Mi cuaderno de bitácora XXV. del 10 de enero del 2006: pagar los garbanzos

Mi cuaderno de bitácora XXV del 10 de enero de 2006

Hacía días que no os veía y tenía ganas de encontraros y de saber de vosotros. Cierto que también había pereza: cuando me levanté me dije, “sólo cuatro días de levantarte a esa hora”. Eso es la pereza y también la parte de enfado que produce (en terminología psicológica, claro) el tener que madrugar para cumplir con una obligación. Es como que debes vencer una inercia, una cierta pasividad. Y aunque luego siga levantándome a la misma hora (suelo levantarme todo el año a las 6 de la mañana) la pequeña pero gran diferencia es que “debo estar a las 8:30”. Y ahí reside el elemento resistencial, agresivo si lo vemos desde este punto de vista, y que supone una relativa “agresión” a mi ritmo personal.

Luego ya entre vosotros os pedí que cumplimentaseis el formulario que cada año la facultad nos propone para valorar lo que hemos realizado en la asignatura, y tras la sesión de hoy, os devolví los trabajos que habéis hecho con la consabida sorpresa de alguno de vosotros.

¿Y de qué fue la sesión de hoy? Uno de vosotros preguntó algo que creo que estaba muy vinculado a la experiencia profesional: ¿cómo hacer para que no nos impregne lo que nos cuenta el paciente? Y, apostillaba “pero no nos hables de la contratransferencia…”

Hay algo que conviene aclarar: los que estáis en esta clase vais a ser profesionales. No vais a ser o a organizar la vida en torno a una especie de ONG, con todos los respetos para ello. Vais a ser personas que, lo queráis o no, vais a tener que trabajar para ganaros los garbanzos. No vais a un mundo feliz como algunos de nuestros políticos se empeñan en vendernos. Vais a un mundo (de hecho ya estáis en el desde hace un montón de años) en el que el trabajo que realicéis os va a servir para pagar no sólo la hipoteca del piso sino el colegio de vuestros hijos, el profesor particular que quizás preciséis para ellos, la comida de todos los días, hacer alguna hucha para vuestra posible jubilación etc., etc. Y os he hecho un resumen rápido. No vais a salir a la vida profesional para “hacer el bien”, aunque vuestro trabajo contribuya en ello. NO vais a establecer ni la justicia, ni el equilibrio emocional, ni el bienestar; aunque el trabajo que realicéis contribuya a ello. Vais a trabajar en un terreno difícil, duro, lleno de elementos que en más de una ocasión os van a hacer replantear muchos aspectos de la vida cotidiana. Y el placer necesario para poder realizar la tarea de psicólogo a lo largo de los próximos 50 años (o más) de vuestra vida, va a salir de la capacidad que desarrolléis de poder entender lo que es el ser humano. Y, lo que es más atractivo, poder entenderos a vosotros mismos y a los que os rodean.

La pregunta de cómo se hace no la puedo responder. Sí os puedo decir lo que trato de hacer y hago: estudio, me preparo todos los días, comparto lo que voy aprendiendo con quien quiere compartirlo conmigo y con quien me quiere enseñar algo (por ejemplo, vosotros), y busco la forma de divertirme en todos los momentos que puedo. Esta es una profesión que se puede hacer de dos formas (ya os lo dije en otra ocasión: como funcionarios de la psicología, esto es, personas que acuden a un centro de trabajo y cumplen escrupulosamente con lo que les ha sido asignado, se ciñen a las horas laborales, cobran unos honorarios por ello y, al acabar la jornada, cuelgan la bata laboral y se vuelven a casa; o como psicólogos, esto es, personas que están interesadas por conocer el ser humano, por conocer las causas que le llevan a actuar de una y no de otra manera, que se afanan por descubrir los entresijos de la vida psíquica, que buscan leen, se forman continuamente para poder disponer de nuevas habilidades o destrezas, y que, finalmente, comparten todo esto con sus semejantes devolviendo a la sociedad lo que ésta les ha dado.

Creo que el hombre forma parte de la naturaleza, forma con ella una unidad de la que no debe (no debería) apartarse. Y ¿qué hace la naturaleza? Metaboliza lo que hace para seguir participando del proceso creativo. Quizás debería decir Proceso Creativo (en esto quienes creemos desde una determinada fe deberíamos estar totalmente convencidos de que la creación no ha acabado todavía). ¿y qué es metabolizar desde esta perspectiva? Supone que cuando llega quien sea a mi consulta voy “a abrir los poros de todo mi cuerpo” (esta frase es de vuestra compañera) para poder empaparme de lo que me va a contar y entender algo de lo que me cuenta. ¿qué significa para mí entender algo de lo que me cuenta? Winnicott habla de “madre suficientemente buena” y la define (y lo digo de memoria porque no tengo aquí la cita) como aquella que se adapta sensible y continuamente a las necesidades del bebé y aportando los aspectos de la frustración suficientes como para que dicho bebé pueda ir integrando su estar en el mundo. Una madre (igualmente un padre, claro) que crea que debe satisfacer totalmente, y comprender totalmente a su bebé o a su hijo, no es una buena madre. Aquí la palabra suficiente es básica. Siguiendo y parafraseando a Winnicott ( a quien os recomiendo leer) deberíais ser Psicólogos suficientemente buenos. Eso significa, entre otras cosas, poder tolerar (no de forma pasota) el no entender al paciente en su totalidad. Entenderle algo es mucho. Entender algo de por qué alguien decide ponerse en huelga de hambre y desarrollar una anorexia, es mucho. Entender algo de por qué alguien decide controlar sus enfados desarrollando una fibromialgia, es mucho. Entender algo de por qué alguien decide torturar a su grupo familiar con amenazas de muerte psíquica o física, es mucho. Entender algo de por qué alguien decide no aceptar los hechos de la vida y encerrarse en duelos patológicos, es mucho. Entender algo de por qué alguien decide apartarse del mundo encerrándose en un mundo delirante o autista, es mucho. ¿seguimos?

Ese entender algo, es mucho.

SI fuese capaz de haberos podido transmitiros algo, me sentiré muy satisfecho.

Dr. Sunyer

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