ser sin antecedentes, sin ideas, sin capacidades; pero todas estas quedan mermadas por el hecho del ingreso. Trata de saber, trata de entender qué es todo el conjunto de cosas que le pasan: tanto las que le duelen como las que provienen de las actuaciones del equipo que le trata. No se ha ingresado para una liposucción estética, o está en un Balneario de reposo. Puede, según sean las experiencias previas que haya ido acumulando, presentarse de forma maniforme, negadora de elementos reales que le están afectando; o puede deprimirse, exagerando estas mismas vivencias. Y, de la misma forma que un bebé, trata de poder asimilar, digerir, entender a su manera lo que está viviendo. Y lo que vive no es algo aislado del resto de las personas que están ahí. No es un extraterrestre que ha llegado no sabe cómo y que no tiene a nadie a su alrededor. Tiene algún familiar que le acompaña (y que por lo general está casi tan asustado y preocupado como él; aunque no lo pueda expresar siempre), hay profesionales que le dicen cosas, le tocan, le hacen cosas que no entiende. O que por lo general no entiende. O no las entiende justamente porque le están pasando a él. Y todos estos profesionales actúan individual y colectivamente como representantes de…¿de qué?

El paciente ingresado se encuentra, casi de pronto, en una matriz de relaciones que le es ajena y con la que debe ingeniárselas para sentirse mejor de lo que se siente. Y aquí descubre una gran variedad humana. La de aquellos que ven “su dolencia” como algo a tratar, a intervenir. Son seguramente grandes técnicos. Atienden a los aspectos “patológicos” con una precisión envidiable. Y sólo ven eso: lo patológico. A nosotros, los “psi” nos puede suceder igual. Vemos “la depresión” “el trastorno maníaco depresivo” a “el violador” o al “incompetente laboral”. Es una posición y actitud legítima, ¡ojo! Es como la de aquel carpintero que ve la pata rota, pero no el estilo de silla que tiene esa pata así. Y desde esta perspectiva interviene. Con alto grado de “profesionalidad”. Poner la tirita o realizar una intervención quirúrgica son actuaciones técnicamente irreprochables. Se hacen con precisión, sin pérdida de tiempo, operatividad, economía de esfuerzos…

O el paciente ingresado se encuentra con otros miembros del grupo que le trata que son los que “cumplen con su obligación”. Ahí el paciente está más o menos presente, pero en realidad su presencia es accidental: tanto da que sea Joaquín que Marta, Pedro que Juan. Es curioso, ahora recuerdo que en muchos hoteles, cuando llegas a tu habitación y pones el televisor en marcha ves que aparece un mensaje dirigido a ti: “Hola, fulano de tal, le deseamos buena estancia en este hotel”… Son “tácticas” que los miembros del personal de relaciones humanas han “descubierto” para hacer más personal la estancia del tal fulano. Esto no suele aparecer en los Hospitales y Centros de atención de la Salud. Bueno, en realidad en ningún otro sitio. ¡Somos números! Como me decía una de las personas que me atendió “aquí unos vienen, luego se van y vienen otros”. Enteramente cierto. Y como somos lo que somos, cualquier atención que pudiéramos considerar extra, no existe. Da igual que en una habitación hayan dos, tres o más enfermos, con sus respectivos familiares y situaciones clínicas diversas… da igual. Dicen que es que la economía… Bueno, no me quiero calentar en un escrito, pero esta excusa es válida para gerentes y políticos; no para las personas.

En ocasiones el paciente ingresado se encuentra con personas que le atienden. Que están ahí para lo que necesites. Que te explican lo que te pasa, lo que te hacen, lo que te puede pasar a partir de aquel momento. Son personas que, más allá de las titulaciones y preparaciones “técnicas” (y lo entrecomillo porque para mí esto también es técnica), te ven como a ellos. Que te limpian como desearían ser limpiados ellos. Que te informan ante cualquier duda. Que atienden a los que te acompañan. Que si pueden favorecerte tu estancia con un detalle, lo tienes. Están más tiempo hablando incluso del tiempo si perciben que aquello es útil para el paciente. No son profesionales sumisos, ni están sometidos a la tiranía del paciente. No. No son de estas “madres” sometidas a la tiranía del hijo. No. Están ahí, piensan en ti, van ayudándote para que puedas ir desarrollando tus propias capacidades yoicas. Están para que, de forma activa y constante, vayas pudiéndote hacer cargo de todo lo que te está pasando, lo que te están haciendo, lo que estás sufriendo, de lo que te estás imaginando, de lo que te estás asustando; tu y los tuyos. Porque las capacidades yoicas de quienes se encuentran hospitalizados disminuyen, el equipo, cual madre suficientemente buena, atiende al sujeto y no a su dolencia de la que es parte inseparable. Pero esta atención no es pasiva. Cierto que algunas interpretaciones que hacen algunos autores como Harwood. I.N.H. (1998) respecto la posición de Winnicott parecen indicar una cierta pasividad en esa madre suficiente buena; pero no lo considero así. Creo que es una actitud activa, que se mete en la relación; algo que a vosotros os vengo diciendo hace días. Ese profesional se mete en la relación, y es a través de ella como el paciente puede ir calmando sus miedos, sus fantasías terroríficas, sus ansiedades.

Luego tenemos la cuarta posición, la de quienes se atienden a sí mismos. La de quienes el trabajo, los pacientes, los horarios, el marco en el que se trabaja sólo tienen interés en cuanto hay un beneficio directo o indirecto. Parece que el interés, que como podéis comprobar es narcisístico, se centra en el “abrillantarse”, en el darse betún para que la imagen de sí mismo, la imagen del self, no tenga la más mínima mácula de impureza.

Son cuatro posturas legítimas que se corresponderían a cuatro posicionamientos ante el otro. En el primer caso, destacan los elementos fóbicos. No es que no se le quiera o aprecie al paciente, sino que se le teme, se teme a su enfermedad, se teme a lo que él puede generar. El y su entorno familiar, claro. Se busca establecer una distancia “técnica” llaman, para no contaminarse. Esta posición la veremos con frecuencia también en nuestra profesión. De hecho, algunas reacciones que se encuadrarían en este grupo ya han sido percibidas en clase. La segunda postura contiene también estos aspectos fóbicos, sólo que aquí hay una hipervaloración de la parte racional. Es como si los afectos que despierta el contacto con el otro deben ser tamizados por la pátena profesional: un diagnóstico, un protocolo, una intervención, un resultado. Es una tecnificación de las relaciones interpersonales. La que corresponde a la de los Hoteles cuando ponen lo que ponen en la pantalla del ordenador. “Técnicamente” irreprochables. Económicamente rentables. Estadísticamente fantásticos. SI una depresión se cura en diez sesiones, pues se cura y punto. ¡qué os diría yo! Son amantes de la técnica pero no ven a quien lleva el sufrimiento. Cumplen con su horario y sus normas, a las que algunos llaman seting (una palabra inglesa tiene más peso)

La tercera es más compleja porque mancha. Porque uno llega a casa con la bata llena de marcas de sangre que hay lavar. Porque uno descubre que el otro es como uno y entonces se inicia un baile entre personas que tratan de bailar lo mejor posible, procurando no pisarse los pies, no perder el ritmo y, si se pierde, pues se ríen y tratan de recuperarlo. Es cuando uno descubre que el otro se emociona, o que quien se emociona es uno mismo. O te tocan de la pierna o del brazo en señal de aprecio, de afecto, de apoyo. Posiblemente no sean “grandes técnicos” e incluso económicamente no sean rentables; pero son personas que saben aunar lo aprendido en la práctica asistencial y lo aprendido en la vida. Establecen una interrelación que te ocupa la cabeza de noche. Que se permiten, toleran conectar con los aspectos afectivos que nacen de la relación y… con ella viven y trabajan. La cuarta… no pueden con la presencia del otro. No es que la rechacen sino que la angustia es tal que necesitan negarla, suprimirla, y revertir todo su interés en sí mismos y en su currículum. Publican, realizan informes, estadísticas. En algunos sitios tienen pinta de “trepas”, siempre escalando puestos y siendo los cabecillas en los sindicatos, en los grupos laborales, en los círculos de poder…

Estas cuatro posiciones, como ya podéis suponer, conllevan formas diferentes de ejercer el poder sobre el otro. En un primer caso, en el de los técnicos, la técnica les sirve para distanciarse y distanciar al otro. El paciente queda relegado a ser el portador de la dolencia, como si de una bandeja se tratara. Aquí es importante omitir información. Cuanta menos tenga el paciente, más puedo sobre él. En un segundo caso el poder se ejerce a partir de la gran consideración que se tiene por el propio trabajo. El marco laboral, el marcado por las normas que hay que cumplir, este ceñirse exactamente a lo reglamentado hace que la posición relativa que ocupa ante el paciente sea de superioridad. A éste sólo le quedan las hojas de reclamaciones que seguramente también hay que pedir por vía reglamentaria. El tercer grupo lo tiene más “chungo”. Porque aquí el baile de poderes se establece en un terreno más similar. El paciente utiliza sus capacidades de seducción sobre el personal, y éste sobre el paciente. Todos saben que juegan a algo en el que todos vamos a salir ganando: tu vas a estar bien y yo también. Y tiene sus riesgos, claro. La situación de debilidad del paciente le puede tornar tiránico; pero la habilidad del profesional está para esto, para reconvertir estas formas de proceder en ayudas para pacientes y profesionales. El cuarto…, estos se suelen alejar del paciente. El poder deriva del ocupar puestos a los que los demás mortales no llegaremos. Suelen estar sentados ante su mesa, en su despacho o en el control de enfermería. O reunidos con los del Comité, o en un Congreso. Da igual.

Todos, absolutamente todos, ocupan puestos legítimos. Son formas que cada humano desarrolla para ocupar un lugar en esta trama de relaciones que constituimos los humanos; un lugar en el que el sufrimiento que deriva del contacto con el otro sea más llevadero.

Hasta el próximo día.

Dr. Sunyer

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