Mi cuaderno de bitácora XVIII del 23 de noviembre del 2005: enfados y cabreos

Mi cuaderno de bitácora, XVIII, del 23 de noviembre de 2005

Fue un juego. Los cuentos, como tantas cosas que provienen de la cultura que generamos los grupos humanos, tienen la virtud de resumir bien muchas de las grandes preocupaciones de estos mismos grupos. La envidia, la pequeñez, el no reconocimiento, la rabia, etc., son sentimientos que tenemos los humanos desde que lo somos. Por esta razón os propuse pensar en la historia de una persona guiándoos de lo que alguno de estos cuentos os decía. Y la verdad es que pude comprobar la variedad de historias que aparecían articuladas con un mismo cuento. Estabais haciendo bien el trabajo.

Pero luego superasteis la propuesta al poder realizar dos entrevistas (lástima que no pudieran ser ocho) en la que se evidenciaban algunas de estas cosas y las dificultades que tenemos para pasar de alumnos a profesionales. Y os decía que era importante localizar el enfado, el cabreo. Y aquí nos paramos.

Siempre me habéis oído insistir en este punto. El humano es un ser que sufre de enfados. Posiblemente los otros seres los tienen, pero los resuelven de forma tajante: atacan y ya está. Y si el enfado es mayúsculo, ataca a muerte. Y ¡Santas Pascuas! NO le da más vueltas; pero a los humanos esto no es así. O no lo es totalmente, porque cuando estamos enfadados de verdad, atacamos hasta matar. Y esto desde hace varios miles de años. Si fuésemos totalmente primitivos, si nos pudiésemos imaginar totalmente primitivos, ¿os imagináis cómo sería la vida? ¿os imagináis la cantidad de asesinatos que habría? A ver, imaginaros que suspendo la asignatura a uno de vosotros y somos primitivos… ¿creéis que podría salir de la Facultad tranquilo? Creo que no. Me diréis, ¡hombre! ¿cómo va a matar por eso? Depende, os contestaría. Depende del valor que para esa persona tenga este hecho. Si no le importa, no; pero si en ello va el acabar el curso, tener la titulación, poder trabajar y dar de comer a lo suyos… no lo tendría tan claro. Repito, depende de la significación que le otorguemos al hecho.

El humano es un ser que sufre enfados, os decía. Y desde bien pequeño. A ver, tenemos ante nosotros un bebé. Está tranquilo, duerme, nada le molesta. Pero en un momento determinado comienza a notar un malestar en su cuerpo (no puede localizar dónde dada su precariedad) que (nosotros sabemos, él no) corresponde a que tiene hambre. El malestar es creciente y como no tiene otro punto de referencia que el que antes estaba bien y ahora mal, se pone a llorar, a protestar. No puede hacer nada para aplacar su malestar. Si fuera un ternero se acercaría a donde su madre y mamaría. Pero nuestro cachorro humano no lo puede hacer. Depende de que otro le oiga y le de de comer. Cuánto más tarde llegue esa persona, más malestar. ¿qué le origina eso? Fantasmas muy primitivos de terror, de que algo (pero no sabe ni qué es ni dónde está) le está dañando, de que algo horrible puede pasar. Hagamos un pequeño salto a la vida del adulto. ¿habéis visto estas escenas en las que se ve a un grupo de personas hambrientas asaltando el camión de alimentos y hasta pelándose entre ellos por llegar antes que él? No hay que ir a países supuestamente subdesarrollados. En Estados Unidos no hace muchos meses. Y si hace falta mato a mi vecino para comer yo o, o, los míos. Volvemos a nuestro bebé. Si pudiera, haría lo mismo. No puede hacerlo porque, afortunadamente, es pequeño y no puede ni andar. El adulto, sí. Y si el adulto no lo hace es porque hay una serie de pensamientos que pueden ser lo suficientemente poderosos para frenar ese impulso. ¿por qué las autoridades ponen guardias armados que protejan estas mercancías en estas situaciones? Sólo la fuerza de una posible bala es capaz de detener (a veces, no) el desespero de estas personas adultas. ¿alguna duda sobre la realidad de nuestra naturaleza humana?

Pues esto es la base. El ser humano padece de enfados. De enfados que, como decía vuestra compañera, son enfados pequeños que se van sumando, se van acumulando, se van organizando hasta alcanzar el gran enfado. El enfado mayúsculo. El enfado superlativo. Y éste tiene carácter patogénico. ¿qué le da el carácter de patogénico? La capacidad que tiene ese enfado de paralizar la vida psíquica. El enfado (eso que todavía no hemos podido describir muy bien en estas líneas) adquiere una presencia tal en la vida del sujeto que, podríamos decirlo así, “roba” la energía que podría estar disponible para otras cosas. Atrapa al sujeto y en cada atrapada, lo refuerza. Se convierte en una especie de “agujero negro” en el espacio mental del sujeto, del grupo o, incluso, de la sociedad. Aparece una dificultad importante en poder “pasar página”, en poder seguir la vida tal cual venga. Esto lo estamos viendo a nivel político durante estos días (o meses). Hechos sucedidos hace 80 años nos siguen atrapando (a unos más, a otros menos). Y esto no es de extrañar cuando también nos podemos quedar atrapados por hechos de hace 200, 300 ó 400 años. ¿Qué le sucede al sujeto, individual y colectivamente hablando, que no puede pasar página?

La psicopatología está repleta de esto. A estos enfados les llamo cabreos. Son enfados que han quedado cronificados y generan un mar de fondo que afecta a toda la vida del individuo, enfermándolo. Podríamos pensar que derivan de daños, reales o imaginados, que quien los padeció (individuo, grupo, sociedad) no ha podido superarlos. Daños superlativos, también. Que son vividos como lesiones irreparables; lo que no quiere decir que lo sean. Y que, además, tienen un beneficio secundario: articulados en la lesión irreparable se convierten en útiles para poder quedarse anclados en ellos. Es una especie de renta secundaria. Como si el superarlos generase más rabia que el mantenerlos tal cual. Eso lo podemos ver fácilmente en los duelos. El duelo que todo ser humano debe hacer ante la separación de una persona o situación que le ha sido muy importante (vosotros tendréis que hacer un duelo al acabar la asignatura, al acabar la facultad) queda así detenido: como los virus del ordenador, paralizan o pueden paralizar cualquier programa que tengamos a su alcance.

Superarlos supone aceptar las circunstancias de la propia vida. Supone aceptar que el ser humano es muy bruto y, en muchas ocasiones, genera daño a otros seres humanos. Aceptar que todos nos hacemos daño, que todos estamos implicados en el dañar al otro, en desearle mal, supone un pequeño paso para aceptar los hechos de la vida de cada día. Ora un suspenso, ora una pérdida afectiva, ora una separación luctuosa, ora un desengaño, ora… Aceptar nuestra realidad brutal puede ser un paso para hacernos más humanos.

Un saludo

Dr. Sunyer

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