Mi cuaderno de bitácora XXVI. del 11 de enero del 2006: identidad

Mi diario de Bitácora, XXVI del 11 de enero de 2006

Me encuentro sentado ante el ordenador tratando de encontrar qué reflejo, qué reflexión hago tras la sesión de hoy. Sé que son varias las ideas que se me agrupan entre las yemas de mis dedos pero debo elegir sólo alguna. Me acordaba de algún “Emilio” que he recibido agradeciendo estos escritos o agradeciendo algún comentario realizado en clase; y pensaba en que somos un poco parcos en mostrar esta faceta al otro. Sé que buena parte de ello no nace en vosotros, individualmente: el carácter del catalán en general es de una parquedad hasta enfermiza; y no os enfadéis por lo que voy a decir. Me habéis oído hablar en alguna ocasión, de nuestro carácter anal. Y creo que a todos nos conviene salir de este entorno para oxigenarnos, para descubrir que se puede ser diferente, más abierto, más generoso, más sincero, incluso. No es culpa vuestra: la mayoría habéis bebido de un ambiente en el que por lo general peca de esto y, como buena matriz, ha ido conformándonos de una forma parca, reservada, temerosa, suspicaz… Me reconozco así y gracias a mi experiencia personal fuera de aquí, he podido incorporar otros aspectos que me parecen más abiertos.

En la sesión de hoy, la ante penúltima de nuestra travesía, os preguntabais sobre por qué alguien no se siente del grupo o no se integra en él. Una de vosotros dijo que podía ser por el temor a la pérdida de identidad, a la disolución de la frontera psíquica que separa a cada individuo del otro. Con ello señalaba una potente fantasía que puede ser individual pero que también puede ser colectiva. También os preguntabais si se puede no ser de un grupo; cuando en realidad pertenecemos al grupo desde el mismo momento de ser concebidos, y siempre hay un grupo inicial, un grupo que nos conforma de una manera y no de otra. La matriz del grupo familiar que está constituida por un conjunto muy amplio de elementos que van desde la propia estructura de relaciones, a los símbolos que generación tras generación se van transmitiendo; de las formas de ver el mundo a las actitudes y potencialidades de cada uno de los miembros de este grupo, etc. Esta matriz, que al tiempo que forma a quienes la conforman, es formada por ellos, es la pieza clave de toda la problemática y todas las características personales. Esta matriz que apoyándose en las estructuras cerebrales (cuerpo calloso, red neuronal, aparato reticular…) primitivas va posibilitando que en el individuo germine de un salto madurativo, el embrión de lo que será el aparato psíquico individual. Aparato que queda articulado instantáneamente con el de los miembros de la red familiar que ha engendrado a un nuevo ser.

Y cuando estamos en un grupo, y cuanto mayor sea éste, se incrementan las fantasías poderosas de debilitamiento de la frontera psíquica individual. La creencia de que uno pierde o puede perder la identidad se apodera de uno y esto paraliza (miedo mediante), las capacidades de interacción: si interacciono, pierdo. ¿Pero qué pierdo? Esta es una gran fantasía que individual y colectivamente se nos hace presente. La vida política está impregnada de ello: tenemos miedo a perder nuestra idiosincrasia, nuestra forma de ser, nuestra particularidad. Es el mismo temor que tenemos cuando ya desde pequeños no queremos que aquel juguete, aquellas cosas que queremos mucho, se vayan a la basura como si en ese irse a la basura se fuera también nuestra identidad. Y no pensamos que, justamente por poder tirar las cosas que ya no nos son útiles (y hay tantas en la vida privada y tantas en la vida colectiva o social) vamos a poder incorporar otras que, si bien son ajenas ahora, mañana formarán parte también de nosotros. Y cuando este temor se nos asienta en nuestros aparatos psíquicos, levantamos barreras y no nos abrimos. Barreras idiomáticas, barreras económicas, barreras que algunos llaman de “derechos históricos”… Y mucho control. Vamos a controlar que nada se nos pierda. Todo en contra del fluir del pensamiento, de abrirnos a los demás sabiendo que en este abrirnos no perdemos, sino que ganamos.

Cuando un paciente nos visita y nos expresa su preocupación porque la vida le impone cambios adaptativos a realidades más amplias y se defiende de ellas mediante exagerados movimientos de control, rigidificación de posturas, repaso obsesivo de su historia, sus fotos, sus cosas… lo que vemos es a alguien asustado por que teme perder su identidad. Cuando lo vemos en una familia, cuando esta familia se opone a que el hijo o la hija haga cosas que hasta ahora nuestra familia nunca había hecho, o se opone a emigrar porque va a perder todo lo que tiene aquí; cuando vemos esto, vemos a una familia asustada por la fantasía de que estos cambios le van a acarrear una perdida de su identidad. Cuando como estudiantes os asustáis ante el cambio que supone dejar de venir a la facultad (por muy duro que sea el estudiar y todo lo que ello conlleva), empezar a veros como seres adultos que van a tener que emigrar, que moverse, que inventar nuevas formas de actuar e incluso cambiar su forma de pensar, lo que veo es gente asustada ante la pérdida de la identidad de estudiante, de joven que no ha tenido que vérselas con el mundo adulto. Y cuando veo una sociedad (¿o debiera decir unos políticos?) que parece que debe preservar una serie de características que considera básica para su identidad, con medidas controladoras, comisarios más o menos políticos pero disfrazados de otra cosa, obligaciones frente al uso de un idioma o de otro, y reglamentaciones de la convivencia, lo que veo es una sociedad asustada (¿o debiera decir unos políticos que no quieren perder su poder y nos utilizan para ello?) ante el temor de perder su identidad: como si fuésemos iguales a aquellos que vivían en nuestra geografía hace 100, 300, 500 0 1000 años.

Y ante este temor ¿qué hacer? De entrada considerar que no existe eso de la identidad: somos seres cambiantes diariamente. Todos los días vamos modificando no sólo nuestras células sino que, afortunadamente, muchas de nuestras cosas. La vida os irá enseñando, eso espero, que no somos idénticos a nosotros mismos casi de un día para otro. Nos parecemos, sí; pero poco más. Una idea que me aportáis y que me parece sugerente, la hago mía: ya no soy el que era.

Afortunadamente los humanos vamos cambiando. Y ese cambio, esa adaptación a estructuras cada vez más complejas, más abiertas, más amplias, supone no una pérdida de la identidad, sino una ganancia. Pero eso no parece que lo quieran saber nuestros políticos.

Hasta el próximo día.

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